Impresentables
Si cualquiera que se presente a competir por un puesto de elección popular cuenta con la voluntad y el compromiso de ayudar a mejorar las condiciones de vida de la mayoría de los mexicanos, bienvenida y bienvenido.
La política tiene esa perniciosa facultad de complicar mucho de lo que toca. Al tratarse de un juego de intereses para buscar el poder público, provoca escenas tan increíbles como lamentables, que a las y los ciudadanos nos dejan sorprendidos, cuando no hartos, de la forma en que los políticos toman sus decisiones.
No haré un recuento de casos, porque a estas alturas es tan inútil como bochornoso tener que enlistar a quienes pasan de un partido a otro en horas o a aspirantes que, a pesar del rechazo general por acusaciones de violación y testimonios de víctimas, siguen adelante en la carrera por una gubernatura.
Lo más grave es la absoluta falta de credibilidad que el medio político mexicano ha provocado en una ciudadanía que sabe de lo que son capaces, pero que ya no parece sorprenderle demasiado.
Perder la capacidad de asombro es peligroso en una democracia frágil como la nuestra, pero es aún más delicado que ese sea el parámetro en los próximos meses para nuevamente ir a las casillas a emitir nuestro voto.
Ningún problema con las aspiraciones de actores, cantantes, deportistas, personalidades populares, un valor democrático que debemos defender es la posibilidad de que cualquier persona puede votar y ser votado.
Sólo que en estos momentos la experiencia, los antecedentes, la capacidad probada son requisitos que urgen. Si cualquiera que se presente a competir por un puesto de elección popular cuenta con la voluntad y el compromiso de ayudar a mejorar las condiciones de vida de la mayoría de los mexicanos, bienvenida y bienvenido. En otros tiempos no tan lejanos, y ahora mismo, esa “experiencia” se reducía a la acumulación de horas de vuelo en el penoso espectáculo de la incongruencia con la que se conducen muchos políticos y sus partidos.
De nuestro lado, el de la ciudadanía, tenemos la obligación de abrir los ojos. No tengo la menor duda de que la imagen será desagradable, aunque seguimos teniendo la posibilidad de corregir por medio de nuestro derecho a sufragar por la o el aspirante que aporte más que arrastre popular o reconocimiento masivo.
Renunciar a ese derecho no nos hace cómplices, como se ha querido promover, sin embargo, sí nos hace corresponsables de que la o el elegido resulte un desastre y no transforme ni mejore nada, que no sea su patrimonio personal.
De acuerdo con los porcentajes de reelección y los perfiles que se van acomodando en el arrancadero de estas elecciones intermedias, la escasez de nuevos candidatos es alarmante. Llevamos casi medio siglo con las mismas caras de la política, en diferentes escenarios, pero con comportamientos tristemente idénticos.
La renovación es obligada, los partidos lo saben, los gobiernos lo sufren, y los ciudadanos preferimos ya no meternos mucho en ello, porque entendemos cuáles son los motivos de los políticos para hacer de su oficio un desfile de inconsistencias y de traiciones, aunque ellas y ellos crean que no.
Si aspiramos a un proyecto de nación que, efectivamente consolide al continente a partir del progreso de México, se debe dejar de poner vino viejo en botellas que parece nuevas. No lo son, conocemos demasiado a quienes buscan, una vez más, una curul o mandar en el estado que los vio nacer; es momento de decirles, en las urnas, que comprendemos su juego, nada más que ya no lo aceptamos.
Y esto no es una novedad, porque lo hicimos en 2018 para detener en seco el deterioro de varios sexenios en los que se tomaron decisiones que hoy nos tienen en la zozobra, no sólo por la pandemia, sino también por todo lo demás que nos afecta.
Rechazar es también una forma de orientar a esa política llena de insuficiencias para que deje progresivamente de perseguir el poder por el poder y empiece a trabajar en lo que nos preocupa a los ciudadanos. Ahí reside el poder de una democracia, en la oportunidad de cambiar de rumbo, de elegir a otras personas, de dejar claro lo que ya no se permite y la política debe dejar de hacer.
