Sangre, impunidad, silencio, despojo y teatro
La puesta en escena Que digan que estoy dormido, de Luis Enrique Ortiz Monasterio y dirección de Martín Acosta, asume el género de revista, la sátira política de inmediatez y ligereza deliberadas.
“Es poquito decir que el gobierno de Veracruz ha fallado con su deber de defender a sus ciudadanos. Es muy poquito decirlo así, porque no sólo ha fallado, además existen más que indicios de que ha asesinado a sus propios ciudadanos y, en el mejor de los casos, es cómplice y/o encubridor. Esto es más chistoso: por más que la prensa pagada trate de ocultarlo o minimizarlo, todo el tiempo nos enteramos de ciudadanos secuestrados y asesinados por las mismas fuerzas del orden que juraron que nos iban a defender”, afirma un personaje en Que digan que estoy dormido, de Luis Enrique Ortiz Monasterio, que terminó su temporada en La Caja (espacio de la Universidad Veracruzana en Xalapa) el domingo pasado. El público desbordó la taquilla semana tras semana, y en más de una ocasión fueron cerca de 30 los espectadores que se quedaron en la puerta.
Que digan que estoy dormido asume el género de revista, la sátira política de inmediatez y ligereza deliberadas. Estructurada en casi una decena de números, juega con la paradoja de que en el afán de ser chistosos, los políticos mexicanos, en especial aquellos en el poder en Veracruz, se llevan las palmas, ya que se pasan de grotescos. La técnica que sigue el autor es hacer explícito en los parlamentos lo que se oculta. Así, cuando toma la palabra una candidata a un puesto de elección popular, exhibe con todas sus letras su ineficiencia y sus corruptelas: los votantes la eligen. Para dejar ver la entraña de la corrupción, coloca a los personajes al revés, enuncia lo que por lo regular se deja entre líneas.
La puesta aborda el maltrato a las migrantes guatemaltecas, que han de prostituirse, condenadas a merecer nada. Entre los personajes está el monstruo de feria, en este caso una cabeza que confiesa su sistemático incumplimiento de deberes y gozo por delinquir, deformidad que lo encumbra en un estado donde mandan los imbéciles y los criminales. No escapan de la sátira los pederastas prelados de la Iglesia, cómplices de los narcos, ni la denuncia de impunes negligencias médicas. Como parodia al Presidente de la República que llega al poder casándose con una actriz de telenovela, está el candidato al que aconsejan hacer lo mismo, sólo que su preferencia sexual apunta a Carmen Salinas y en su defecto a Chabelo.
Oportuna es la crítica a los ciudadanos que a cambio de cualquier objeto relumbrón premian con su voto trayectorias deleznables. Un episodio que causa polémica es el de la “madre teórica” que saquea un comercio a nombre de los desaparecidos de Ayotzinapa. Al final viene la crítica más urgente, con la denuncia de los asesinatos, secuestros, criminalización de los ciudadanos, en especial los jóvenes universitarios y la mordaza a la prensa. Termina la función exhibiendo la complicidad en torno del político ratero, al que aman su esposa e hijos mientras sea eficiente, en un país donde no hay crimen de un poderoso que valga un castigo, por más obvio, público, confeso y grave que sea. ¿Hasta cuándo sobreviviremos la absoluta impunidad?
En la dirección Martín Acosta deja ver tensiones entre su destreza para dirigir dramas y calibrar el tono de la revista política. Entreteje al texto fragmentos de la Suave Patria, de López Velarde, con lo que enfatiza la patria fallida. Por los escasos y apresurados números musicales lleva crédito Manuel Monforte. Destaca Leticia Valenzuela, graciosa en todos sus personajes, en especial como Monseñor. Laura Castro se desempeña con fuerza y brillo de uno a otro número. Una revelación es el joven Fernando de Ita, que muestra soltura y comicidad naturales para este género de inmediatez y seducción del público. Benjamín Castro hace un trabajo logrado en algunos personajes, mientras en otros se deja vencer por cierta rigidez.
Son numerosos los estados de la República Mexicana dominados por la red de complicidades entre gobernantes y crimen organizado. Veracruz es uno de los que padecen este mal de manera más perversa, en un contexto de saqueo cínico de las arcas públicas, violencia y la imposición de megaproyectos de hidroeléctricas, fracking, insensata infraestructura portuaria a costa de un valioso arrecife y la estabilidad ambiental y otros que implican el despojo de agua y tierras, en especial de comunidades indígenas y campesinas que ya están siendo perseguidas con escandalosa impunidad. Que digan que estoy dormido toca puntos muy dolorosos en el amplio contexto de indignación en tierras donde “la industria del silencio vale más que la del café”.
El público agradece la posibilidad presencial de enunciar lo que se calla, con largos y efusivos aplausos, con sus risas y elocuentes silencios. Esta revista política seguirá dando funciones en otras urbes del país.
