El asalto final

Toda historia es una leyenda. Una mistificación. Pero la de Venezuela lo es más. Sin duda alguna. No soy yo, somos muchos los que no sabemos por dónde entrarle, incluyendo muchos venezolanos, entre los que se encuentra un buen número de amigos míos, que alguna vez fueron cercanos.

La historia colonial de la Nueva Granada es especialmente intrincada. Pero no fue sino hasta el estallido del movimiento emancipador, simultáneo con el de casi todos los otros pueblos de América cuando surge la más brillante, compleja y controvertida figura del alzamiento latinoamericano. Simón Bolívar, en efecto, no tiene parangón. Ni para bien ni para mal. Su empresa independentista, plagada de luces y sombras, fue sin duda la más ambiciosa de todas, y junto con la de José María Morelos la más programática y sustentada ideológicamente.

Bolívar es sin duda una estrella guía para por lo menos media docena de países sudamericanos y en primerísimo lugar, por supuesto, para su natal Venezuela. Pero es al mismo tiempo una losa difícil de llevar. Su herencia política, moral y social contiene no pocos recovecos y contradicciones, algunas aparentes, otras evidentes, con las que los futuros dirigentes del pueblo venezolano han debido lidiar. No es preciso decir que el que lo ha hecho con más convicción y energía es el comandante Hugo Chávez, hace años desaparecido, dejando a su vez un legado aún más inmanejable. Chávez es muy probablemente el hombre público en el que se mezclan de manera más estrecha y enredada las dos demagogias, la positiva, que se refiere al discurso para el pueblo, y la negativa, la que consiste en el manejo hábil de la mentira. En ambas fue un maestro.

El antiguo paracaidista fue un demagogo ejemplar como conductor de su pueblo. Y lo fue de manera no menos ejemplar como charlatán. Su figura y su personalidad me resultan aun hoy, años después de su defunción, del todo inaprehensibles. Si en él se mezclan las dos caras de la demagogia, al modo de Jano, en mí se mezclan, de manera sincrónica, los sentimientos de simpatía y antipatía hacia él. De atracción y de repulsa. Sé que no soy el único.

Su heredero, Nicolás Maduro no canta mal las rancheras, pero va un paso atrás. Hay sin duda en ellos un cariz histriónico. Histriones, a menudo de baja calidad. Siempre me ha dado la impresión de que intentaban permanentemente imitar a su ídolo indiscutible, Fidel, pero sin la gracia, también indiscutible, de éste. Al mismo tiempo, sin embargo, es preciso reconocer que sus gracejadas han sido siempre acompañadas de actitudes firmes y valientes en la remodelación de su país y en el proyecto, ese sí bolivariano, de que la América pobre se sacudiera del yugo económico, político, cultural y de nuevo colonial, del nuevo Imperio. Su tarea redentora no fue una guasa.

A ellos les debemos el surgimiento de un espeso y florido ramillete de regímenes de izquierda —cualquier cosa que eso quiera decir— en todo el Cono Sur. Ramillete que se ha ido marchitando. Ahí estaban Ecuador, Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Bolivia y Paraguay. A ellos debemos añadir El Salvador y Nicaragua (donde los sandinistas recuperan el poder gracias al auge del chavismo). Las iniciativas del Alba y la Celac, aún titubeantes y de pronóstico incierto, constituyeron sin duda intentos serios y loables de enfrentarse a la hegemonía gringa sobre la región a través de sus membretes espurios como la OEA, la Cepal o el Alca.

Sin embargo, la evaluación estricta del papel histórico jugado por estos dos personajes socializantes debe ser establecida en su labor y su significación dentro de su país. Y es ahí donde se complican las cosas, pues existe sin duda una enorme manipulación mediática y desinformativa acerca de lo que sucedía y de lo que sigue sucediendo hoy en tiempos de Maduro, en la República Bolivariana. Prácticamente de manera unánime y coordinada las agencias y los medios noticiosos del mundo le están cantando los responsos por la muerte que presumen inminente desde hace años, y pese al coro de los agoreros, el sistema sigue ahí, de manera mucho menos frágil de lo que la Casa Blanca y sus corifeos de todos colores quisieran.

No sé exactamente de dónde provenía la fuerza de Chávez. Sin duda, en parte por el hecho, no lo olvidemos, de ser militar (a diferencia de muchos otros no se hizo nunca ascender a general, prefirió el tratamiento de comandante, de nuevo a la manera de Fidel). Intentó, eso sí, hace 30 años, un golpe de Estado que resultó fallido. Tuvo que llegar al poder por la vía democrática, que es otra forma, no nos hagamos pendejos, de golpe de Estado. Él mismo sufrió una asonada militar que consiguió derrocarlo por unos días. Días confusos y de los cuales no se conoce su laberíntica y oscura crónica. En todo caso, se veía venir y Chávez, para desesperación de su círculo más cercano, se negó a tomar las medidas represivas que lo hubieran impedido. Por otro lado, todo parece indicar que minimizó los riesgos. O bien confió en sus aliados y en su capacidad de maniobra. Es preciso reconocer que aunque Maduro no es militar, ha tenido el puño fuerte para tener el ejército a su lado. No es poca cosa.

Permitió el reportaje vivo en radio sabiéndolo amenazador. Virajes inadvertidos condujeron a menospreciar esa faceta agresiva juzgándola anodina. Militares indecisos emprendieron negociaciones terciadas recurriendo a sectores ya organizados, consideraron otros mecanismos ofreciendo su intercesión neutral acompañada de alternativas, estipularon sus condiciones reformistas incorporando bizarras operaciones.

El tiempo, sin duda, le dio la razón, y salió reforzado. Siguió construyendo ese sistema social, político y económico híbrido, sin precedentes y en buena medida inexplicable. Serán galgos o lebreles, pero esa insólita combinación de los dos discursos parece haber tenido éxito. La represión existe, pero es mesurada. Venezuela está sometida a un régimen autoritario, sí, pero no totalitario.

Hoy cuando las garras y los colmillos de los capitalistas y “demócratas” de pro se preparan para el asalto final, quién sabe cómo le hacen, pero los bolivarianos siguen ahí. Contra viento y marea, Bolívar vive.

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