Independencia: ¿movimiento de libertad o identidad?
En México, hoy se recuerda, a través de un acto cívico, la gesta de Independencia que hace 212 años brotó del sueño de libertad. Puede argumentarse que se conmemora, específicamente, el inicio, pues la libertad no es una categoría que logre describir del todo ...
En México, hoy se recuerda, a través de un acto cívico, la gesta de Independencia que hace 212 años brotó del sueño de libertad. Puede argumentarse que se conmemora, específicamente, el inicio, pues la libertad no es una categoría que logre describir del todo nuestra realidad nacional actual.
Este movimiento hacia la libertad nace de un pensamiento ilustrado, eurocéntrico, que se llevó a cabo por criollos al buscar libertad política y administrativa. El problema, en principio, recayó en que la libertad política, en palabras del historiador y politólogo Isaiah Berlin, debe contar con un espacio en donde se tenga la potestad de administrar sin obstaculización.
Sabemos que, en México, la institución gubernamental obstruye su propia administración, así como los sistemas globales de los que formamos parte, que no conciben nuestra realidad sociocultural. Por otra parte, la libertad, en su forma colectiva, debe atribuirse al individuo como miembro de una comunidad, partiendo de la idea de que, si la libertad individual depende de la miseria de otros o limita a otros, el sistema que lo promueve es no sólo insuficiente, sino injusto.
Partiendo de la idea anterior, ciertamente, el movimiento de “libertad” nacional ha dejado fuera —incluso excluido— a muchos grupos para los cuales no se ha dado esta transformación, como el etnocidio y exclusión de grupos originarios de la América precolombina, así como la opresión a la mujer, por la falta de cultura lo suficientemente asentada que promueva la cohesión social.
Aunque nos preguntemos si en verdad somos independientes, puedo asegurar que el acto cívico, la fiesta conmemorativa, es cimiento del imaginario colectivo, fundamental para la creación de nuestra identidad nacional y el primer paso para la libertad.
Los cambios políticos y económicos que se dieron a raíz de la Independencia buscaron la homogeneización, un “mestizaje” que resulta más declarativo que real, pero necesario para la construcción del Estado; no obstante, esta declaración ha tenido el poder de construir una realidad: la del “mexicano”.
Las fiestas patrias hacen referencia a la idea de que el ser humano tiene una necesidad intrínseca de dotar de sentido la acción, mediante su interpretación de las mismas (Proceso ideológico de la revolución de la independencia, Luis Villoro, 1997).
No hay sociedad que no sienta la necesidad de reafirmar las ideas que construyen su unidad nacional, pues sabemos por Freud que la identidad nacional es también fundamental para la creación de nuestra concepción individual; el autoconocimiento como consecuencia de definirnos como parte de algo mayor a nosotros y como agente importante de la construcción de un colectivo.
Los mexicanos reconstruimos el Grito para enaltecer nuestros antepasados y la idea que nos da patria; nos vestimos “de mexicanos” para representar aquello que —aunque para algunos sea un disfraz— encontramos como fácil creador de la cohesión social, y permitimos que exista en nuestro imaginativo a falta de su tangibilidad, pues estas representaciones son el mayor proceso de reconstrucción activa de la realidad.
Podemos no creer en el movimiento de Independencia o libertad o podemos reconocerlo como un movimiento encubridor de la exclusión, pero, aun así, debemos comprender la fuerza que tiene como rito. La importancia de este 16 de septiembre recae en la conmemoración para la reproducción de la memoria colectiva en cuanto a la patria e identidad nacional.
Fomentar nuestra relación con la historia, más allá de si es verdadero o imaginado, nos permite abrazar esos símbolos que nos dan identidad socio-terrenal, más allá de libertad, como lo explica Gina Zabludovsky en Durkheim: sociología de la religión y fiestas patrias en México.
Aunque la consciencia no nos permita hacerlo con el mismo fervor que alguna vez tuvo, celebremos las fiestas y conservemos la tradición que nos da identidad, pues aprender a abrazarnos como un todo tal vez nos lleve a la verdadera libertad.
