El tiempo libre, como carencia social

Hace unos días se publicó la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2024 ENIGH y con ella la medición oficial más reciente de la pobreza multidimensional. Alrededor de 12.7% de la población salió de la pobreza y las carencias sociales disminuyeron, ...

Hace unos días se publicó la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2024 (ENIGH) y con ella la medición oficial más reciente de la pobreza multidimensional. Alrededor de 12.7% de la población salió de la pobreza y las carencias sociales disminuyeron, salvo el gasto de bolsillo en salud que aumentó 7.9% en términos reales.

Si bien la discusión ha girado a propósito de la disminución de la pobreza y la desigualdad en términos económicos, entender que esta última se expresa en diversas dimensiones de la vida social y política, es fundamental. La brecha no sólo está en el ingreso, sino también en los minutos que se compran con él. Por ello, propongo otro indicador para hacer frente a la desigualdad: el tiempo libre.

El ocio de calidad sostiene los vínculos, fomenta la participación en la vida cultural o el deporte; fortalece la ciudadanía y recupera el tejido social. Es el voto más silencioso, decide quién estudia, quién descansa y quién se enferma.

Ahora bien, en términos de desigualdad no es sólo fundamental el reconocimiento del acceso al tiempo libre, sino el de los diversos sentidos en que no todos tenemos las mismas 24 horas: el tiempo es más caro para quien se desgasta en trayectos interminables y traslados inseguros, o quien no tiene acceso al descanso, preso de larguísimas jornadas; o para quien dedica sus horas al trabajo no remunerado. Cada minuto se “compra” a un precio prohibitivo.

Por mencionar algunas cifras, en México 27% de las personas asalariadas trabaja más de 50 horas a la semana, el nivel más alto de la OCDE.

Por otro lado, en los hogares, transporte y comunicaciones se concentra 19.5% del gasto. Además, la congestión en la CDMX figura entre las más altas del mundo (según INRIX 2024) con 97 horas perdidas por conductor al año… casi ¡cuatro días de vida se esfuman entre semáforos y caos vial! Y, según el Inegi, el viaje promedio al trabajo en esta metrópoli dura 56 minutos sólo de ida; cerca de 5% de las personas tarda más de dos horas, y un 18% reporta traslados de tres horas o más. Por si no fuera poco, 62.8% de la población reportó sentirse inseguro en el transporte público. Si el tiempo libre aumenta, algo nos podría llegar a decir sobre el costo de moverse, o de la oferta cultural y laboral cercana y de la seguridad en el trayecto.

Sumado a lo anterior, el trabajo no remunerado de los hogares equivalió a 26.3% del PIB en 2023. Del cual, las mujeres dedican en promedio 28.8 horas a la semana, mientras que los hombres 12.9. Sin redistribución del trabajo de cuidados, el ocio será siempre un privilegio.

El tiempo libre es también política de salud pública. Las jornadas laborales excesivas deterioran la salud, según la OMS en un reporte de 2016, éstas se vincularon con 745 mil muertes. La evidencia es contundente, una metarrevisión encontró que tener relaciones sociales fuertes se asocia con una mejor supervivencia, superior a dejar de fumar 15 cigarros al día. El tiempo de calidad literalmente alarga la vida.

No hay que pasar por alto que 54.8% de la población se encuentra en la informalidad y, por ende, no tienen acceso a seguridad social, un contrato estable que ofrezca prestaciones, protección legal o créditos para vivienda. Los hogares absorben más cuidado no remunerado, la enfermedad implica una pérdida de ingreso y más tiempo de espera.

Por último, el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) lo viene subrayando: el uso del tiempo condiciona exponencialmente trayectorias de movilidad social.

No, no tenemos las mismas 24 horas: unas se gastan en llegar, otras en cuidar, otras en dobles jornadas y muy pocas —para la mayoría— en desarrollarse, soñar y vivir. Medir el tiempo libre permite comprender desde otra cara la pobreza, porque revela la calidad de los servicios públicos y carencias sociales.

La medición del ocio no es un lujo, es un espejo que refleja el estado del transporte, los cuidados, la seguridad y las jornadas laborales.

Repartir mejor el tiempo es repartir mejor la libertad. Y una democracia que reparte el tiempo —no sólo el ingreso— reparte el poder.

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