“México, creo en ti, porque escribes tu nombre con la equis, que algo tiene de cruz y de calvario; porque el águila brava de tu escudo se divierte jugando a los volados con la vida y, a veces, con la muerte”.
Cuando Ricardo López Méndez escribió estos versos en 1940, creer en México significaba creer en su capacidad de resistir el calvario. Y adelantándose casi un siglo al Credo del poeta yucateco, el Himno Nacional entona, hasta el día de hoy: “Un soldado en cada hijo te dio”. Nos construimos como guerreros. Y durante mucho tiempo eso dotaba a la caracterización del mexicano, como ser de resistencia perpetua, de un aura de heroicidad. México, nación que no se rinde, un pueblo que soporta cualquier tempestad.
Pero ha pasado el tiempo, siglos para ser exactos, como un río incapaz de erosionar las piedras, apenas pulirlas. La lucha constante no da tregua, y mientras, en algunos espacios, y para algunos grupos, “la resistencia” es una consigna de obligatoriedad ética, hoy empiezo a preguntarme: ¿será que el mexicano —o bien, la gran mayoría de ellos— tiene otra opción que resistir? Y si no es que lo anterior desnuda el romanticismo revelando precariedad producto de la impunidad; si no es que hay poca ética en la obligatoriedad.
Hoy me pregunto si es que el águila brava del escudo ha dejado de hacer volados o si será que ambas caras de la moneda son muerte. Once personas asesinadas en un partido de futbol, una familia de intérpretes asesinada, 10 mineros secuestrados, diputados atacados, cuerpos calcinados, decenas de fosas clandestinas. Una bitácora teñida de rojo, listas interminables, donde cada tragedia se apila sobre la anterior sin que ninguna encuentre justicia.
No es una pregunta retórica ni un gesto de rendición. Es algo mucho más oscuro: no hay opción de rendirse. Salir a la calle es resistir. Abrir tu negocio es resistir. Mandar a tus hijos a la escuela es resistir. Pagar o no pagar el cobro de piso es resistir de formas distintas, pero ambas te destruyen. La resistencia (para algunos) no produce victoria, sólo produce la necesidad de volver a resistir mañana.
Sor Juana Inés de la Cruz preguntó hace siglos (de nuevo): “¿O cuál es más de culpar, aunque cualquiera mal haga: la que peca por la paga, o el que paga por pecar?”. En el siglo XVII hablaba de hipocresía moral. En el México de 2026, habla de trampa sistémica. ¿Quién es más culpable: el ciudadano que paga extorsión para proteger a su familia o el Estado que lo abandona a esa decisión imposible? ¿El que calla por miedo o el sistema que hace del miedo la única forma de supervivencia? No hay inocencia posible cuando el sistema te obliga a ser cómplice de tu propia opresión.
Ahora bien, quisiera hacer algunas aclaraciones. Por supuesto que no “banalizo el mal” ni romantizo la criminalidad; precisamente pretendo señalar la trampa del juicio simplista, exponer el ciclo. Por otro lado, tampoco niego el carácter tanto vital como efectivo de la resistencia. No hablo de resiliencia; resistir es una tarea irrenunciable de quienes queremos cambiar el mundo, de quienes no somos ajenos a las injusticias, incluso cuando éstas no nos atraviesan directamente. Pero existe una diferencia brutal entre quienes eligen la resistencia como bandera de principios —hacer pública su postura, elegir comprar o no hacerlo en ciertas cadenas, participar en marchas— y para quienes es un modo de supervivencia, una condena impuesta.
Y queda una trampa más. Dirán: ¿dónde está tu propuesta? ¿Tu llamado a la acción? ¿Tu política pública? Como si el problema fuera la falta de ideas y no la sobra de impunidad. La demanda de “propuesta” se ha vuelto la forma más sofisticada de no hacer nada. Hoy traigo sólo reflexión, pues quizá la pregunta misma sea la única forma de honestidad posible en un país con mucho pueblo y poca política.
México merece que la resistencia deje de significar sobrevivencia. Merece que el heroísmo lo ejerzan quienes tienen el poder de garantizar un Estado de derecho y el pueblo goce de libertad, seguridad y paz. Porque no hay nada heroico en un pueblo sometido a la resistencia perpetua; que sangra y ha sangrado por los siglos de los siglos.
