La decadencia de la decadencia. Ésta es una de las figuras más recientes y pesimistas de la filosofía, la estética y la sociología contemporáneas. Su dominio de aplicación abarca desde el arte conceptual hasta las manifestaciones más estrambóticas de la sexualidad. La decadencia decae.
Una de las expresiones más nítidas y estridentes de este curioso fenómeno lo da la política. Que la sociedad de mercado, el mundo del capital, el crédito y los beneficios, entró en plena decadencia desde mediados del siglo XIX es algo difícilmente discutible. Ahí está Karl Marx y toda la cohorte imponente de pensadores y revolucionarios que poblaron aquella centuria para dejarlo bien claro y volverlo definitivo. Que el capitalismo funciona sólo lo sostienen los capitalistas. Los empresarios y sus rebaños.
Sin embargo, aun en plena descomposición, la sociedad industrial produjo gemas admirables en el siglo XX, sobre múltiples terrenos de la actividad humana, individual y colectiva. La ciencia es sin duda una de esas parcelas. La política es otra. Hasta la segunda mitad del siglo pasado los proyectos políticos y sociales existieron, unos con más fortuna que otros. Y junto a esos proyectos florecieron siempre sus autores y promotores: los hombres de Estado.
Un hombre de Estado no es simplemente un gobernante. Es aquel que piensa y actúa más allá del propio periodo histórico que le corresponde protagonizar. Es el que condensa las tradiciones y líneas maestras que constituyen la trayectoria del pueblo o de los pueblos que dirige y las proyecta hacia un futuro que él pretende no sea incierto.
La realidad es, pues, que en esta decadencia de la decadencia de la dinámica capitalista, los hombres de Estado no constituyen una especie en peligro de extinción, sino que se han extinguido del todo. No queda ni uno, y no se avizora la posibilidad de que en algún lugar, de alguna manera y en algún momento surja alguno.
En esta semiserie dedicada a la demagogia y a los demagogos, en sus dos o tres variantes principales, ya me he ocupado y referido a dos de los grandes hombres de Estado del siglo XX. De colores, consistencias, vocaciones y direcciones diferentes, a veces contrapuestas: Adolf Hitler y Winston Churchill.
Hoy quiero hablar del vértice que cierra este triángulo. Y escojo para ello al más cercano, en tiempo, espacio y empatía: el Comandante. Fidel es el único ejemplar de la estirpe de los hombres de Estado ejemplares que todavía vive, aunque cesó, por voluntad propia, en esa función hace años.
La revolución que encabezó no únicamente sacudió y transfiguró a su isla, auténtico Nautilus varado en el vestíbulo del Golfo de México, que a manera de unas fauces gigantescas parece querer devorarlo con sus amenazantes colmillos de Florida y Yucatán. El hombre del Moncada y de Sierra Maestra (y del Café Palermo, en la calle de Iturbide del centro de la Ciudad de México), transformó y remeció a América, a la Latina y a la otra, y al mundo entero. Nada volvió a ser igual.
Obviamente la gran gesta no fue obra de un solo hombre. Fidel no estaba solo. Ningún líder, creador, prohombre o adalid lo está nunca. Pero en pocas ocasiones los derechos de autor de aquella aventura enloquecida corresponden de manera indiscutible a un único hacedor. Hubiera podido escoger hoy a algún otro de los grandes paladines marxistas, desde Lenin o Stalin a Mao o Tito. O incluso, entre los que perdieron, a Rosa Luxemburgo, La Pasionaria, o el gran cangaceiro, Luiz Carlos Prestes. Pero elijo a aquel hombre por múltiples razones que sobraría explicar, entre las cuales está la de haberme forjado a mí mismo como luchador comunista y libertario. Con ello me basta.
Fidel fue un hombre de armas tomar. De pólvora, fulminantes y fuego. Pero su arma principal fue siempre, y sigue siendo desde su reclusión en su monasterio privado, la palabra. Esa palabra cubana, a la que siempre le faltan letras. Pero que rebosa de sentido. Recuerdo y recordaré con una intensidad creciente esas noches pegado a las bocinas del gran Philips, descifrando entre la estática el discurso mágico, hipnótico: “Radio Habana, transmitiendo desde Cuba, territorio libre de América”. Y ahí estábamos, el Che y yo —el otro che, el mío, el Che Blaisten— prendidos, seducidos y embrujados, durante horas. Fidel, al otro lado del mar y de la historia, no paraba de hablar. Y nosotros no queríamos, por nada del mundo, que parara.
Cómo compadezco a los jóvenes de hoy, privados de ese luminoso, exaltante cautiverio. Han de existir sin duda grabaciones de aquellas alocuciones incomparables, pero es un triste consuelo inútil. Nunca más volverán a brillar, vibrar y conmover como entonces.
Fidel hizo de la demagogia una de las bellas artes.
Es sabido que ni en el Moncada ni en el Palermo, ni en el Turquino, la Revolución Cubana se proclamó comunista. En aquel principio no lo era ni quería serlo. Se trataba de un alzamiento antidictatorial, a la Sandino, digamos.
Como todo gran artista, fue su obra la que lo hizo a él. Rodin es creación del Pensador, Picasso es hechura de Dora Maar y Tolstoi de Ana Karenina. El socialismo hizo a Fidel. Fue un personaje del sueño comunista y liberador.
Se produjo ahí, obviamente, la confluencia de diversas componentes. Unas azarosas, otras no tanto. El inicio de la revolución fue problemático y reformista. Los barbudos debieron enfrentarse, por un lado, a numerosas resistencias y reticencias; por el otro, a no menos exigencias.
Plantearon una reforma orgánica para optimizar los logros obtenidos. Vieron indispensable concitar adhesiones, liberando obligaciones sin temer afectar más a las empresas subsidiarias ni obstruir las otras salidas haciendo imperioso zanjar o desviar el curso hacia inexorables vórtices ominosos.
Quién sabe cómo, pero lo lograron. No obstante, como suele acontecer, fueron las propias dificultades y vicisitudes las que abrían, trecho a trecho, la brecha. Y la propia lógica de la historia, de la historia de la liberación, los hizo desembocar en esa temeraria, impensable edificación de la utopía socialista. Fidel se vio arrastrado por sus propias palabras.
Lo llaman el Caballo, el número uno en la charada, la lotería cubana. Y ese corcel nunca perdió las riendas ni se desbocó. Se lanzó, eso sí, hacia ese horizonte tan imposible como irresistible, a galope tendido, las crines al viento.
