Las revoluciones imponen moda, y la moda de los revolucionarios puede cambiar todo sobre cómo nos vestimos. En 1789, los sans-culottes, que fueron los trabajadores más radicales de París, reciben su nombre por rechazar las prendas de los aristócratas y usar con orgullo sus pantalones largos. Esa transformación ocurrió en la calle y el espacio público fue el taller donde una prenda adquirió un significado nuevo, y con él, una época entera.
La historia del vestido lo confirma: los cambios más radicales en la moda nacen al aire libre. La moda, como fenómeno popular, tiene su escenario natural en el espacio público. La máquina de coser y el telar mecanizado lo sellaron en la era industrial; pusieron en manos de millones prendas que antes sólo unas pocas personas podían costear. La moda dejó de ser una conversación entre élites y se convirtió en idioma de las mayorías.
Este fin de semana, fieles al principio de que eventos de la más alta calidad pueden prosperar en el espacio público, la Gala Chilanga continuó esa tradición. Tres noches de pasarelas al pie del Monumento a la Revolución convirtieron el monumento en el escenario donde el diseño local se apropió del espacio público. Desfilaron los vestidos de La Calle de las Novias, corredor de cinco cuadras en la calle República de Chile con más de cien años de historia y cerca de 165 tiendas, junto a diseñadores emergentes y colectivos de Faros y las Utopías. El talento que durante décadas ha vestido a novias, quinceañeras y familias de todo el país encontró, por fin, un escenario abierto que pueda compartir este derecho a la moda.
La dimensión económica merece atención. Datos del Inegi muestran que la fabricación de prendas de vestir en la Ciudad de México generó ventas cercanas a los 8,200 millones de pesos en 2025. El sector emplea directamente a casi seis mil personas en la capital y su remuneración mensual promedio subió 36% entre 2022 y 2025, de 13,715 a 18,693 pesos. Cada evento masivo en el espacio público tiene la capacidad de activar esa demanda. Una pasarela abierta, una gala en una plaza, una semana de moda en la calle generan lo que el mercado en sus salones cerrados produce con dificultad: visibilidad para diseñadores locales, turismo, economía de barrio.
Liberar la moda de los salones cerrados es una apuesta cultural y una decisión económica al mismo tiempo. Los sans-culottes tomaron la calle y con ella cambiaron la historia. La moda capitalina lleva décadas construyendo una tradición que merece ese mismo gesto de apertura. El Monumento a la Revolución acaba de dárselo, y desde el espacio público, la ciudad sí que puede imponer moda.
*Secretaria de Desarrollo Económico de la Ciudad de México
