No más espectadores
Catherine Susan Genovese, conocida como Kitty, tenía 28 años cuando la madrugada del 13 de marzo de 1964 su asesino la siguió por varias cuadras, apuñalándola hasta la muerte. Durante el trayecto gritó, pidió ayuda, se defendió, pero nadie llegó en su auxilio. ...
Catherine Susan Genovese, conocida como Kitty, tenía 28 años cuando la madrugada del 13 de marzo de 1964 su asesino la siguió por varias cuadras, apuñalándola hasta la muerte. Durante el trayecto gritó, pidió ayuda, se defendió, pero nadie llegó en su auxilio. Murió a unos pasos de su domicilio. Un par de semanas después, la crónica de su crimen en la prensa conmocionó a Nueva York e intrigó a varios científicos que definieron su caso como un ejemplo de la teoría llamada “efecto del espectador”. Ésta indicaba que, al pensar que alguien más la ayudaría, finalmente nadie lo hizo.
De acuerdo con la narración de entonces, Genovese bajó de su auto cuando Winston Moseley corrió hacia ella y, sin mediar palabra, la apuñaló las dos primeras veces. La siguió en otro auto por varios kilómetros, luego de que la muchacha saliera de su trabajo.
Sus gritos hicieron reaccionar a varios vecinos que le gritaron al asesino que la dejara en paz, casi como en un mensaje de redes sociales actual, pero ninguno bajó a comprobar cómo se encontraba la víctima o hizo más al respecto. No obstante, logró que Moseley se alejara momentáneamente.
Una llamada de emergencia, de varias que se hicieron esa madrugada, relataron que una mujer estaba siendo golpeada, aunque “ya se había levantado, tambaleándose”, por lo que el despachador de la policía del distrito no hizo más para intervenir. Moseley regresó diez minutos después. La buscó y la encontró para atacarla de nuevo durante 49 minutos. Una docena de personas escuchó o vio algo, todos pensaron que era problema de alguien más, unos cuantos hicieron lo mínimo para poder regresar a dormir tranquilos.
Moseley fue detenido y condenado no sólo por el asesinato de Genovese, sino por dos más que confesó de inmediato. Seguía un patrón y eso le permitió encontrar víctimas para cometer sus crímenes en horas en las que el resto está descansando. Nunca se supo si entendía o no la forma en que nos desorganizamos como sociedad, pero queda claro que comprendía que hay vacíos de atención que podía aprovechar y así lo hizo. Murió en prisión a los 81 años, en este mismo siglo que corre, tras perder una apelación en 2006.
He compartido muchas veces que la base del cambio social que deseamos se encuentra en una cultura de la corresponsabilidad, donde cada uno hace lo que le toca, porque no hay autoridad que pueda funcionar sin la sociedad y no hay sociedad que pueda, ni debe, suplantar a la autoridad.
Esta semana, un caso terrible sucedido apenas en Zapopan, Jalisco, ocupa nuestra atención. Habrá investigaciones, deslinde de responsabilidades y muchas acciones que le corresponden a otro tanto más de autoridades, especialmente las estatales y locales. Me concentro en lo que nos corresponde a los ciudadanos sobre éste y cualquier otro caso en el que una mujer se encuentre en riesgo y, para efectos concretos, cualquier persona. Todas las alertas previas estuvieron presentes y no fueron suficientes para evitar el crimen.
Somos participantes de una comunidad, queramos o no. Del tiempo que dediquemos y de las formas en que nos involucremos para tener un vecindario seguro, depende nuestra tranquilidad y la de los demás. Pensar que los problemas son nuestros sólo hasta que nos afectan directamente es un error que permite que muchos delitos ocurran. Sucede lo mismo con las amenazas que se cumplen, a partir del acoso, la violencia continuada y el abuso.
La autoridad tiene obligaciones claramente establecidas en leyes y normas, mismas que hemos aceptado como sociedad, pero nosotros también tenemos deberes cívicos que no podemos soslayar, uno muy importante, el velar porque todos estemos bien, porque es la mejor manera de que nuestra familia y uno mismo lo esté.
Denunciar a tiempo, darle seguimiento a esa queja, entrar en contacto con quien se ve afectado, organizar a los demás para estar atentos y construir redes de apoyo y de información son acciones que ya podemos llevar a cabo para evitar tragedias. Ése debe ser el principal objetivo: prevenir que la violencia ocurra y ante el mínimo indicador de su presencia, actuar con corresponsabilidad. Está en manos de la ciudadanía, es decir, de cada uno, seguir atestiguando crímenes sin sentido, alejándonos de la paz que tanto demandamos o cerrarle el paso a la violencia.
