Pobre hombre

Finalmente mister Trump cumple quince años, y se presenta en sociedad. Se lanza a una gira descomunal por mundo y medio. Y se exhibe. Que ande conociendo gente y lugares está bien, sin duda. Viajar ilustra. Lo que ya no está tan bien es que la gente de esos lugares lo van a conocer a él.

Y él, digámoslo negro sobre blanco, es impresentable. Siguiendo la parodia de los quince años, y si yo fuera su padre, ni hielo seco le ponía. O, al contrario, le ponía un chingo para que nadie lo viera. Es de vergüenza ajena, me cae.

O propia, ya no sabe uno.

Si lo reducimos a que es gringo, ai se va. Es su pedo. No será la primera vez, ni la última, en la que nuestros vecinos de septentrión hacen el ridículo. Es lo suyo. Pero si lo consideramos un homo sapiens de siglo XXI, es decir nuestro semejante, y dueño de la mitad del mundo de nuestros semejantes, entonces pobre sapiens, pobres de nosotros. La vergüenza ya no es ajena sino propia.

Para no ir más lejos, y a modo de verbigracia tristísima —o divertidísima, depende de cuál es su estado de ánimo, lunático lector— es suficiente ver ese minivideo, gif, dicen que hay que decir, en el que aparta con la mano, en un gesto nada gentil, al Presidente de la República de Montenegro, para quedar en frente. De una elegancia troglodita, diría yo, con perdón a los trogloditas, que, reconozco, no sé de qué manera hacían a un lado a quienes se les ponían enfrente.

Esa sola imagen lo retrata. No hay que ver ni leer nada más. Ya sabemos quién es. Y cómo es. No cabe duda alguna. No le costará a usted encontrarla, anda pululando por las redes como mosca panteonera. No sirve de nada, obviamente. Las redes son para otras cosas. Pero ahí está, como testimonio indeleble (¿será?) de la calaña de los dueños del mundo.

Aunque, para su pesar o regocijo, bipolar amigo mío, hay cosas peores-mejores. Su visita a Israel es un poema o, mejor, una leyenda digna de las Mil y una noches, si no fueran persas. Curiosamente, ahí el magnate el que apartaba a los que le hacían sombra no era él. Trump fue a Israel a rendir pleitesía.

Érase que se era, para ser fiel al estilo de los antiguos cuentos, un país legendario al que llegaron los que algunos llamaron los cuatro jinetes del apocalipsis. De hecho eran dos jinetes y dos jinetas, pero del apocalipsis todos.

Encabezaban el cortejo Donald y Melania, Ivanka y Jared Kushner. La cosa no es trivial. Se trata de un verdadero melodrama quid pro quo. Resulta que Ivanka, hija del matrimonio anterior de nuestro Donald se encula de un joven banquero judío (cosa no rara allá), con el que su papá tiene negocios, y decide, sin más, convertirse al judaísmo. Así que nuestro presbiteriano Donald se despierta un día con una esposa luterana convertida al catolicismo y una hija quién sabe qué convertida al judaísmo. Un auténtico Cardinal punch.

Así que la visita a la antigua judea se convierte, más que una visita de Estado en una peregrinación. Las demostraciones de acercamiento e incluso de veneración que la familia imperial gringa llevó a cabo en las tierras de la antigua Yehudah, no ofrecen duda alguna.

La imagen del empresario, dueño de la mitad de los casinos de Estados Unidos, contrito frente al Muro de las Lamentaciones, insertando su papelito con gemidos y peticiones a los Reyes, con todo y su capel sobre su muy personal campo de trigo, no tiene madre. Para la historia.

Y es que el show lo escenificaron los cuatro fantásticos, no sólo él, y que marca de manera indeleble esa interrelación inextricable entre la política y las pasiones, por mezquinas que sean éstas. Lo curioso es que en esta ocasión la estrella no fue él, ni su hija judía, ni su yerno más judío aun. Los reflectores se los llevó su esposa Melania. Era de esperarse, como modelo y puta sabe de eso.

Qué consecuencias tendrá ello en la guerra del Medio Oriente es imprevisible. Pero desde ahora le digo que no serán buenas. O se hace política o se cumplen los caprichos de la hijita consentida. Una de dos. No hay de otra. En todo caso las propuestas de Trump son definitivamente un portazo a las negociaciones de paz.

Propone otras reglas de índole ostensiblemente sionista. Melania incluso vistió itichel, portó inmodesta las arracadas salomónidas. Pisó indiferente los adobes sagrados.

La suerte del planeta se juega en el Medio Oriente. Y el planeta, a todas luces lleva las de perder. No es de sorprender que un imbécil esté al frente de un pueblo de imbéciles. La culpa no es suya. Finalmente, Donald Trump no es más que un pobre hombre.

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