Valorar el esfuerzo

Alguna vez escuché que sería difícil que en México tuviéramos perfiles emprendedores como los que se dan en otras naciones, particularmente en las desarrolladas, donde la innovación de ciertos individuos cambia la realidad conocida hasta entonces, para ...

Alguna vez escuché que sería difícil que en México tuviéramos perfiles emprendedores como los que se dan en otras naciones, particularmente en las desarrolladas, donde la innovación de ciertos individuos cambia la realidad conocida hasta entonces, para siempre.

Pregunté por qué. La respuesta fue que, para empezar, la mayoría de los mercados nacionales ya estaban ocupados por un cierto número de jugadores y que la innovación o la entrada de competidores nuevos no era una prioridad, debido a que lo conveniente era ir hacia la concentración; lo demás, continuó mi interlocutor, se explicaba solo. 

Esta tendencia no sólo nacional, sino también mundial, responde a un modelo económico y de participación del bienestar que es necesario que platiquemos. No discutirlo. Dialogarlo para que los lugares comunes y la sabiduría convencional estén por debajo de los argumentos reales acerca de lo que significa el esfuerzo, cómo medirlo, y lo que representa para reducir la desigualdad en el país. 

Entiendo que pueda haber molestia acerca de cómo se juzga a quien, con ese esfuerzo, asciende socialmente, pero es un debate falso porque nadie está en la crítica de la superación, más bien se está en contra de que suceda a partir de la corrupción, la impunidad, el “cuatismo”, y la falta de escrúpulos. 

Debemos recordar que fue precisamente ese modelo social, que tanto daño nos hacía, uno de los motores por el que tomamos la decisión de llevar a cabo un cambio de época en paz, por medio de elecciones con una asistencia masiva, y la presión social para que los resultados fueran respetados. Consideramos que era suficiente y elegimos modificar el rumbo. 

 Puede comprenderse que sectores de la población, mucho menos numerosos que la amplia mayoría, se sintieran y se sientan desplazados, aunque eso no tenga mucho fundamento, porque uno de los factores que permitió que se lograra un avance en lo económico fueron los breves periodos de estabilidad que hubo en sexenios anteriores, pero que no duraron demasiado. 

En el año 2000, por ejemplo, hicimos un primer ejercicio de cambio ante el doloroso sexenio que antecedió y fue marcado por una crisis financiera en 1994 que tocó a prácticamente a todos los mexicanos y contagió al mundo entero, en uno de los años de mayor convulsión que pueden recordarse en nuestra historia reciente. 

El cambio prometido no llegó y nos decepcionó pronto. A pesar de que hubo temporadas de estabilidad, los principales retos del país sólo se agravaban y los intereses dominantes se hicieron más fuertes. Ningún espacio para innovar, competir o transformar entonces. 

Luego, en el 2006, la división alimentada por esos mismos poderes hizo que la segunda oportunidad de cambio se quedara manchada por la falta de legitimidad de la elección más cerrada hasta esa fecha. En una decisión política que se había empleado en el pasado, sólo que sin considerar que no era el mismo contexto, se anunció una estrategia de choque frontal con la delincuencia para obtener la paz, algo que no resultó. 

Para la siguiente oportunidad, una mezcla de los trucos de siempre, con la ilusión de que se podía cambiar de imagen a lo que ya habíamos rechazado, arribó con una promesa entre lo viejo y lo nuevo. La situación empeoró a límites que no imaginábamos y todo lo que ya sabíamos nos convenció de que la siguiente podía ser la última oportunidad de ir en una dirección de paz, tranquilidad y prosperidad. 

Siempre que uno hace una medición es necesario tener la referencia de contra qué se compara. La desigualdad ha sido evaluada muchas veces, pero no explicada en el contexto de que es un lastre que impide que las oportunidades lleguen a todos y que no es sólo un asunto de esfuerzo y deseo de superación lo que permite que el crecimiento socioeconómico se dé. 

La diferencia es que hoy debatimos sobre la base de que podríamos crecer de otras maneras y que “transar para avanzar” no sería la única forma. Eso ya es un avance por donde se vea.

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