La descomposición
Hace apenas un par de semanas le hablé, puntual lector, de este interesante, desconcertante y sin duda deprimente concepto: la decadencia de la decadencia. Es un concepto al que corresponde un fenómeno. Un fenómeno desdichadamente real e ineludible. Un par de buenos ...
Hace apenas un par de semanas le hablé, puntual lector, de este interesante, desconcertante y sin duda deprimente concepto: la decadencia de la decadencia. Es un concepto al que corresponde un fenómeno. Un fenómeno desdichadamente real e ineludible.
Un par de buenos ejemplos de esta idea, utilizados con asaz frecuencia, lo dan el de la riqueza por un lado y el de la homosexualidad por otro, decadentes desde siempre. Los nobles de hoy son una mala caricatura de los de antaño. El “cultivo de la cultura” (curioso y bello pleonasmo) y los mecenazgos han desaparecido casi del todo. La opulencia se ha vuelto el súmmum del mal gusto. La mayoría de los ricos actuales no son sino nacos con American Express Black.
Por otro lado, en los homosexuales de hace un siglo, para no ir más lejos, había algo de la distinción. A la manera de la Grecia antigua, digamos. Siglos después se añadió el encanto del riesgo y la clandestinidad. Hoy, no siempre pero con harta frecuencia, se ha convertido en una exhibición obscena, extravagante y de una vulgaridad hiriente.
Obviamente los dominios en los que se produce la decadencia de la decadencia son además muchos otros. Y de significación mucho más amplia y aguda.
Dentro de cuatro meses y feria se llevarán a cabo en nuestro país elecciones, locales y legislativas. Y el panorama no puede ser más desolador y deplorable. “La caballada está flaca” diría ya no sé si el lapidario Rubén Figueroa o el otro Fidel, el capo de capos, al cual el cinismo debe ser tomado como un atenuante.
Aunque aquí entre nos, hoy no hay ni siquiera caballada pues no hay caballos. Pura mula penca. Diría que no hay a quien irle, pero aun este pesimismo le queda grande al vergonzoso espectáculo que se nos ofrece y al que, impúdicos, nos invitan a participar.
Hace quince días me regodeé aquí mismo en la contemplación de la inmunda porqueriza de los quince jefecitos delegacionales (los menciono en diminutivo para evocar la inolvidable novela de Agatha Christie, Cinco cerditos). Ahora ya son dieciséis. Todos. En un auténtico alarde de impudicia, Jesús Valencia se une a la piara y salta a la Asamblea. Resulta que solicitó licencia no para ser investigado sino para ser postulado. Inconcebible. Nauseabundo.
(Y aprovecho para protestar enérgica y vehementemente contra la denominación en boga. No son chapulines, tan simpáticos, melodiosos y sabrosos ellos. Son sapos. Sapos verrugosos).
Como ya dije en aquella ocasión, el repugnante vodevil de los ahora dieciséis tiene el mérito de permitirnos ver y mirar entre bambalinas y detrás de los decorados, y darnos cuenta que la mierda lo cubre todo, no únicamente el escenario. La farsa y la abyección no se limita únicamente a los detestables individuos en cuestión, sino a todos los demás, sin excepción (dije sin excepción) y a todas las organizaciones políticas que los cobijan y promueven. Sin excepción. Y en primer lugar, primero, a todos aquellos —ya no puercos sino corderos— que acudan a votar y a seguirles el juego. Me ahorro, y les ahorro, los adjetivos.
Sólo faltaban los tres nuevos “partidos” que se suman al festivo y tumultuoso “uca uca”. El PES, el Morena y el PFH. Auténticas botargas neumáticas, con adalid o sin él, y que no pueden no alegrar y reconfortar a las ya existentes. El PT, el MC, el PNA y sobre todo, sobre todo, el PV, están felices. Más burros menos olotes, pero no le aunque, cuantos más semos, menos se nota.
No deja de ser un alivio constatar que exactamente lo mismo está sucediendo en el mundo entero. La inmundicia política en Estados Unidos, España o Grecia, para mencionar sólo algunos de los meros meros, no es tan nauseabunda como la nuestra, pero casi.
Las filigranas a las que se ve compelido en Grecia el tal renovador, izquierdista radical, Alexis Tsipras, al frente de su fantasmagórica Syriza, para hacer ver que medio cumple con lo que medio prometió, no tienen media madre. Nombra presidente al más conservador de los reaccionarios (o al revés), Károlos Papulias, del Pasok.
Para lograrlo obtuvo resoluciones hechizas e impulsó medidas insostenibles. Presenta un informe amañado y ecléctico para que el veredicto de la Corte le sea obligatoriamente favorable. Recurrió a las más sobadas y cochambrosas tretas de la baja política, para mantener un supuesto consenso y lograr una prórroga letal por parte de la tan defenestrada troika europea.
Propuso a diversos representantes especialmente facciosa impulsar en sordina tales acuerdos. Muchos integrantes mantuvieron intactas varias iniciativas, validaron el informe no teniendo en vistas impugnar el juicio incluso tolerando obvios sofismas, y yuxtaponiendo otros.
Mal de muchos, consuelo de pendejos. Dicen. Y, en efecto, es el mundo entero el que parece hundirse en el lodo de sus propios menjurjes. Habrá a quien ello le sirva de alivio. No es mi caso. Aun creo, viejo testarudo, en el gran levantamiento, sensato, paciente, serio, inteligente e irredento, más allá de algaradas populistas y demagógicas. Creo en una auténtica insurgencia, que se enfrente y venza esta macabra, inmoral, infecta descomposición.
*Matemático
