El espacio es de todos

El disenso siempre será sano en una democracia, creo que nadie tiene duda; sin embargo, existe una línea delgada entre la protesta legítima y la que es motivada por intereses que sólo representan a un segmento social que puede considerarse apartado de las decisiones y ...

El disenso siempre será sano en una democracia, creo que nadie tiene duda; sin embargo, existe una línea delgada entre la protesta legítima y la que es motivada por intereses que sólo representan a un segmento social que puede considerarse apartado de las decisiones y del rumbo que toman las autoridades que elegimos por amplia mayoría.

Una forma de distinguir ese fino límite es el análisis de las propuestas que vienen acompañando a la protesta, porque comprobaría que la motivación de la queja tiene como objetivo mejorar el estado de las cosas. No plantear ninguna alternativa que explique la manera en que podemos resolver nuestras diferencias reduce la protesta a un desahogo, nada más. Es importante recordar que hace pocos años, a pesar de que se planteaban soluciones, la respuesta oficial era de no ver y no escuchar, dejar que el descontento se acumulara y atizarlo haciendo exactamente lo contrario a lo que la sociedad exigía, porque al final los acuerdos reales se hacía en grupos exclusivos de supuesto poder. Eso impulsó un cambio de dirección hace cuatro años y, guste o no a ciertos sectores, fue una manifestación clara de que la mayoría de los ciudadanos asumíamos una determinación para que muchos vicios arraigados se marcharan. Es difícil encontrar una ruta única para modificar el andamiaje sobre el que descansa una nación y conciliar los distintos intereses, incluyendo aquellos que se favorecieron con el status quo y extrañan una forma de gobierno que les convenía. Es más bien un proceso que cambia, poco a poco y con resistencias, las estructuras anteriores y refunda las nuevas. De acuerdo con las mediciones de la opinión pública, una mayoría de encuestados recientemente y durante el año, siguen coincidiendo en que hay muchas áreas de oportunidad en el diseño democrático mexicano y que dos de sus puntos débiles son el costo de operación del aparato responsable de la supervisión de los procesos de votación y el gasto destinado a los partidos. El parecer sobre la pertinencia de una reforma también es alto, lo que contradice la queja de que se pone en riesgo todo el edificio, sólo porque se proponen modificaciones a la construcción de varias de sus habitaciones.

Si bien no es lo mismo tirar un muro falso que mover una trabe, el piso mínimo para dialogar debería ser la lectura de la propuesta que se ha hecho para cambiar el sistema electoral. No lo hemos hecho y eso es notorio en la virulencia de las posturas en contra y a favor, pero sin argumentos específicos de la iniciativa y sus implicaciones en comparación con lo que ahora existe. Un diálogo, este matiz es relevante, en lugar de una discusión o un pulso para medir al apoyo que tiene cada extremo, nos permitiría ver con claridad que estamos de acuerdo en la mayor parte de las propuestas que se han hecho y tenemos diferencias en un porcentaje menor que, impulsadas por la desinformación, el catastrofismo, las medias verdades y los intereses creados, aparecen como imposibles de conciliar. Eso no es cierto, coincidimos en mucho más de lo pensamos acerca de éste y de otros temas de preocupación nacional, sólo que nos hacen creer que estamos divididos, tristemente por razones que son delicadas, porque afectan la composición elemental del tejido social que son la confianza y la equidad. El espacio de intercambio de ideas y de posturas sociales es de todos, por lo que debe mantenerse como un área en la que podamos dialogar con libertad, respeto y tolerancia, que no significa “aguantar” a quien no piensa como yo o esperar a que diga su argumento para contradecirlo con uno propio. Y no estaríamos corriendo hacia el centro de las posiciones ideológicas al hablar de los pros y contra de la propuesta que motiva quejas y apoyos de sectores de la sociedad. Podemos defender nuestra postura, por radical que sea, sin que eso impida poner atención a las razones de quien es nuestro par, un ciudadano como nosotros, y no un rival de origen, procedencia o segmento de ingreso.

Antes de empezar a discutir de manera estéril, una pérdida de tiempo que ya lleva varios años, seamos corresponsables y animemos a que se hable de la propuesta, con las pasiones y los espejismos de la supuesta afinidad de pensamiento fuera de la conversación, para enfocarnos en lo fundamental y conocer qué sirve, qué no, y cómo podemos enriquecer las modificaciones que sabemos son necesarias a un sistema que parte de la desconfianza y por eso su costo elevado, su abundante estructura administrativa y su justificación de que para elegir a sus consejeros se debe atravesar por la negociación política, antes de por la voluntad ciudadana.

Por ahí podríamos comenzar, porque la propuesta es extensa e involucra temas en los que podríamos coincidir mucho más y con mayor rapidez, que es la representación popular en los congresos y el número de integrantes que debería tener uno de los poderes que menos respaldo social ha desarrollado. Por eso hay que tomarnos nuestro tiempo, la consolidación de nuestra democracia así lo exige.

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