La ridícula necesidad de clasificar el valor de las vidas
El pasado 13 de junio un barco pesquero, en el que viajaban cientos de migrantes, naufragó en el Mediterráneo. La búsqueda duró únicamente tres días y sólo Grecia envió un barco patrullero de guardacostas, un buque de la Marina y tres helicópteros. Desgraciadamente ...
El pasado 13 de junio un barco pesquero, en el que viajaban cientos de migrantes, naufragó en el Mediterráneo. La búsqueda duró únicamente tres días y sólo Grecia envió un barco patrullero de guardacostas, un buque de la Marina y tres helicópteros. Desgraciadamente 81 personas murieron, más de 500 están desaparecidas y sólo 104 sobrevivientes fueron rescatados.
En contraste, cinco días después, cinco personas se aventuraron a realizar un viaje exploratorio al Titanic a bordo del sumergible Titán, de OceanGate Inc, el cual desapareció. La respuesta, sin embargo, fue muy distinta.
A partir de los hechos se evidencia la importancia de algunos cuerpos frente a otros. Judith Butler, en su libro Los Cuerpos que Importan, problematiza la valoración del cuerpo a partir de su materialidad (desde la construcción del género y el sexo). Llevando su teoría a los casos en cuestión, pareciera que algunos cuerpos se valoran (poniendo de lado las variables género y sexo) a partir de su capacidad de producir y se validan desde el privilegio que ostentan.
En redes sociales se disparó la discusión sobre la importancia de salvar a un grupo del otro y se lanzaron discursos de odio, disfrazados algunos de privilegio y otros de necesidad. Se justificó la importancia de un grupo de vidas frente a otro como si no hubiesen podido ser salvados ambos, como si la importancia de la vida estuviera dictada por una lógica bajo la cual el valor se clasifica en escala, implicando que no cupiesen ambos en la valía y no existieran los recursos necesarios para resolverlos.
La conversación se tornó en una valorización moral de las víctimas, en vez de ser una crítica a la incompetencia de actores responsables. Se tenían los recursos para atender ambas catástrofes, no obstante, en lugar de denunciar a los actores responsables, como gobiernos u organismos internacionales, nos dividimos en un discurso que justifica la inacción, la corrupción y la ineptitud. Se denunció de manera vulgar en lugar de veraz, porque es más barato comprar la idea de un humano enemigo, en lugar de reconocer que los verdaderos enemigos son quienes se fortalecen de la división, haciendo creer que la atención de un caso excluía al otro.
La ineficiencia de las autoridades ante la desaparición se evidencia especialmente en nuestro país. Datos del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No localizadas indican que en lo que va del año se han registrado 11,818 personas desaparecidas, de las cuales 45.66% no han sido localizadas y de aquellas localizadas, 5.61% fueron identificadas sin vida.
A pesar de las rampantes cifras, en la conferencia mañanera del 6 de junio, el mandatario federal destacó que, de acuerdo con cifras de la Subsecretaría de Derechos Humanos, Población y Migración de la Segob, el presupuesto destinado a la búsqueda de personas es de 97 millones 234 mil pesos, lo cual pone en tela de juicio la eficacia y coordinación para enfrentar este desgarrador fenómeno, pue se tienen los recursos.
Además, los gobiernos, como es nuestro caso de manera exacerbada, no sólo pareciera que no hacen nada al respecto ante la desaparición, sino que son responsables de ésta.
Ojalá se buscaran a los desaparecidos aquí en la tierra, con el mismo fervor que lo hicieron con aquellos privilegiados bajo el agua. La culpa no la tienen aquellos que recibieron atención tras la tragedia, sino los que nos han acostumbrado a la inacción y dividen con la importancia de los cuerpos para ocultar su ineficiencia.
La evidente prioridad de los organismos responsables de anteponer la resolución de un caso sobre otro como de mediatizar intencionalmente los casos de conveniencia evidencia la necesidad de dividir más allá de velar por la vida. Hemos replicado el discurso, etiquetando con un precio los cuerpos y justificando la inacción de las instituciones responsables bajo el argumento de recursos limitados que producen la competencia. En palabras de Butler, “las categorías nos dicen más sobre la necesidad de categorizar los cuerpos, que sobre los cuerpos mismos”, el que se haya evidenciado la brecha y la división implica que somos más veloces en señalarnos que en denunciar la incesante categorización de los cuerpos.
Todos los cuerpos importan y debe velarse por todas las vidas, observemos de manera crítica un discurso que divide en aras de justificar la ineptitud.
