Encrucijada

Estamos en un momento diferente a cualquier otro y tenemos elementos para regresar al pasado o seguir adelante en la consolidación de una democracia en la que cualquiera puede emitir su opinión.

De por sí en condiciones normales es difícil tomar decisiones correctas e informadas, en una crisis sanitaria mundial parecería una tarea cercana a lo imposible. Nuestra urgencia por entrar en una nueva normalidad y entender el mundo que nos va a quedar después de la pandemia, bien puede nublar la vista sobre el horizonte de lo que necesitamos construir a futuro en el país.

En escasas diez semanas tendremos que tomar la primera decisión y elegir con responsabilidad cívica las mejores opciones dentro de un proceso político difícil, enconado, que, por un lado, busca ponerle el pie a lo que se ha edificado en casi tres años y apuntar a un cambio de sexenio en donde se recupere ese pasado que decidimos modificar en 2018.

Platico, leo mensajes, converso y veo los comentarios en redes sociales, particularmente de personas que no piensan como yo y anuncian el día del juicio final que no llega ni creo que vaya a llegar pronto. Hemos resistido uno de los años más complejos de nuestra historia reciente y nuestras preocupaciones, si bien son las mismas, no se han desbordado como luego se trata de reflejar en las opiniones y en las percepciones de algunos segmentos de la población que viven con enojo permanente.

Sin embargo, esos mismos segmentos agradecen la vacunación y miran al cielo aliviados porque madres y padres reciben su dosis gratuita, de manera universal y prácticamente sin preguntas de ningún tipo. Pocos dan el reconocimiento que se debe al gobierno en turno y a las autoridades, en particular a las de la Ciudad de México, que han desplegado una organización eficiente para atender a las y los adultos mayores, una parte de la población nacional estratégica para que podamos aspirar a un retorno seguro y la cual históricamente estaba olvidada por las políticas públicas y económicas de sexenios anteriores.

No es ironía que quienes cuentan con mayor experiencia sean los mismos que tienen la clave para que se reduzca la mortalidad hasta en un 80 por ciento y, en consecuencia, el resto de nosotros pueda retomar una vida parecida a la que conocíamos hace unos 14 meses. Fueron invisibles por décadas y ahora su papel, que es el que deberían haber tenido siempre, es el de baluarte de una sociedad que había privilegiado por demasiado tiempo la juventud, el dinero a toda costa y la vía rápida a un supuesto éxito, para darle sentido a una nación que se dejó abandonar por prejuicios y conveniencias.

Podremos dialogar sobre muchas cosas hasta llegar a la discusión, pero estamos en un momento diferente a cualquier otro y tenemos elementos concretos para regresar al pasado o seguir adelante en la consolidación de una democracia en la que cualquiera puede emitir su opinión, justa o no, y muchos de los vicios que existían se han debilitado.

Resalto esta encrucijada porque los problemas de siempre, esos que no se hacen a un lado con ningún virus, siguen agazapados o plenamente vigentes en contra de nosotros mismos. No olvidemos que los criminales no tienen tendencia política y su única ideología es el negocio, con cada uno de los ciudadanos que nos consideramos honestos como clientes potenciales. Tampoco la corrupción y la impunidad, desde donde venga y a donde se dirija, tienen preferencias y son dos elementos nocivos que debemos acordar, juntos, en desterrar para siempre de nuestra vida cotidiana.

Cada quien tiene la completa libertad de asumir principios y creencias respecto de lo que ocurre, lo que no podemos hacer es supeditar esas ideas a lo que nos conviene, pero afecta al resto. Esta pandemia ha demostrado que no estamos en un piso parejo, ni de cerca, a la hora de tener acceso a la salud, a la educación o a las herramientas tecnológicas que nos han convencido de que vivimos en un momento histórico donde la inteligencia artificial modelará cualquier cosa que hagamos o pensemos en el futuro.

La desigualdad sigue siendo enorme y tan sólo al observar la distribución mundial de vacunas podemos comprender que falta mucho para que aspiremos a sociedades equilibradas si no tomamos el papel que nos corresponde y hacemos sentir nuestra voluntad de cambio auténtico, desde el hogar y hasta el trabajo, para que una mayoría cuente con lo indispensable, con lo digno y viva en paz y con tranquilidad.

Vienen momentos en los que podemos establecer una diferencia y continuar construyendo hacia delante. No tenemos que estar siempre de acuerdo, lo que sí no podemos olvidar es que se trata de un esfuerzo colectivo, de acuerdos mínimos y de objetivos en común que compartimos muchas y muchos mexicanos. Lo demás, es la grilla de la temporada.

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