La amargura del poder
Qué paradoja la de un amo del mundo convertido en un enfermo de olvido.
Distintas motivaciones tiene el poder, la más frecuente es la acumulación de riqueza, el abuso, el dominio sobre los demás para humillarlos, despojarlos, extinguir sus derechos y demostrar la propia superioridad. ¿Nos hace más felices y plenos esta forma de poder? ¿Nos hace más fuertes? ¿Más longevos? ¿Más amados?
Los poderosos de este país encarnan grotescas historias de cinismo, mentiras, abuso, delirio, violencia y crímenes. Es lastimoso el espectáculo de su deterioro, de su descomposición. Si a Lear le dijo el bufón más vale ser sabio antes de ser viejo, a los políticos mexicanos habría que advertirles que más vale ser sabios antes de ascender al poder.
Como el viejo rey en la tragedia de Shakespeare, caciques, gobernadores, presidentes de la República y magnates de la empresa privada y el crimen organizado sucumben, salvo admirables excepciones, a la adicción al elogio, al delirio de sus privilegios. Estos personajes yerran, envían a la nación mensajes fuera de lugar ante la tragedia que viven los familiares de los desaparecidos, los perseguidos, los despojados, los indignados.
¿Hay entre los allegados a los reyes de hoy alguien capaz de advertirles su ceguera? ¿No han pensado en la necesidad de un sabio bufón shakespereano que les diga lo que a gritos se escucha en las calles? ¿Resistirían quienes disponen de bienes y vidas que les expliquen por qué no les aplauden? El conflicto sobre el poder, la paternidad y la vejez en El rey Lear tiene la potencia de múltiples lecturas. Muestra un mundo en crisis desde los individuos, al sistema político, al orden natural y cósmico.
Jaime Chabaud, en Anamnesis, su más reciente obra, se aproxima a esta tragedia con una propuesta pertinente sobre sus posibles enseñanzas hoy, a través de una libérrima paráfrasis. Concentra las varias líneas dramáticas desarrolladas en El rey Lear, en una sola: la tragedia de un magnate —símbolo del mayor poder fáctico hoy—, que ha perdido la memoria y la identidad y que en la cercanía de su muerte enfrenta una extrema fragilidad.
El protagonista de Anamnesis es un hombre caprichoso, capaz de abusar de todos, incluida su descendencia. Qué paradoja la de un amo del mundo convertido en un enfermo de olvido, a quien los recuerdos visitan en ráfagas de dolor, odio y furia. Su descendencia es un reflejo devastador de sí mismo. El viejo vive en una delgada línea entre la realidad y la locura. Sus “tres hija” o bien “una hijas” desplegadas como alucinaciones marcan el fin de un mundo, de un estirpe, su esterilidad. Anamnesis logra una crítica del poder, la vejez, la locura y la familia, y una recreación del lenguaje shakespereano ingeniosa y plena de musicalidad. Chabaud toma unas cuantas frases de la obra original del isabelino y las convierte en dispositivos de un lenguaje contemporáneo.
Abordar a los clásicos puede quedarse en un ejercicio de transposición de nombres y situaciones. Chabaud resignifica El rey Lear. En su lectura el viejo no aparece más como víctima de su error al heredar a sus hijas en vida. El personaje es parte de un universo descompuesto que, a la vuelta del tiempo, se vuelve presa de sus propios monstruos internos, de sus errores, su codicia.
En la puesta en escena de esta obra, que se estrenó en el marco del Festival Cervantino en 2014 y que ha iniciado temporada en el DF, Richard Viqueira, director de escena y responsable de la organización del espacio y, junto con Jesús Jiménez, diseñador de la iluminación, conjuga con mínimos elementos el escenario de la agonía. Una cama de hospital, infértil instrumento de tortura, con una caja fuerte roja de un lado y del otro costado un dispositivo teatral para producir el sonido de la tormenta, bajo una luz blanca brillante e irreal.
Los personajes de Anamnesis son interpretados por Carlos Ortega, en el papel de Lear; Gutemberg Brito Patatiba como el bufón-enfermero, y Paula Comadurán, que asume a los tres falsos personajes: Gonerila, Regania y Cordelia. Viqueira propicia una fluida y viva integración del elenco. Comadurán marca con eficiencia y brillo los contrastes entre cada uno de sus papeles y si bien seduce con su canto, muestra debilidad en la dicción. Un Lear intenso y convincente nos ofrece Ortega y un gracioso y entrañable bufón construye Brito Patatiba. De Viqueira se agradece su sensibilidad plástica, sentido del ritmo y contraste.
En Anamnesis los poderosos pueden ser impunes ante el sistema de justicia, pero no escapan el rigor del tiempo, la naturaleza, de su propia inercia destructiva y caótica, de su arrogancia y ceguera. Anamnesis se puede ver en una corta temporada martes y miércoles a la 20:00 horas, en el teatro Sergio Magaña.
