Integrarnos

Pertenecer a un grupo es un rasgo de nuestra na­turaleza humana que proporciona identidad y da sentido de pertenencia, nos hace parte de metas en común y de principios que se comparten para que juntos logremos una forma de vida que beneficie a la mayoría. Es la manera ...

 Pertenecer a un grupo es un rasgo de nuestra na­turaleza humana que proporciona identidad y da sentido de pertenencia, nos hace parte de metas en común y de principios que se comparten para que juntos logremos una forma de vida que beneficie a la mayoría. Es la manera en que nos organizamos desde hace mu­cho tiempo para conseguir lo que nos gusta definir como progreso.

Si observamos el desarrollo de la colaboración de esos grupos hacia sociedades, podemos entender la evolución dentro de un territorio y los equilibrios que han funcionado para que avancemos y aquellos que sólo nos han impedido crecer. Lo único seguro es que los conjuntos sociales que tienen éxito parecen coincidir en integrar a la mayoría y excluir a los menos posibles.

Ya sea en un vecindario, una industria o en la confor­mación de instituciones, los grupos que incluyen tienden a obtener mejores resultados que aquellos que no lo hacen; es una regla de vida y sería recomendable seguirla en nues­tro entorno inmediato, porque si en alguna organización no están presentes todos, o casi todos, las decisiones pierden legitimidad y el compromiso se diluye.

Por eso, nuestras sociedades deben dirigirse hacia la integración y plantear los problemas comunes como po­líticas públicas generales, tal vez sin fronteras, porque la movilidad en el continente no se detiene en las líneas divi­sorias y está motivada, en muchos casos, por la necesidad de contar con oportunidades que no se encuentran, no por el gusto de abandonar el lugar de origen.

Las y los ciudadanos podríamos integrarnos en comuni­dades fuertes, bien comunicadas, para producir esas opcio­nes que eviten la migración de personas que no encuentran alternativas y persiguen un sueño legítimo de prosperidad en otro sitio, puede ser otra ciudad, otro estado de la Re­pública o un país distinto. Abandonar la tierra en la que nacemos por fuerza nos de­bilita a todos y nos extravía de los objetivos que podríamos compartir para unir esfuer­zos y encontrar soluciones a los problemas cotidianos.

Por eso el tejido social debe estrecharse lo más posi­ble, fortalecerse diariamente con la participación de cada uno de nosotros, para que se atiendan las causas que nos quitan la paz y la tranquilidad, las denunciemos, las aten­damos y las modifiquemos para sustituirlas por las que nos permitan vivir seguros y prosperar en todos los sentidos.

Ese ejercicio de inclusión debe guiarnos para colabo­rar en donde habitamos y con ellos establecer bases para ampliar una coordinación ciudadana que vaya de abajo hacia arriba, desde la gente, que es la única vía en la que los cambios duraderos pueden ocurrir.

Si nuestras comunidades están perdiendo cohesión por­que no estamos incorporando a la mayoría, lo que sucede­rá a continuación es el surgimiento de otros grupos, ellos sí mejor organizados, pero dedicados a perjudicar nuestro buen y bien vivir. La única manera de prevenirlo es contar con una estructura sólida de vínculos que haga muy difícil que la comunidad se fracture o se aísle.

La inteligencia de las sociedades tal vez reside en su capacidad de ordenar sus prioridades, establecer acuerdos y cumplir metas que ayuden a la mayoría a vivir cada vez mejor, con justicia, respeto e igualdad de oportunidades. Es el propósito de Estados, de regiones y, probablemente, de continentes que podrían aprovechar sus ventajas com­petitivas para formar un frente común que permita diluir las líneas que los separan y unificar las características que los hacen coincidir. Ése ha sido el gran experimento de la Unión Europea y, con sus consecuentes bemoles, es un caso que ha tenido más éxitos que fracasos. El modelo podría no sólo repetirse, sino perfeccionarse, en un conti­nente que tiene recursos naturales, espacio para distribuir a su población, bono demográfico todavía vigente y un po­tencial de crecimiento del que ya no gozan otros puntos del planeta.

En un entorno más cercano a nuestro día a día, nosotros podemos consolidar a nuestras comunidades, municipios, estados y al país en su conjunto, para que la sociedad de la que formamos parte esté integrada al punto que se necesita para explotar todas sus ventajas y solucionar sus problemas más urgentes.

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