Scripta manent
Lo único que no dejaría de sorprender es la pasividad de la sociedad ante el absurdo y al cinismo que implica la publicación de este tipo de testimonios.
“Paren las prensas” solía exclamarse cuando, en medio de la impresión de un periódico, irrumpía una noticia que resultaba tan importante como para detener todo el trabajo de las famosas rotativas que era necesario para la publicación de los diarios matutino o vespertino. En efecto, se debía tratar de una noticia que prometía capturar la atención de quienes comprendían la importancia de la información más actualizada y que no dudarían en pagar el costo de ese ejemplar. Y, ante las actuales circunstancias y la diversidad de las opciones de comunicaciones existentes, cabría preguntarse cuál sería una noticia que detuviera la cotidiana verborrea y la cascada de imágenes que saturan nuestra capacidad de atención, que adormecen la sensibilidad e imponen un letargo al que nos hemos acostumbrado. Ya es poco lo que nos sorprende.
Así, a partir de esta idea, ¿habrá a quien le sorprenda la publicación de un nuevo libro que se concentra en las intrigas y los enjuagues que se desarrollaron en el Palacio Nacional durante el sexenio pasado? Quizá lo único que no dejaría de sorprender, y más valdría que así fuera, es la pasividad de la sociedad ante el absurdo y el cinismo que implica la publicación de este tipo de testimonios, inventos o señalamientos. Cada quien tendrá su postura ante el remolino de páginas que, a fin de cuentas, parecen ser un simple fuego fatuo ante el imperio de la impunidad que ha sentado sus reales entre los miembros de la cortesilla política de todos los colores, banderas y latitudes.
Lo que tampoco se puede negar es esa suerte de espectáculo que se ha derivado a partir de la publicación del libro Ni venganza ni perdón, cuyos autores, Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez, han colocado sus palabras en medio del lodazal que ya ha comenzado a salpicar a personajes considerados del grupo predilecto de la llamada “Cuarta Transformación”. Y no hay exageración en llamarle “espectáculo” a las reacciones, declaraciones y dramatismo que ha provocado, en especial, quien fuera consejero jurídico del expresidente López Obrador: lo de menos es que le han llamado traidor, el corifeo y los arlequines bufonescos no se ha tardado en intentar descalificarlo narrando historias, anécdotas y señalamientos que, ya en perspectiva, sólo despiertan una mayor suspicacia y generan tantas preguntas como síntomas de náuseas.
Quizá uno de los primeros cuestionamientos radica en colocar todo aquello que se cuenta en dicho libro como una simple anécdota que forma parte de las intrigas palaciegas. Un nivel anecdótico en el que varios nombres son señalados como parte de una fina red de complicidades y corruptelas, de posibles delitos, manipulaciones y engaños, de ineficiencia y perversidades que, a fin de cuentas, forman parte del capital político que representan cada uno de esos personajes y con el que contaba el anterior titular del Poder Ejecutivo: según Scherer Ibarra y Fernández Menéndez, habría que colocar una lupa en el desempeño y las acciones –que se articularon bajo la luz del poder que se derramaba entre sus manos– de Gertz Manero, Jesús Cuevas, Hugo López-Gatell, Manuel Bartlett y Olga Sánchez Cordero. Pero, más allá del escándalo, lo que estamos presenciando es un nefando espectáculo de declaraciones, de airadas defensas y sonrisas llenas de un cinismo que sólo es posible cuando se sabe que la impunidad es lo que articula cada uno de esos párrafos. Genera algo de curiosidad imaginar que, quizá, alguien sí albergaba la expectativa de algo diferente.
Y, por otro lado, quienes hoy se suben al escenario de este teatro del esperpento al tratar de “desenmascarar” al llamado “traidor” Scherer Ibarra al contar sus propias historias, sólo comprueban cómo funciona el actual gobierno: mientras se forme parte de la legión obradorista, toda culpa será absuelta, omitida y archivada en los anaqueles del olvido. Y quizá serán usadas cuando se ocurra cambiar de acera en el camino del segundo piso de la Transformación. Y eso también les coloca como cómplices de ese silencio lleno de cinismo.
No hay mucha sorpresa, pero sí una certeza, como lo señala el antiguo proverbio de origen latino, verba volant, scripta manent, que se traduciría como “las palabras vuelan, pero lo escrito queda”, a pesar del tiempo y de quienes apuestan por el olvido y la ceguera de un Poder Judicial que baila al ritmo de un acordeón mal afinado. Allí queda ese libro, al que no le faltarán lectores, lectoras y espectáculo mediático. Lo que sobrarán serán preguntas cuyas respuestas las intuimos y sólo nos quedaremos observando desde las butacas la escenografía llena de telones. Pero lo escrito quedará, sin duda.
