El retrovisor

Hace exactamente 81 años, el seis de octubre de 1934, tuvieron lugar en Cataluña acontecimientos dramáticos y decisivos que marcarían de manera indefectible el futuro. Tanto el inmediato como ese otro más lejano en el que nos encontramos hoy. Gobernaba la ultraderecha ultramontana.

La situación política, social y económica en todo el Estado era catastrófica. Los movimientos reivindicativos brotaban por doquier. Dos de ellos, especialmente dramáticos, tuvieron una dimensión aparte. Uno, la formidable y heroica huelga de los mineros asturianos que fue ahogada en sangre por el ejército español, bajo la dirección del mismísimo Francisco Franco. La represión a los huelguistas fue brutal, provocando la muerte de al menos 1500 de ellos, según las cifras oficiales. Una fotografía célebre muestra a varios militares sonrientes sosteniendo por los cabellos, cabezas de mineros decapitados. Franco fue condecorado por ello con la Gran Cruz al Mérito Militar. La otra gran convulsión se produjo en Cataluña ese seis de octubre, cuando el presidente Lluís Companys, insubordinándose y desconociendo al gobierno español, proclama el Estado Catalán. Confiaba en el apoyo militar que le había prometido el General Batet, jefe de la zona. No obstante Batet traicionó su palabra y el pueblo se sublevó en armas, enfrentándose, en lucha tan gallarda como desigual, al ejército. Fueron muchos los patriotas que ofrendaron su vida en esas jornadas épicas. Sin embargo, nada pudo evitar el desenlace previsto. La derrota fue crudelísima y las represalias inmediatas. El presidente Companys fue hecho prisionero y encarcelado en el navío Uruguay, que permanecía surto en el puerto de Barcelona. Si quiere usted escuchar las estremecedoras palabras del Presidente mártir, fusilado por los fascistas, lo puede hacer, sensible lector, en https://www.youtube.com/watch?v=FpTA3p282Vg. Entre los caídos se encontraba el gran Jaume Compte (al que también dediqué una columna, esta vez a guisa de homenaje emocionado), destacadísimo dirigente del movimiento independentista y gran amigo de mi papá. Ese día regresó a la casa desencajado y mirando fijamente a los ojos de mi madre le dijo: “han matat en Compte”. Ella me contó, muchos años después, que fue el único día en su vida que lo vio llorar. Nunca supe si en sus palabras no había una cierta sombra de reproche al recordar que dos de mis hermanos, Jordina y Federic, fallecieron siendo aún bebés. No lo creo.

La efeméride cobra en estos momentos una particular significación, pues Cataluña se vuelve a encontrar hoy en la misma encrucijada. En condiciones en principio distintas. En principio. Los catalanistas vuelven a gobernar Cataluña y acaban de ganar las elecciones plebiscitarias, que esta vez, ya sin ambigüedad ni eufemismo alguno, se proponen no cejar hasta la conquista de la independencia nacional, formal y total. Esta vez será muy difícil que el gobierno español, por muchos rajoyes, aznares y riveras, sáncheces e iglesias y otros moscardones que pululan por ahí, se decidan a enviar a los sardos a poner orden. Los vientos han girado y no precisamente a su favor. Insisten en que los independentistas obtuvieron “únicamente” 48% de los votos, unos dos millones, sin querer admitir que las otras opciones no eran necesariamente contrarias a la separación y que muchos independentistas, por una u otra razón, optaron por ellas. En particular porque se arredraron ante el diluvio de amenazas que descargó La Moncloa, y que van desde la expulsión de la UE y de la Eurozona, hasta incluso esa inconcebible intervención militar, a la 1934, pasando por el cierre de empresas y la huida de bancos y capitales. Todo un panorama para poner los pelos de punta a los calvos.

Ante esta perspectiva es natural que la consigna “no hagan olas” haya penetrado en ciertos núcleos de población, más cautos y menos temerarios. Y tampoco es de extrañar que las propuestas timoratas y melifluas de los parásitos de siempre hayan buscado grietas en la “prudencia” y “sensatez” minimalista. A pesar de todo, su propuesta hace aguas por todas las juntas.

Plantean un estatuto sin ningún objeto. Mantienen intactos vicios inadmisibles mientras intentan aderezarlos, no ocultan haberse aliado ya con amplios sectores tránsfugas incluyendo granujas ostensibles. Si observamos los ofrecimientos a menudo obscenamente retrógrados y decididamente oportunistas la operación reverberará.

Los agudos analistas y estrategas de la prensa y gobierno españoles olvidan que los catalanes se hallan siempre entre el seny y la rauxa, entre la circunspección y el arrebato. Pretenden entonces escondernos el hecho incontrovertible de que esos dos millones de ciudadanos que votaron sí, no son todos los independentistas. Son únicamente los que tienen muchos güevos. Dos millones de independentistas imprudentes. Arrauxats, insensatos. Los prudentes, assenyats precavidos son otros tantos.

En el 34 la rauxa y los catalanes perdieron. Los de hoy tienen retrovisor. Y ganarán.

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