El tamaño de la violencia

Infundir miedo es un recurso para imponer una percep­ción de fuerza, aunque la posición real sea de debilidad o agotamiento. Amedrentar es una herramienta para crear inestabilidad en el contrincante y aparentar que se es más grande y poderoso. A lo largo de muchos ...

Infundir miedo es un recurso para imponer una percep­ción de fuerza, aunque la posición real sea de debilidad o agotamiento. Amedrentar es una herramienta para crear inestabilidad en el contrincante y aparentar que se es más grande y poderoso.

A lo largo de muchos años, el crimen ha logrado consis­tencia en una narrativa en la que sus grupos tienen control a través de la compra de voluntades y el ejercicio de la vio­lencia. Su propia oferta hacia nuevos reclutas, tristemente jóvenes mujeres y hombres, gira en torno a la idea de que nadie podrá con ellos, hasta que eso sucede y entonces la imagen se desvanece y comienza la realidad de un mundo delincuencial cruel, que sacrifica con facilidad a sus inte­grantes y los sustituye como si fueran piezas de una ma­quinaria que se engrasa con dinero y complicidades. Un esquema de pirámide de sangre, donde la base lleva todo el esfuerzo y la punta goza del sacrificio.

Es extraño que muchos ciudadanos compartan sin po­ner en duda esa historia y consideren que no hay remedio posible ante la fortaleza de organizaciones criminales que lucen inmensas, sin límites, pero a las que nos acostumbra­mos porque el miedo es una justificación perfecta para no denunciar y evitar meternos en problemas.

Esa estrategia no nos ha ayudado mucho y sí le ha meti­do en la cabeza a la delincuencia que estamos tan mal orga­nizados, que pueden elegirnos como sus víctimas en el mo­mento que así lo dispongan.

Sin embargo, todas las so­ciedades que referimos con soltura por su seguridad y de­seamos imitar han atravesado por crisis en las que sus ciu­dadanos prefirieron anularse y esperar a que alguien más, otros vecinos, otras personas, otras autoridades, resolvieran lo que podríamos ayudar a solucionar nosotros en estos momentos.

Grandes ciudades, países desarrollados, tuvieron épocas de crimen, motivados por la desigualdad y la corrupción de un puñado que convenció al resto de que no había sa­lida rápida, ni posible, de un entorno de terror. Fueron los mismos ciudadanos los que establecieron el límite y pu­sieron un alto no sólo a los delitos, sino a la percepción de que éstos eran permitidos y hasta solapados para no sufrir represalias.

Una vez que a sociedad en cuestión se organizó mejor que los criminales y presionó para que la impunidad no tuviera lugar, entonces las condiciones cambiaron a favor de la gente. Aun los más acérrimos opositores a la estrate­gia de seguridad que se está planteando, podrán coincidir en que la participación de cada uno de nosotros, sobre lo que ve y sabe, es fundamental para la persecución de las conductas antisociales.

Y no podemos argumentar falta de libertad de expre­sión, cuando cualquiera de nosotros puede grabar o tomar una fotografía y subirla a una red social con millones de seguidores ávidos de material en contra o a favor de sus ideas acerca de cómo se está resolviendo la inseguridad en el país.

Es un contrasentido exigir que se combata a sangre y fuego a los delincuentes, mientras por otro lado se critica la participación de fuerzas entrenadas y capacitadas para enfrentarlos, con una orden expresa de no ejecutar y no combatir el fuego con el fuego.

Irónicamente, la incongruencia que vivimos en el deba­te público acerca de la seguridad sólo beneficia al crimen, que sí tiene una convicción clara acerca de sus actividades y cuando éstas son frustradas o su capacidad de operación es disminuida, se lanzan a las calles a cometer actos de violencia que los ayuden a verse por encima no solo de las autoridades, sino de la ciudadanía.

Si eso no lo vemos, entonces podríamos estar analizan­do el problema desde la preferencia personal y no desde la participación colectiva que demanda llegar a acuerdos para no tolerar ningún delito o agresión y estar dispuestos a invertir tiempo, esfuerzo y colaboración para que seamos nosotros los que revelemos nuestro tamaño y capacidad reales, las mismas que están por encima del miedo que se busca imponer y de el espejismo de control con el que se trata de engañar.

Temas: