Dos ruedas sin rastro

Propuse incluir identificación plena del comprador, registro obligatorio con fotografía, GPS o chip integrado de localización, placas grandes y visibles, y controles de venta similares a los de un automóvil.

La moto de bajo cilindraje se ha convertido en la extensión perfecta de la delincuencia urbana. No porque el vehículo tenga la culpa, sino por la falta de regulación, control e inteligencia para impedir que sea utilizada como arma de escape, de acecho y de impunidad.

Lo digo con claridad: hoy, una moto de este tipo es tan fácil de adquirir como una pantalla de televisión. Basta con una tarjeta que aguante el primer cargo y, en minutos, cualquiera puede salir rodando con ella. Sin mayor papeleo, sin verificación real de identidad, sin trazabilidad. Y así como se compra, se abandona. En un baldío, en un puente, en una esquina. ¿El resultado? Impunidad sobre dos ruedas.

Las motos pequeñas son perfectas para el delincuente urbano: entran y salen de callejones estrechos, “culebrean” entre carriles, se escapan en segundos en sentido contrario y permiten que el pasajero –el que roba o dispara– suba o baje en cuestión de segundos. Todo está pensado para no dejar huella. Ni huella digital ni visual ni mecánica.

Quienes hemos estudiado la seguridad ciudadana por años sabemos que no se puede combatir la violencia sólo con patrullas o discursos. Hay que quitarle herramientas al crimen. Y una de las más efectivas, pero menos atendidas, es ésta: la moto ligera, sin control, sin registro riguroso, sin inteligencia urbana.

Hace años presenté una propuesta concreta, ejecutable y eficaz para regular este fenómeno. Incluir identificación plena del comprador, registro obligatorio con fotografía, GPS o chip integrado de localización, placas grandes y visibles, y controles de venta similares a los de un automóvil.

No para castigar al motociclista honesto, sino para impedir que se siga usando este vehículo como cómplice de robos, asaltos, homicidios y escapes impunes. Hoy esa propuesta podía ser una realidad… pero cayó en oídos sordos.

Mientras tanto, seguimos viendo cómo las motos se usan para robar celulares, que son otro instrumento indispensable del crimen urbano. Igual que las armas cortas, que siguen fluyendo sin control suficiente. El trinomio moto–celular–pistola es, en muchos delitos urbanos, la fórmula del daño rápido y la fuga segura.

No hay ciudad que resista eternamente esta combinación si no se actúa. Y no hablo sólo de castigar, sino también de prevenir. De hacer del registro de motocicletas un asunto de Estado. De integrar bases de datos, cámaras lectoras de placas, operativos de control con tecnología. Y, sobre todo, voluntad política.

Hoy lo estamos viviendo a diario. Basta salir a la calle para ver motos zigzagueando entre autos, sin placas o con cartón, con dos pasajeros, uno con casco y otro sin él, listos para actuar y desaparecer. ¿Cuánto más vamos a tolerarlo?

Las soluciones existen. Pero hay que querer verlas. Y aplicarlas. Porque una ciudad segura no se construye con ocurrencias ni con indiferencia, sino con visión, constancia y responsabilidad compartida.

Ya basta de normalizar lo anormal.

Regulemos con inteligencia antes de que el caos siga tomando las calles.

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