Los otros meteoritos

Era el verano de 1974. Decidí visitar a mi entrañable amigo y camarada Renán Cárdenas, que vivía en Suecia. Quise caerle por sorpresa, sin avisarle. Atravesé toda Europa en tren y, al final, en el ferry, entonces indispensable. Arribé a Estocolmo como a las nueve de ...

Era el verano de 1974. Decidí visitar a mi entrañable amigo y camarada Renán Cárdenas, que vivía en Suecia. Quise caerle por sorpresa, sin avisarle. Atravesé toda Europa en tren y, al final, en el ferry, entonces indispensable. Arribé a Estocolmo como a las nueve de la noche, que allá, en esa época del año, viene a ser como mediodía. Brillaba un sol esplendoroso. Preguntando a viandantes y policías tomé los autobuses correctos y sin demasiados titubeos llegué a su domicilio. Al que había sido su domicilio, debo decir, pues con gran desconsuelo me enteré por los vecinos que Renán y Addy hacía más de dos meses, se habían mudado.

No supieron decirme a dónde, y hace 40 años ni en la patria de Ericsson los números de teléfono viajaban con uno. Para medio tranquilizarme me informaron que simplemente tenía que ir a la policía y preguntarlo. Ahí lo sabrían con exactitud. Y lo que sí supieron los vecinos era dónde quedaba la comisaría más cercana. Sorprendido e incrédulo me dirigí a ella. Pregunté y, en efecto, en 15 minutos me hicieron saber que Renán ya no vivía en la ciudad. Se había ido a vivir a Uppsala, unos 200 km. al norte. No había compus, pero también me pudieron decir que no tenía teléfono. Además, que si gustaba me podían dar el de una vecina.

No puedo negar que me tranquilicé, y mucho. Pero también me abordó un sordo, pero intenso sentimiento de angustia y opresión. Esa policía amable y servicial representaba también un sistema de control espeluznante. ¿Qué chingaos debía hacer uno en Suecia si por una razón u otra quería pasar inadvertido? Preferí no pensarlo. Le pregunté al agente cómo funcionaban ahí los teléfonos públicos y dónde habría uno cercano. Con la misma cortesía se ofreció él mismo a comunicarme. Accedí gustoso, por supuesto y por fortuna, pues la vecina en cuestión no hablaba inglés y el TIRA me sirvió de intérprete. A los tres minutos tuve a Renán en la línea. Aunque Ripley no lo crea.

Y a las tres horas, como a la una de la madrugada, como quien dice en la tardecita, estaba yo cómodamente instalado en un puff de su sala, bebiendo el vodka Krepkaya que yo le había traído, y que por supuesto no sobrevivió a esa noche. Inmediatamente después de las inevitables y emocionantes efusiones propias del reencuentro, le relaté mi singular aventura —que finalmente no fue tal— para dar con él y la inquietud que me había producido constatar el brutal sistema de información del que gozaban las “fuerzas del orden”.

Me escuchó divertido, mientras soltaba una generosa bocanada del Pall Mall de los rojos, sin filtro, que estaba fumando. Lo tenía estrictamente prohibido, pero la ocasión lo ameritaba. A continuación, para intranquilizarme un poco más, me contó su propia experiencia. Renán padecía de una seria enfermedad congénita del corazón. Los cirujanos mexicanos del Instituto Nacional de Cardiología, en una operación virtuosa y milagrosa, no sólo le habían salvado la vida sino que se la habían augurado larga y sana. Si se portaba bien, cosa que él no hizo nunca, pero que a pesar de ello, tuvo.

El caso es que debía estar bajo vigilancia médica permanente. De manera que cuando meses atrás llegó a Uppsala acudió con el cardiólogo que, por el barrio de residencia, le correspondía. Cuando se disponía a relatarle su intrincado historial clínico, el galeno lo interrumpió, sonriente, y le dijo que no era necesario, que ya lo sabía todo acerca de su caso. Y le mostró su expediente. Lo había recibido hacía unos días. En papel, por supuesto. Asombrado le preguntó cómo era posible, a lo que el médico le contestó que se trataba de mera rutina. En el momento en que él había comunicado su traslado, como era obligatorio, a la alcaldía de Estocolmo se había puesto en marcha el correspondiente procedimiento.

Al terminar su relato el Renán, al que entre el vodka y yo habíamos puesto de buen humor, me miró de manera pícara y burlona, como diciendo “pa’ que te vayas enterando cómo están las cosas y pa’ dónde van, camarada”. Esa noche, entre el cansancio, la alegría, la excitación y cierto desasosiego, no pude dormir del todo bien.

No sé hasta qué punto mi querido carnal fue comprobando cómo sus temores —y los míos— se fueron cumpliendo. Para fortuna suya falleció antes de la aparición e invasión de los pequeños demonios portátiles, ayfons, gálacsis y demás fauna avernícola, y su cauda de posibilidades maravillosas para unos, escalofriantes para otros. Inimaginables para todos.

Hoy en día, en el año 13 del siglo XXI, los súbditos del Reino de la Microelectrónica se desparraman por todos los rincones del planeta (ya quedamos que la Tierra es la única esfera con rincones) y no respetan lenguas, clases, sexos, edades ni poderes adquisitivos. Se trata de un auténtico, y ora sí que global, metafenómeno. La pregunta clave, insoslayable, es si tal vertiginoso “logro” enriquece la vida de los humanos o más bien la empobrece. Para los más optimistas adoradores del “progreso” se trata del acceso a una nueva era pletórica de posibilidades. Para los más pesimistas, en cambio, los omnipresentes chunches no son sino los heraldos de la catástrofe.

Aquellos procedimientos de control y condicionamiento que nos inquietaron a Cárdenas y a mí hace cuatro décadas, hoy son juegos de niños. Como el 1984 de Orwell, digamos de paso. Las nuevas aplicaciones “inteligentes” brindan al usuario una cantidad deslumbrante e irresistible de posibilidades. Obvio. Todo el mundo parece saberlo. El privilegiado poseedor se siente más libre y poderoso que nunca. Lo que ya no es tan obvio, y que muy pocos parecen percibir, es que tales aplicaciones también posibilitan al poder para que convierta al sujeto en objeto. Menos libre que nunca.

Los grandes trusts financieros, comerciales, mediáticos y políticos poseen hoy un arma temible, nunca soñada. Los móviles y las tablets no son únicamente un espía del que complacientemente nos hacemos acompañar todo el día y todos los días, sino que además y sobre todo nos dictan qué hacer o querer en cada momento. Son los amables agentes de una dictadura tan feroz e intransigente como inasible. A través de ellos los game masters husmean e inciden.

Pretenden recobrar información no compartida en sistemas asegurados: gustos o confidencias encriptadas, relaciones íntimas arrebozadas, convenios en línea establecidos bajo reservas estrictas, secrecía enfocada a finiquitar eficazmente la insidiosa zapa. Además monitorean exhaustivamente mecanismos exitosos. Su estrategia implica soliviantar masas enteras sin escándalo seduciéndolas y apacentándolas.

No quiero ser catastrofista ni lo he sido. Hoy menos que nunca. Pero si la corteza de este viejo globo se vuelve invivible no será a causa de una lluvia de meteoritos, sino de un aguacero de pequeños rectángulos luminosos.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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