Fondo y formas

Buena parte de la comunicación pública en estos tiempos está llena de apariencias. Este periodo de desinformación, que no ha sido el único a lo largo de la historia, es más intenso por los factores de inmediatez y de alcance que tienen las noticias falsas y las ...

Buena parte de la comunicación pública en estos tiempos está llena de apariencias. Este periodo de desinformación, que no ha sido el único a lo largo de la historia, es más intenso por los factores de inmediatez y de alcance que tienen las noticias falsas y las verdades a medias, gracias a herramientas tecnológicas que no habían estado a la mano de la mayoría de las personas.

En este universo de mensajes, imágenes, videos, lo normal es que todo luzca perfecto para reflejar estados de ánimo, condiciones económicas o estilos de vida idílicos; que hacen daño, según la ciencia, a la salud mental de millones de seguidores y usuarios de plataformas, sobre todo a los más jóvenes.

Las otras plataformas, ésas donde nos gusta desahogarnos o discutir, también perjudican el diálogo social, cuando buscan enfrentarnos de manera artificial. Los rumores, las opiniones poco sustentadas y las mentiras abiertas, se han hecho lugar en los espacios que deberíamos emplear para ponernos de acuerdo con base en argumentos y en datos duros.

En el reino del ensueño nos quedamos con la imagen y perdemos de vista la necesaria profundidad de las cosas y de las ideas. La realidad, tristemente, no es negociable, guste o no. Pero ahí radica una de las grandes virtudes humanas que es la adaptación, con una consecuencia: la unidad de la mayoría para aprovechar las oportunidades que abren los cambios de época como el que estamos viviendo.

Tal vez por eso somos tan susceptibles a darle crédito a información deficiente y a compartir lo primero que vemos y escuchamos al paso, sólo porque podría coincidir con nuestros puntos de vista. Confundimos lo que es conveniente para nosotros con lo que conveniente para la mayoría; cometiendo el error de no verificar y de ampliar nuestro conocimiento sobre los temas con un poco más de consulta e investigación acerca de los asuntos públicos.

Con ello no quiero escribir que el diálogo social se restrinja a los expertos, porque sólo ellas y ellos tienen la capacidad suficiente para hablar de lo que nos preocupa a todos. Nada más que es nuestra obligación cívica ser y parecer congruentes, a partir de darle contexto y fondo a nuestro criterio, a nuestras opiniones y, por encima de todo, a nuestras acciones. Tenemos que conducirnos como personas con principios y valores y demostrarlos en cada momento. Es la congruencia cívica lo que permite que prevalezca la confianza y la honestidad colectiva.

Simplemente es hacer lo que decimos y ajustar nuestras acciones a los valores que tenemos y que deseamos en los demás. Si queremos tener certidumbre, debemos ofrecer certidumbre a otros con nuestro comportamiento. El liderazgo no sólo está reservado para quienes entran en procesos de elección popular o encabezan responsabilidades privadas o públicas. El ejemplo lo damos todos y la prueba es que en estos últimos años la mayoría de las y los mexicanos han estado a la altura de la participación cívica que ha demandado los hechos recientes.

Los siguientes años serán un desafío para muchos sectores de la sociedad que manifiestan estar apartados o se sienten en un vacío debido a que la forma en que ven las cosas no está en sintonía con el resto. He insistido en que esa supuesta división no existe y que su fomento sólo beneficia a grupos de intereses a los que les va mejor que estemos desinformados o en una aparente confrontación, cuando en realidad coincidimos en mucho más de lo que pensamos (o estamos dispuestos a admitir).

A quienes han caído en esa trampa, les comparto que siempre podemos ponernos de acuerdo si estamos dispuestos a razonar entre nosotros. El mundo ideal no existe, pero eso no significa que dejemos de perseguir esa buena utopía de alcanzarlo en algún momento. Y para ello nos necesitamos. Nadie sobra y cada uno es fundamental para lograr la consolidación de una sociedad mejor. Los pasos que se han dado son producto de años de empujar cambios que sabíamos urgentes, pero que no podían realizarse porque unas cuantas minorías prevalecieron por décadas, mientras los demás nos adaptábamos. Por supuesto que cada cambio es perfectible y ninguna solución común está garantizada. Nuestra evolución es un proceso y hacer lo que nos corresponde en éste nos obliga a estar bien informados, abrirnos a los que no piensan como nosotros y actuar con generosidad, coherencia y solidaridad. Nada más.

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