Preocupación vs. celebración
El notable conocimiento de Arturo Herrera sobre cada aspecto económico del país apagó la crisis de gabinete
Parece que no hay punto medio y no lo habrá durante mucho tiempo. Irremediablemente, como sociedad nos dividimos en redes sociales, en sobremesas y en la percepción que tenemos sobre el rumbo que toman los asuntos nacionales.
Cada vez escucho con más frecuencia la misma exasperación que producen los rumores, las interpretaciones y el apoyo enfrentado con el rechazo a un cambio de régimen, que no creo que vaya a dar señales de modificar sus políticas y sus objetivos. Para unos, esa determinación es positiva y para otros es la comprobación del desastre que se avecina, pero en ninguno de los bandos hay equilibrio y eso es muy peligroso.
Primero, porque la economía es una fuerza que se mueve a través de pronósticos, y, en muchas ocasiones, estos son influidos por sensaciones más que por razones. De tal forma que quien tenga la posibilidad de alterar la percepción de los mercados, por bien informados que se encuentren, puede lograr un impacto real en la situación financiera del país, aunque sea en el corto plazo.
Y luego vienen los hechos concretos. Esta semana la ocupó la renuncia del exsecretario de Hacienda, Carlos Urzúa, la cual tuvo condiciones que podrían haber tambaleado a los siempre volátiles mercados, pero que terminó como una prueba de esfuerzo de la economía mexicana, del poder del Presidente en su papel de líder del gobierno y de la manera en que ha cambiado la política tradicional en la llamada Cuarta Transformación.
Ocurrieron más cosas en los mismos días, sin embargo, la preocupación por el estado financiero o la celebración de que éste tiene cierta estabilidad opacaron cualquier otro acontecimiento.
En cuestión de horas, la mayoría de nosotros observó hasta dónde está dispuesto a llegar el gobierno actual en su idea de un cambio de época.
Antes del mediodía, en un mensaje por redes sociales, el extitular de una de las dependencias más importantes en cualquier nación hizo pública una carta con su renuncia al cargo en la que agradecía al mismo tiempo que denunciaba intereses creados, funcionarios sin el perfil y decisiones no basadas en criterios técnico-financieros.
La hora, la dureza (aunque también la ambigüedad) de la misiva y el adelanto de la noticia a la de un anuncio oficial de salida de un secretario y la entrada de un sucesor, impactaron en lo inmediato al tipo de cambio y a la Bolsa de Valores.
Sin embargo, no habían pasado 60 minutos cuando en una estrategia de control de daños, Arturo Herrera era presentado como relevo por medio de un inusual anuncio también por redes sociales.
El resto del día, y al siguiente en muchas entrevistas, el nuevo encargado de las finanzas públicas tardó más en explicar su polémico semblante durante la transmisión por una plataforma digital que en desplegar un notable conocimiento de cada aspecto económico que enfrenta el país. Eso apagó la tan anunciada crisis de gabinete, junto con la fotografía del ahora profesor Urzúa, quien en 48 horas ya estaba de regreso en la academia.
Aunque el tema fue principal en la conferencia presidencial durante dos días, el Presidente lo sorteó con la acostumbrada mezcla de revelación de datos, mensajes políticos y uso de la historia para explicar la decisión y, sobre todo, la dirección que mantendrá su administración sin importar los desafíos.
No quedará ahí, obviamente, porque la posibilidad (a la vuelta de la esquina para unos, remota para otros) de una recesión “técnica” como las que los gobiernos anteriores siempre minimizaban en los años 80 y 90,
es el nuevo tema de preocupación y celebración para dos bandos que se están separando, con las consecuencias que eso traerá, de la misma forma en que sucedió en 2006.
Ya sabemos el daño que esa polarización hizo al país, mi sugerencia es que nosotros, los ciudadanos, evitemos que se repita informándonos bien, buscando el equilibrio en nuestras opiniones y actuando con prudencia en lo económico.
Porque la batalla entre quienes apoyan y quienes rechazan está lejos de concluir.
