Organizarnos mejor que el crimen

Puedo contarlo, porque estuve ahí cuando la víctima lo narró. Era el director general de una reconocida compañía financiera que recibió una llamada a su teléfono celular antes de sentarse en su escritorio. La persona al otro lado de la línea fue al grano: su hija ...

Puedo contarlo, porque estuve ahí cuando la víctima lo narró. Era el director general de una reconocida compañía financiera que recibió una llamada a su teléfono celular antes de sentarse en su escritorio. La persona al otro lado de la línea fue al grano: su hija estaba secuestrada y en ese momento debía depositar una suma a una cuenta que a continuación le iba a dar. A pesar de su amplia experiencia, su preparación académica y la importancia de su puesto, el directivo no puso en duda la amenaza, anotó el número (que era de otro banco) y le pidió al extorsionador que le permitiera usar el teléfono fijo de su escritorio para llamarle a su secretaria; le respondió que volvería a llamarle.

Mientras tanto, recordaba, sólo pensó en lo barato que se cotizaba una vida en México; le habían exigido un monto demasiado bajo en su opinión, ¿qué no sabían quién era y cuánto ganaba al mes? Sentía que algo no sonaba lógico, pero el miedo le impedía identificar qué era, y en un país como el nuestro, con un clima de inseguridad constante, no iba a jugar con la vida de un ser querido para averiguarlo.

En cuanto vio a su secretaria atravesar la puerta de su oficina, le pidió una llamada urgente con su colega. No me hagas preguntas, le dijo cuando le pidió que hiciera el depósito a la cuenta, es un asunto de vida o muerte que después te explico. Justo en el momento en el que le confirmaban la operación, sonó de nuevo su celular. Al informarle el delincuente que la transferencia estaba hecha, le aseguró que no habría problema y que su hija estaba bien, antes de terminar la conversación le deseo buen día.

Aliviado, el ejecutivo estaba por soltar el aparato, cuando un detalle le cayó como un rayo: él tiene tres hijos varones, ninguna hija. Pudo llamar al jefe de seguridad de su empresa, seguir el protocolo que le habían elaborado a él y al resto de su equipo directivo, incluso hacer una pausa y llamar a su esposa para verificar el estado de su familia; sin embargo, el criminal era tan convincente, sus amenazas tan reales, que en segundos el pánico lo atrapó sin remedio.

En una semana convulsa, que inició con la denuncia pública de una extorsión telefónica que derivó de un secuestro virtual a la madre de una conocida analista política, hasta la tragedia ocurrida apenas el viernes en una escuela privada en Torreón, el estado de la inseguridad en México sigue siendo casi el mismo que en los últimos años, lo que representa el mayor reto que tiene la sociedad y las instituciones del Estado.

Hasta que no reconozcamos que la delincuencia está mucho mejor organizada que nosotros y que su combustible primario es la corrupción, la impunidad y la indiferencia social, entonces nos mantendremos en niveles de violencia y de crimen que ya deberían considerarse insoportables.

Un terrible ejemplo es la extorsión telefónica. Durante años ha sido el segundo delito de mayor incidencia en el país y no se ve para cuándo cambie esa estadística. Con un mercado de teléfonos celulares que rebasa los 100 millones (el último censo calcula una población total de 125 millones de mexicanas y mexicanos), más líneas de telefonía móvil que fijas y una transición al uso masivo de aplicaciones digitales, organizarnos mejor como usuarios ha sido todo un reto nacional.

Y luego ha estado la corrupción y la mala administración pública. Durante años, antes de que el Instituto Federal de Telecomunicaciones regulara una aberrante laguna jurídica, llegaron a México miles de celulares con el mismo número de identificación del equipo (IMEI) que hoy hacen muy complicado el proceso de inutilizar los aparatos mediante su cancelación; no obstante, las empresas que nos brindan el servicio, desactivan miles de aparatos al año, gracias a la denuncia de quienes son víctimas de un robo o extravían su unidad.

Pero en una época en la que la tecnología es parte de cada minuto de nuestras vidas, la velocidad de cancelación, de investigación y de castigo a los extorsionadores telefónicos no está a la par de los intentos —y los éxitos— cometidos por este tipo de criminal. Además, es un delito barato, poco complicado y que, en un 50 por ciento, sigue ocurriendo desde la “tranquilidad” de los centros penitenciarios, lo que ha echado por tierra los esfuerzos oficiales y empresariales por bloquear la salida de llamadas de sitios en donde no debería haber celulares en primer lugar.

En medio de este desolador panorama, han existido casos de éxito civil y gubernamental que lograron reducir la extorsión telefónica (entre el 75 y el 90 por ciento de ese delito a nivel nacional, según cifras proporcionadas esta semana) de 2013 a 2018, cuando iniciativas de los ciudadanos hallaron eco en la siempre difícil administración pública.

Uno de esos factores positivos, fue la difusión y la prevención entre la sociedad mexicana. Por eso, debemos insistir todo el tiempo en una mejor organización civil para enfrentar al crimen, lo que no es otra cosa que una coordinación efectiva entre quienes sufrimos la inseguridad y quienes tienen la obligación de combatirla. Entre todos, podemos recuperar la tranquilidad. Mientras eso sucede, sigamos una regla de oro: no engancharnos con llamadas de número que no conocemos, colgar, y denunciar ante las autoridades.

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