Para combatir la inseguridad
A pesar de la tecnología, las estrategias de seguridad, los modelos innovadores de comunicación y patrullaje, los delincuentes parecer ir un paso adelante, debido a que siempre están observando nuestro comportamiento.
Aunque la relación entre el robo a la Casa de Moneda y la exitosa serie La casa de papel fue una buena manera de explicar un grave asalto, la realidad es que tuvieron poco que ver. Los delincuentes reales actúan impulsados por la oportunidad, la corrupción, la impunidad y el negocio.
Esos incentivos hacen que los criminales sean flexibles, se adapten y hagan todo lo que se necesite para cumplir con sus objetivos.
Y si está pensando en que eso no los exime de ser miserables, cobardes y dignos de todos los insultos posibles, tiene razón, pero jamás cometamos el error de pensar que son tontos. Este es su negocio y viven del crimen, una actividad que, tristemente, se ha vuelto demasiado lucrativa en nuestro país.
Porque fueron suficientes tres ladrones y dos cómplices para entrar muy temprano a la sucursal de Paseo de la Reforma, amagar con armas de fuego al personal y al guardia de seguridad y robarse 1,500 centenarios equivalentes a un botín de más de 50 millones de pesos, en menos de cuatro minutos y medio, un lapso promedio para este tipo de atracos.
Y eso nos debe brindar varias lecciones: en primer lugar, que los delincuentes no van por esta vida con antifaces y camisas a rayas; si el delito requiere un tipo de vestimenta para mezclarse entre nosotros y no despertar sospechas, de esa manera acudirán a cometer el crimen. Así que era muy difícil que se presentaran con overoles rojos y caretas con bigotes al estilo del célebre Salvador Dalí.
De la misma forma, cuando el crimen necesita adultos mayores para lograr su propósito, consigue adultos mayores, lo mismo que mujeres, es decir, las necesidades del negocio están por encima del género, de la edad y de la condición, lo que demande el delito es lo que se usa.
Por eso es fundamental entender a esta corporación llamada crimen organizado que, además, tiene mejor coordinación que la sociedad a la que hace su víctima.
Porque, a pesar de la tecnología, las estrategias de seguridad, los modelos innovadores de comunicación y patrullaje, los delincuentes parecen ir un paso adelante debido a que no pierden de vista un elemento esencial: siempre están observando nuestro comportamiento.
Entienden la manera en que nos movemos en el transporte público, en que caminamos por las calles y en la que convivimos en nuestras viviendas; aprovechan nuestras fallas, nuestras omisiones y, en muchas ocasiones, nuestra confianza de que no nos va a suceder nada malo.
También aprovechan la protección de malas autoridades que les gana la corrupción y la impunidad de ciudadanos que estamos demasiado ocupados para denunciar ante una burocracia lenta y poco confiable.
Por eso pueden quitarnos el celular en el Metro, extorsionarnos con nuestro propio número de celular y dejarnos sin llantas el automóvil.
Las cámaras de seguridad, los botones de pánico y las apps de alerta sirven, siempre y cuando haya una sociedad colaborando con la autoridad, que esté convencida de que juntos podemos enfrentar a un conjunto de personas en minoría que decidieron quebrantar la ley. Si el principio matemático de que los buenos somos más que los malos funciona, entonces todo se reduce a ponernos de acuerdo.
Sin embargo, no lo hacemos. Y ellos, los criminales tienen enormes incentivos para colaborar entre ellos, además de contar con la tranquilidad de que es difícil hacerlos pagar por su falta, sea grave o no.
Saltar de la fantasía a la realidad no es sencillo. Nos gusta pensar que el crimen es invencible porque cuenta con una organización que está por encima de cualquiera de nosotros y, en ese terreno, su ferocidad, violencia, a la par de la ineficacia de la autoridad, nos ha convencido de que no puede ser de otra manera.
Eso es falso. Podemos revertir esta situación, no sólo de un asalto de monedas de oro en la principal avenida de la capital del país, que podría considerarse un delito normal o posible de las grandes ciudades del mundo, sino de la barbarie de los asesinatos que ocurrieron en Uruapan, Michoacán, y de Veracruz, sumados al cobarde ataque que sufrieron mexicanos en El Paso, Texas, a causa del odio y la sinrazón.
La clave es pensar menos en la ficción y más en la realidad que nos aqueja. Sólo podremos vencer a los malos, si los buenos nos organizamos mejor. No hay otro camino y no hay otra manera de salir de esta crisis.
