Huachicoleo social

Hoy que está en funciones un gobierno que tiene su origen en la oposición y en la manifestación pública de muchas causas, la aparición de esos mismos grupos se aprecia fuera de lugar y con una intención oscura.

Nunca es conveniente que en una sociedad se pidan derechos sin que también se cumplan obligaciones, precisamente lo que hace funcionar mejor el tejido social es el equilibrio entre ambos.

Una sociedad que no asume sus tareas, al mismo tiempo que defiende sus conquistas, es un conjunto de personas que vive en la división y es fácil de manipular en contra de sí misma, porque cualquier actividad humana necesita regularse con el acuerdo y el convencimiento de la mayoría.

Esta semana, y desde el inicio del año, las protestas que sufrió en la Ciudad de México, no de parte de los manifestantes que ejercieron su derecho legítimo al reclamo, sino de quienes acuden embozados para destrozar, agredir e intimidar, tuvieron presente esa exigencia de soluciones y de justicia, que fue empañada por una violencia que empieza a quedarse sin eco.

Durante muchos años, porque así le convenía al régimen, se acusó a la protesta social de vandalismo, de violencia y hasta de entorpecer el derecho al tránsito, con tal de enfrentar a quien no participaba con quien salía a la calle a reclamar justicia.

Poco a poco, una mayoría que prefería quedarse en su casa para no meterse en problemas o enfrentar la reacción de gobiernos que usaron esa misma violencia en contra de los protestantes, salió a las calles a unir su inconformidad con la de quienes parecían irracionales según la versión oficial.

Malos gobiernos del pasado apostaron al saboteo y al desprestigio de la protesta social para ocultar sus deficiencias, sus animadversiones y hasta sus crímenes; la tentación de descalificar la manifestación de las inconformidades no la ha podido evitar casi ninguna administración, porque se entiende como un desafío al poder y a la normalidad.

Así hemos protestado por muchos hechos, políticas públicas y decisiones gubernamentales, vestidos de blanco, de negro, en contra de un desafuero o por la desaparición artera de 43 jóvenes guerrerenses, además de por los derechos de las mujeres a vivir en paz y sin violencia o para recordar la matanza de Tlatelolco cada 2 de octubre.

Pero desde hace tiempo ese reclamo público trae consigo a grupos que no parecen tener otra misión que la de destruir y agredir, es una tarea que busca crear el miedo que siempre acompaña a la violencia y contagiar a la mayoría de la gente a través de la cobertura de los medios de comunicación. Incluso, tanto los organizadores como los participantes de muchas marchas deben deslindarse de estos grupos o, de plano, condenarlos.

Desestabilizar por medio de la violencia no es una táctica nueva, al contrario, se ha utilizado a lo largo de la historia demasiadas veces. Hoy que está en funciones un gobierno que tiene su origen en la oposición y en la manifestación pública de muchas causas, la aparición de esos mismos grupos se aprecia fuera de lugar y con una intención oscura que las autoridades deberían investigar.

La estrategia de usar cordones de paz fue eficiente y redujo el impacto de agresiones que se anticipaban peores, pero el riesgo de incorporar civiles y servidores públicos a resistir estoicamente las provocaciones también fue enorme.

Como ciudadanas y ciudadanos tenemos la obligación de rechazar la violencia y de estar capacitados para señalarla y denunciarla, venga de donde venga, sin exponer a nadie, ponerlo en riesgo y con el respaldo de toda una sociedad que debe erradicar las agresiones que sólo busca dividir y crear terror.

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