Fragmentados
En estos días somos un rompecabezas social de millones de piezas. Pareciera que en cada tema de importancia no podemos llegar a consensos que son indispensables en una situación de crisis como ésta y la sensación es que, con virus o sin éste, cada uno ve por el ...
En estos días somos un rompecabezas social de millones de piezas. Pareciera que en cada tema de importancia no podemos llegar a consensos que son indispensables en una situación de crisis como ésta y la sensación es que, con virus o sin éste, cada uno ve por el interés particular, abandonando el común desde hace tiempo.
No sólo hablo de lo político, que nos tiene divididos en niveles que deberían preocuparnos, sino también de la mínima organización comunitaria para darnos apoyo y asistirnos unos a otros en la peor crisis sanitaria en un siglo.
Claro que hay signos esporádicos de solidaridad y empatía, creo que sin ellos habríamos perdido toda esperanza, pero la sensación que amenaza con desbordarse es el “sálvese quien pueda” que vivimos justo en septiembre cuando la confusión sobre qué hacer para reducir contagios nos venció y muchos decidieron que era momento de arriesgar la vida misma por recuperar una vida que nunca volverá a ser la misma.
Esta actitud se aceleró, como la emergencia misma, en noviembre y diciembre, por lo que el estado en que nos encontramos lo sembramos tristemente en ese lapso en el que, por alguna fuerza invisible, no podíamos evitar salir a festejar.
Pretextos ha habido muchos, aunque consecuencias también. La economía del país está bajo una increíble presión y las válvulas de escape que tiene, ya sean las remesas o el consumo privado, traducido en frituras, refrescos y alcohol, entre otros bienes que han acompañado a millones de hogares durante las etapas del confinamiento, no serán suficientes para seis u ocho meses más.
Y de esa manera estamos resolviendo, entre todos, la posible salida de esta emergencia, con señales cruzadas a veces, con información a medias en otras ocasiones, con intereses poderosos en juego casi todo el tiempo. Ningún país ha escapado de ello y aquí, en la nación que nos toca construir, no podía ser la excepción.
La única buena noticia es que tenemos experiencia en vivir en pequeñas ínsulas donde nos importa lo inmediato y sólo el destino de quienes nos rodean con más cercanía, aunque a veces ni ellos.
Esta semana lo pudimos ver en el caos inicial de la inscripción electrónica de adultos mayores para recibir la ansiada vacuna. Entre quienes festejaron la caída del sitio como una derrota irrefutable del gobierno actual, como quienes defendieron agriamente la saturación que nunca fue explicada con suficiencia, se olvidaron de miles de adultas y adultos mayores para quienes esta tarea era casi imposible.
Salieron al paso, felizmente, muchas voluntarias y voluntarios jóvenes que dieron su tiempo para ingresar a muchas personas, incluyendo nietos, hijos, sobrinos y hasta vecinos que entendieron que una cosa es la lucha permanente entre filias y fobias personales y otra la necesidad de que los registros se hicieran correctamente.
De manera paralela ahora luchamos no sólo con la desesperación por saber cuándo nos tocará a nosotros en la larga fila de la cura, sino que ya existe el “turismo de vacunas” al que han acudido personajes nacionales que han considerado de vital importancia inmunizarse a toda costa y a todo costo. En la era de la mínima intimidad no han pasado desapercibidos (porque, además lo anuncian) y las disculpas públicas posteriores no se han hecho esperar.
Así, semanalmente, el diario de lo insólito en esta pandemia nos lleva del acto más humilde a favor de otros a la exhibición absoluta de poder cuando naciones que tienen suficientes dosis llegan a exigir factura en mano la parte adicional que les corresponde cuando otros países no han podido proteger ni al cinco por ciento de sus ciudadanos.
También en estos días pudimos celebrar momentáneamente que los vacunados superan a los infectados por primera vez en 12 meses desde el primer caso en el continente americano, para volver a caer en el pesimismo porque pueblos enteros se han contagiado durante fiestas patronales que no pudieron posponerse o cacerolazos de sectores económicos que demandan mayores facilidades de apertura en una situación desesperada por mantenerse a flote.
Igual que las piezas esparcidas en una mesa, sin relación alguna, pero conectadas irremediablemente para hacer una imagen comprensible, este rompecabezas que somos en estos momentos debe unirse con rapidez ante el deterioro que puede traer la lucha electoral que se avecina. Esperar a que podamos salir con menos temor o hasta que, de acuerdo con expertos, paren los contagios, puede ser muy tarde si buscamos sacar buenas lecciones de una terrible experiencia como ésta. Hagámoslo, al menos, en memoria de los miles que han perdido la vida y por sus familias que siguen un duelo que se volverá el común denominador de nuestro país.
