Justicia verdadera

Nuestra demanda de que se cumplan las leyes y las normas lleva, muchas veces, una paradoja: que se hagan valer, de preferencia, en otros y no en nosotros mismos. Esta idea de que el piso no es parejo, que puede haber atajos en el cumplimiento de las obligaciones que nos ...

Nuestra demanda de que se cumplan las leyes y las normas lleva, muchas veces, una paradoja: que se hagan valer, de preferencia, en otros y no en nosotros mismos. Esta idea de que el piso no es parejo, que puede haber atajos en el cumplimiento de las obligaciones que nos permitirían convivir mejor como sociedad, provoca las distorsiones que tanto han afectado no sólo a la procuración de justicia, sino, además, la reparación de daños y el castigo de aquellos que deciden delinquir como forma de vida, ya sea de manera común o en faltas graves.

Cada ocasión que hemos aceptado que las normas son opcionales o que pueden ser hechas a un lado a cambio de dinero, prebendas o favores de todo tipo, alimentamos un sistema perverso de aplicación de esa misma justicia que demandamos todo el tiempo, pero que no estamos dispuestos a reforzar con nuestro propio ejemplo.

En la triste sacudida política y económica que presenciamos en estas últimas semanas por filtraciones, dichos, imágenes y acusaciones a las que todavía les falta un largo proceso de investigación y valoración judicial, podemos apreciar claramente rutas de escándalo y descrédito del pasado, guardando la esperanza de que esta ocasión sí logremos dos exigencias ciudadanas: castigo a los responsables y conciencia en quienes asumen la autoridad y el poder público para ser ejemplo de buenas prácticas y conductas.

No soy optimista, porque tenemos muchos antecedentes de que la política mexicana se comporta más impulsada por la revancha de quienes se encuentran en la cumbre, que por la construcción de un aparato de leyes que sean adoptadas por cada persona con el objetivo de crear una sociedad que rechace la corrupción, evite la impunidad, y se autoregule para reducir las posibilidades de triunfo de quienes rompen las reglas, independientemente del nivel al que lo hagan.

Las posibilidades de que todo este entramado se pierda en la lucha política del próximo año son altas, lo mismo que la decepción social que traería en consecuencia si terminamos en el escenario de muchas culpas, pocas pruebas, y la caminata al olvido de los principales acusados por falta de evidencias legales.

Sin embargo, aunque suene trillado, salir de este círculo vicioso depende de qué tanto estamos dispuestos a no permitir una sola falta a partir de nuestro comportamiento. Si estamos dispuestos a no admitir la solución fácil de intercambiar dinero a cambio de no caer en el laberinto burocrático de una multa por pasarnos la luz roja del semáforo, entonces estaremos avanzando.

Pero no queda ahí. Una vez que tomamos la decisión de no corromper y no corrompernos por ninguna razón, tendremos que empujar una simplificación administrativa real que permita al oficial de policía, al servidor público, hacer su trabajo con la facilidad y la suficiente transparencia para que no haya espacio al arreglo o a la propina.

En la frontera norte, por mencionar un ejemplo, se dice que mejorar como ciudadanos sólo cuesta una moneda de 25 centavos de dólar, que es lo que costaba el paso hacia los Estados Unidos, donde nuestro comportamiento (igual que en otras naciones donde percibimos que se cumple la ley) se modifica automáticamente, porque sabemos que las consecuencias de no hacerlo son reales y no hay manera de evitarlas. El ejemplo nunca me ha gustado mucho, precisamente porque describe bien la forma en que podríamos cambiar nuestra conducta si sólo creyéramos en nuestras autoridades, desde la más inmediata que es la policía, hasta un secretario de Estado o el propio Presidente de la República (anteriores o actuales).

La falta de credibilidad es, en el fondo, una ausencia de confianza en las instituciones y en quienes las encabezan. Las imágenes de corrupción, las acusaciones en la prensa y los juegos de poder (y del poder) son elementos que han debilitado esa confianza pública; espero que en esta ocasión sea distinto, porque la magnitud de las culpas y de los presuntos delitos no parece tener precedentes en la historia de una nación que ha sido saqueada por quienes tenían la encomienda de preservarla.

¿Qué tan diferentes somos, nosotros, en nuestro día a día de esos personajes que han vaciado arcas públicas? La sola pregunta ofendería a muchas y muchos, porque todos nos consideramos honestos en gran medida y, al compararnos con cualquier delincuente con el cuello de cualquier color, estamos seguros que no somos iguales.

No obstante, esa percepción ya no es suficiente para recuperar al país y salir de esta crisis sanitaria, económica, de inseguridad —y ahora política— en los años que vienen. Si es la sociedad la que provoca los cambios, si es la gente la que encabeza las transformaciones, debemos empezar a comportarnos, de manera inflexible, como los ciudadanos que desearíamos ser y no como los que seríamos cuando las reglas se nos tienen que aplicar y recurrimos al dicho muy mexicano de que la voluntad divina siempre se aplique “a las mulas de mi compadre”.

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