México ha conquistado símbolos importantes. Por primera vez en la historia, una mujer en la Presidencia dio el Grito de Independencia, invocó genealogías feministas pronunciando los nombres de aquellas mujeres en cuyos hombros se arrellana nuestra historia, y lo hizo desde el balcón más simbólico del país. En una nación que durante siglos marginó a las mujeres de la política institucional, ese gesto importa.
Al día siguiente, durante el desfile cívico-militar, el almirante secretario de Marina, Raymundo Morales, se pronunció frente al caso de huachicol fiscal, prometió que no habrá impunidad y habló de un “golpe de timón”. Nuevamente, el gesto importa. Pero importan en tanto promesa.
Lo simbólico no es accesorio. Para Pierre Bourdieu es una forma de poder: el poder de visibilizar, de legitimar, de excluir o incluir. Las metáforas no sólo nombran la realidad, la modelan. Un discurso o una arenga pueden ser actos de transformación. Las naciones, familias e identidades se construyen sobre símbolos, mitos fundacionales, narrativas e historias. Lo simbólico es tanto cimental, como real en cuanto a sus efectos. Pero su realidad es frágil si no encuentra anclaje.
En su teoría de la hegemonía, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe explican que los proyectos políticos se sostienen sobre significantes vacíos —conceptos como “el pueblo”, “la justicia” o “el cambio”—, que logran articular demandas múltiples y dispersas bajo una misma bandera. Es precisamente su ambigüedad lo que los hace potentes: permiten que feministas, campesinos, obreros, estudiantes o pueblos originarios encuentren ahí su lugar, aunque sus luchas no sean idénticas.
Pero hay una condición para que esa hegemonía se mantenga: la esperanza debe seguir viva. Mientras el significante vacío (como en este caso, “la transformación”) mantenga la promesa de futuro, puede sostener un bloque político. Pero cuando la distancia entre el discurso y la vida cotidiana se vuelve excesiva, obscena, ese augurio se rompe. El símbolo ya no convoca: exaspera. Lo que antes fue un signo de unidad, se convierte en una farsa evidente.
La política actual en México se debate entre el símbolo y su realización. Se enarbola el combate a la corrupción “hasta donde tope” y, pese a algunos avances innegables, siguen aflorando indicios de estructuras que se resisten al cambio y ponen a prueba esta narrativa.
La ética se pronuncia, aunque la práctica institucional todavía está cruzada por zonas grises y opacas. Se invoca el derecho a la salud, pero la experiencia cotidiana de los pacientes contradice esa consigna. El feminismo llegó de morado al lenguaje del poder; su alcance, en cambio, llega demorado, mientras la violencia de género y feminicida permanece como herida abierta.
Y el compromiso de una justicia transformada encuentra hoy su apuesta en la reforma judicial: una promesa que habrá que observar con atención para saber si se vuelve política encarnada o permanece como enunciado.
No es que esos símbolos no importen. Importaron cuando fueron conquistados, cuando movilizaron afectos, deseos, imaginarios. Cuando eran anuncio de algo que estaba por venir. Siguen importando en cuanto son historia que no ha terminado de escribirse, en cuanto conquistan espacios que siguen en disputa y reivindican aquello que ansiaba justicia.
Pero sin cambios estructurales que acompañen esas palabras, corren el riesgo de convertirse en una fachada vacía. Como diría Jean Baudrillard, simulacros que ya no remiten a ninguna transformación posible. El riesgo no es el símbolo. Es el símbolo sin consecuencia, es la ampliación y mandato del campo simbólico por encima de las demás esferas del poder. Cuando la evocación no implica una transformación concreta, el gesto se agota en su propia resonancia, el símbolo se deshace convertido en apenas un eco decorativo; no porque haya sido falso, sino porque ha quedado solo.
Lo simbólico transforma, mas no sustituye. Un buen discurso puede emocionar, incluso movilizar. Pero no basta para hacer justicia. No basta para curar. No basta para redistribuir. No basta para combatir la corrupción. No basta para detener la muerte.
El símbolo abre muchas puertas, habrá que ver si las cruzamos.
