Los pasos que siguen
Un cambio pacífico es el ideal de cualquier país que vive en democracia. Nuestra historia es un ejemplo de que muchas transformaciones no son posibles por medio de la negociación y menos lo fueron por el ejercicio de derechos y libertades. La memoria de nuestra ...
Un cambio pacífico es el ideal de cualquier país que vive en democracia. Nuestra historia es un ejemplo de que muchas transformaciones no son posibles por medio de la negociación y menos lo fueron por el ejercicio de derechos y libertades. La memoria de nuestra República es también, tristemente, la de las y los miles de mexicanos que dieron su vida porque el estado de las cosas mejorara para la mayoría.
Este cambio de época que hoy experimentamos entra en un siguiente capítulo, con todo lo que ello implica. Hay avances, como pendientes, al mismo tiempo que políticas públicas por consolidar y un mayor fomento de esa consciencia social que ha permitido que estemos en un periodo histórico distinto, que construimos juntos, y del que seremos corresponsables en sus resultados ahora y más adelante.
Como sociedad estamos en un momento particular: una participación más activa en el diálogo público, a partir de un bombardeo sin precedente de información (que no necesariamente nos permite estar mejor informados); un tráfico inusitado de mensajes a modo, mentiras y verdades medias que buscan dividirnos en lo digital y en lo real; y un consumo de contenido que a veces confunde y, otras, nos une con varias generaciones.
Estas condiciones han provocado un efecto de participación ciudadana mayor, en lugar de desalentarnos a intervenir en la conversación pública y ésa es una fortuna que debemos aquilatar. Es, por llamarlo de alguna manera, felizmente contradictorio que la sociedad mexicana tenga una opinión sobre casi todos los hechos públicos que ocurren diariamente, cuando el espacio para el análisis se ha abreviado tanto, frente a la crítica inmediata y a las opiniones que se mueven por la emoción y un poco menos por la razón.
Es posible que esta nueva consciencia social surja desde la mayoría de la población, porque tenemos principios y valores que siguen arraigados en nosotros, aunque durante varios sexenios quienes estaban al mando trataron de convencernos de que no servían para vivir en ese México que estaban diseñando hacia la modernidad. Resultó que el civismo, la integridad, el honor, el respeto y honestidad, no sólo no se perdieron, sino que eran la base de una sociedad que nunca creyó que actuar con corresponsabilidad y buenas intenciones fuera sinónimo de menor inteligencia, frente a quienes estaban convencidos que la única forma de avanzar era por medio de transar.
Tanto los argumentos como la narrativa cívica se han modificado y creo que ese es una de las grandes aportaciones de estos seis años. Coincidió la voz del poder con la voz de los ciudadanos, lo que era un reclamo que impulsó un cambio de dirección y una ratificación masiva de ese rumbo hace unos meses. Esa representación que sienten millones de mexicanos en dos de los tres poderes que dirigen al país ha constituido un verdadero cambio que era necesario y que permite seguir adelante en la consolidación que merece un país que tiene todo para ocupar el sitio destacado en el mundo al que siempre ha podido aspirar. Estamos cerca de hacerlo.
Ahora vienen los siguientes pasos. Varios de ellos que deben dar continuidad a lo que vivimos en este sexenio, particularmente en temas que todavía tienen un amplio margen de avance. Por ejemplo, la construcción de un auténtico Estado de bienestar no puede detenerse. Si no se cierra la brecha de desigualdad estaremos a merced del populismo y de la demagogia. Lo experimentan países desarrollados, igual que otros que están en vías de desarrollarse. Infundir miedo y sembrar desconfianza hacia los demás han sido peligrosas herramientas que están permitiendo que los representantes de los extremos se hagan del poder, sin arrojar resultados tangibles en las vidas de los ciudadanos.
Sólo la equidad y la igualdad en el acceso a las oportunidades, vía la generación de empleos estables y salarios dignos; de sistemas de educación y de salud públicos gratuitos; de la inversión pública y privada para actualizar y desarrollar infraestructura; y de un acceso a la justicia eficaz, a la par de un aumento de la denuncia ciudadana de los delitos, hará que mucho de lo logrado, y de lo que anhelamos como pueblo, se consiga. No es un debate sobre quién prevalece sobre quién, ni siquiera acerca de una postura o de su oposición. De lo que se trata es de reducir al mínimo la desigualdad, y con ello la pobreza; de mejorar la distribución de la riqueza, para ampliar las oportunidades; de ponernos de acuerdo desde nuestras coincidencias, que son muchas, y jamás dividirnos desde las pocas diferencias que nos separan.
Los siguientes pasos serán todo un reto, pero el camino está trazado y lo que nos toca es seguirlo juntos.
