Segar cadenas

En la vida, tanto individual como colectiva, se llega siempre, inexorablemente, a esos momentos decisivos, culminantes, cardinales, que dan sentido a todo el acontecer previo y dirección al acontecer venidero. Sería un error llamarlos cruciales, pues tal adjetivo remite a ...

En la vida, tanto individual como colectiva, se llega siempre, inexorablemente, a esos momentos decisivos, culminantes, cardinales, que dan sentido a todo el acontecer previo y dirección al acontecer venidero. Sería un error llamarlos cruciales, pues tal adjetivo remite a encrucijada, a aquella situación en la que es preciso elegir, tomar una decisión, y enfilar un camino. Lo que implica abandonar, renunciar a los otros. En los momentos cardinales ya no tiene uno nada que decidir. Todas las decisiones ya fueron tomadas antes y nos condujeron a este punto en el que todo se juega.

La situación crucial es antes de cruzar el Rubicón. Una vez atravesado, la situación se ha vuelto cardinal. Alea jacta est.

Cataluña llega, llegará este jueves, a su momento cardinal, en el que se decidirá su suerte de manera definitiva. Al menos por muchos años, decenios. Sin querer dramatizar más de la cuenta —no es necesario— tal vez para siempre. Se trata del momento más trascendental de su historia desde hace por lo menos tres siglos.

Será el momento cardinal de Cataluña, cierto. Pero con ella, en buena medida, el de toda la sociedad llamada civilizada. Por primera vez en la historia contemporánea puede surgir un nuevo país en el corazón de Europa occidental. Y esas no son bromas. Ya estuvo a punto de suceder hace un año justo en Escocia, pero los escoceses perdieron. El resultado fue justo y terriblemente injusto, desesperantemente ajustado y descorazonadoramente inmerecido. Hace veinte años lo mismo sucedió en Quebec, que no está en Europa, pero casi. Igualmente justo e igualmente injusto, y hace un siglo logró emanciparse una buena parte de Irlanda. Pero los tiempos eran otros y la dimensión del desgajamiento otra.

Este jueves, pues, el gobierno catalán anunciará la fecha definitiva del referéndum vinculante en el que los catalanes decidirán si quieren seguir sometidos al yugo español o declarar su independencia, justa y plena, arrebatada hace trescientos años. Éste se llevará a cabo el 1º o el 8 de octubre de este año. O sea ya. A aquellos leguleyos españoles y españolistas que insisten en negarles tal derecho, no hay más que recordarles que las elecciones municipales del 14 de abril de 1931 en España se volvieron por sí solas el plebiscito que destronó a Alfonso XIII e implantó la II República. Así son los momentos cardinales.

Todas las encuestas dan la victoria a los partidarios del referéndum, con 80%. Una mayoría, de nuevo, abrumadora. De las 135 curules que componen el parlamento, los soberanistas poseen poco más de 70. Es precisamente este margen tan estrecho el que ha llevado al gobierno español y a las fuerzas españolistas a un estado de desesperación histérica. Tienen la impresión de que podrían revertir la decisión. Pero ya no hallan qué hacer.

Las tácticas de convencimiento a todas luces han fracasado. Su paroxismo los ha llevado entonces al terreno de las amenazas. Que si Cataluña sería ipso facto expulsada de la Unión Europea, o que si los grandes bancos emigrarían, con las consecuentes consecuencias económicas. Catastróficas por supuesto. Se produciría inevitablemente el tan temido “corralito” argentino, o griego. El país se convertiría “en una especie de Albania” (sic), apestado, excluido y despreciado por todos. Se han lanzado a una operación internacional de gran envergadura en busca de apoyos a la “unidad de España” y han obtenido declaraciones favorables de Merkel, May, Trump y Santos. De las que no consiguieron, claro, no dicen nada. En todo caso sólo se trata de opiniones corteses, de circunstancia. De labios para afuera. Es evidente que si, finalmente, Cataluña realiza un referéndum convincente las reconsiderarán sin sonrojarse.

En otro flanco, advierten que los ciudadanos de origen español que se han asentado en el país —que son muchos— serían discriminados, su lengua materna perseguida y sus relaciones con sus familias en España enormemente dificultadas. El ministro de la Defensa ha llegado incluso a amenazar con la intervención militar si fuera necesario. En resumen, se trata de toda una auténtica y formal campaña de amedrentamiento. Donde la razón pierda y triunfe el miedo.

Como en toda coyuntura semejante también aparecen los blandos, los defensores de la tercera vía. La clásica historia de los dos torturadores: el malo y el bueno. Los terceristas ofrecen una salida menos riesgosa: modificar las leyes y lograr condiciones más ventajosas de convivencia. Una manera más de abonar el temor. Es posible y necesario impedir el choque de trenes.

Proponen evitarlo sin advertir dificultades obvias, deciden eliminar normas sacrosantas obsoletas enmendando las antiguas imposiciones reales españolas. Visiones ilusorias concitan actitudes y sentimientos únicamente sobrellevados volviendo estériles notables tentativas inéditas sin construir alternativas serias.

Todo cuadra. Sólo que en su pedestre lógica, los rústicos y proverbiales gobernantes de España olvidan que el miedo sólo triunfa entre los miedosos. Tal vez lograrán amedrentar a alguno de quienes piensan en la independencia sólo porque consideran los beneficia. Pero aquellos que sienten, vibran y actúan por amor a la libertad de su patria, ésos, no se dejarán intimidar. No darán un paso atrás.

Este jueves serán millones los que vibrarán ante la inminencia de la liberación, con un solo fervor y un solo pensamiento: Com fem caure espigues d’or, quan convé seguem cadenes.

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