Natalidad: espejo de un país desigual
La desigualdad que enfrentan muchas madres en México es estructural, no individual. Limitar la discusión de la natalidad a factores personales, sin considerar su complejidad, es evadir la raíz del problema y caer en reduccionismos moralistas y clasistas. La maternidad ...
La desigualdad que enfrentan muchas madres en México es estructural, no individual. Limitar la discusión de la natalidad a factores personales, sin considerar su complejidad, es evadir la raíz del problema y caer en reduccionismos moralistas y clasistas.
La maternidad puede actuar como desigualdad núcleo. De ella pueden desprenderse exclusiones como abandono escolar, precariedad laboral, vulnerabilidad comunitaria, por ejemplo, y, al mismo tiempo, se alimenta de ellas en un proceso circular. Es tanto causa como consecuencia de otras desigualdades sociales.
Ayer, el Inegi publicó la actualización de la Estadística de Nacimientos Registrados (ENR) 2024, la cual, además de nacimientos, nos permite trazar un mapa de las diversas realidades que atraviesan las mujeres, madres e infancias.
Se registraron 1.67 millones de nacimientos, lo cual representa una caída de 8.2% con respecto al año anterior. Pero el promedio nacional oculta contrastes abismales. Chiapas, con una tasa de 86.7 casi triplicó a la de Ciudad de México, con 32.8.
Ante realidades tan contrastantes, la natalidad no representa un mismo fenómeno, por lo que no debe enmarcarse como tal: en algunos estados implica implosión demográfica difícil de absorber, mientras que en otros, pocos nacimientos ni siquiera son un desafío inmediato.
Los datos evidencian el efecto dispar que genera “uniformar la realidad” y aplicar programas homogéneos en contextos profundamente desiguales.
Otro dato es la edad de la madre. Debe distinguirse entre dos conversaciones distintas. Por un lado, el embarazo infantil y adolescente (10-17 años) arrojó 89 mil nacimientos. Este fenómeno no puede diluirse en el debate general; aunque ha disminuido, sigue siendo una vulneración de derechos que debe combatirse con firmeza.
Por el otro, en mujeres adultas, la edad media continúa aumentando. Si bien puede ser voluntario, no siempre responde a la elección personal de posponer la maternidad, sino a que las decisiones reproductivas se vinculan a costos de vida elevados, precariedad laboral, coyunturas económicas, ausencia de infraestructura de cuidados y licencias de crianza. En México, ser madre es un reto a cualquier edad adulta, pero las redes, políticas y servicios disponibles terminan de dignificar o precarizar.
En materia de género, un tercio de las madres tenía sólo secundaria y más de la mitad no trabajaba al momento del registro, mientras que casi 80% de los padres sí lo hacía. Esta asimetría muestra que la natalidad se decide en un país donde las mujeres siguen enfrentando barreras estructurales en educación y empleo. La autonomía real no es sólo decidir, sino poder sostener esa decisión con apoyos y condiciones materiales.
El diseño de la Estrategia Nacional para la Prevención del Embarazo en Adolescentes tiende a homogeneizar; en la práctica, lo que ocurre en los estados es un mosaico diverso: mientras algunos grupos estatales (GEPEA) han innovado, otros se limitan a reproducir lineamientos generales. El resultado es que un mismo programa produce efectos muy distintos entre, por ejemplo, Nuevo León y Chiapas.
Cuando hay adaptación local, los resultados son más prometedores. Chihuahua elaboró un diagnóstico sobre embarazo adolescente en población indígena; Guerrero tradujo materiales a lenguas originarias; Oaxaca incluyó a padres adolescentes en su sistema de información; la CDMX colaboró con universidades para capacitar personal en prevención de violencia sexual; entre otros procesos. Sin embargo, siguen siendo excepcionales y no la norma. El gran reto es institucionalizar lo que funciona en lugar de aplicar recetas homogéneas que ignoran contextos culturales y territoriales.
Hablar de natalidad exige salir de juicios morales y leer en clave de justicia social y autonomía. El análisis no es sólo demográfico, sino sobre uno de los núcleos de la desigualdad mexicana, del cual se desprenden exclusiones educativas, laborales y comunitarias.
Las condiciones de natalidad y maternidad son un espejo nítido del proyecto de nación. Y hoy, ese espejo devuelve una imagen clara: no basta con contar nacimientos, hay que construir condiciones de vida digna para sostenerlos.
