Quitarnos las armas de encima
Tenemos una nueva oportunidad para contribuir a disminuir la violencia y es entregar cualquier arma de fuego, o de cualquier otro tipo, a las autoridades y recibir a cambio una cantidad de dinero o artículos que sí son de utilidad para recobrar la paz y la ...
Tenemos una nueva oportunidad para contribuir a disminuir la violencia y es entregar cualquier arma de fuego, o de cualquier otro tipo, a las autoridades y recibir a cambio una cantidad de dinero o artículos que sí son de utilidad para recobrar la paz y la tranquilidad.
El debate sobre la tenencia de armas de fuego no es simple en México. Todos los días, las noticias acerca de delitos cometidos con una superan en despliegue a muchos de los temas de la agenda nacional; no es para menos, uno de los crímenes de mayor impacto social es el homicidio doloso y éste se comete con pistolas y rifles de diferente calibre y tecnología, por lo que la sabiduría convencional durante varias generaciones ha dicho que contar con un arma de fuego en casa, en el automóvil o portándola en la calle, sea una buena idea de seguridad personal. Sólo que no lo es.
Si revisamos las cifras anuales de muertes por disparos, encontraremos que una parte significativa es por riñas, venganzas personales y motivos pasionales, entre civiles. Sin embargo, al calor del abuso del alcohol, de la furia por un cerrón o de la llana prepotencia, ciudadanos comunes deciden accionar un arma de fuego en contra de otros en una expresión de violencia cruda que nada más rivaliza con la que ejerce la delincuencia, pero sin el sentido que podría darle la persecución del acto ilícito para obtener un beneficio económico. Son agresiones entre personas supuestamente pacíficas. Resolver las diferencias vecinales a balazos es una de las causas de la falta de seguridad en nuestros vecindarios y cerrar los ojos ante esa realidad sólo ayuda a la delincuencia.
Quejarse porque nos preocupa la ausencia de tranquilidad, pero al mismo tiempo vivir dispuesto a emplear un arma en contra de otro individuo, especialmente a uno que conocemos, es una incongruencia que ha sido aprovechada por el crimen organizado, que es todo aquel que tiene rutinas, modus operandi y especialización en delitos en los que la violencia es un requisito. Si la proliferación de estos artículos está justificada en casa, que es el espacio más íntimo de una persona normal, ¿Por qué tendría que cuestionarse un delincuente acerca de cargar una y emplearla para aterrorizar o asesinar a una víctima?
Aunque en México el marco normativo para portar un arma de fuego es restrictivo, el mercado negro disponible para cualquier persona es amplio. Si a eso le sumamos los cargamentos que nutren al crimen, y los efectos de ese enorme error que llamaron eufemísticamente Operación Rápido y Furioso hace dos sexenios, entonces estamos ante la urgencia, de nuevo, de desarmarnos como ciudadanos lo más pronto posible para no contribuir directamente con esos mismos que sólo buscan afectarnos.
La semana pasada, el gobierno de México lanzó una campaña nacional de desarme que se llevará a cabo con la colaboración de diferentes iglesias, en particular las parroquias católicas, como un terreno neutral para entregar un arma sin que se hagan preguntas sobre su origen y posesión. A cambio, se entregará un beneficio monetario o en especie en ese momento. Desde hace poco menos de dos décadas, la Ciudad de México puso el ejemplo con este tipo de amnistía, la cual resultó un modelo exitoso de pacificación, lo que significa que funciona.
La seguridad verdadera para las familias, las mujeres, los jóvenes y los menores de edad, es la construcción de entornos en donde no quepa la posibilidad de ejercer violencia contra otra persona para tratar de arreglar un problema. Y en eso las y los mexicanos tenemos una obligación cívica de no tener ninguna arma de fuego a la mano.
Pensar que la portación nos brinda seguridad es una de las grandes falacias modernas. Llevar un arma de fuego o tenerla en casa quita seguridad y nos incorpora al ciclo de violencia del que tanto decimos que queremos salir y por eso debemos insistir en que deben desaparecer de nuestra vida cotidiana.
Es un asunto también de confianza que tenemos que dar a las autoridades (si se quiere “el beneficio de la duda”) para que sean las que exclusivamente, como lo señala la ley, empleen las armas para combatir los delitos. Nosotros no tenemos nada que ver en ello y la realidad es que cuando nos asignamos el poder de manejar un arma de fuego, lo que sigue es una tragedia. Quitémonos las armas de encima y contribuyamos a la construcción de paz.
