Día de la Tierra

Somos una afortunada coincidencia entre partículas, polvo cósmico y una enorme explosión, en medio de un mar de galaxias. Pequeños, cierto, respecto del universo que nos rodea, aunque hemos desarrollado civilizaciones que han transformado un planeta en el que vivimos ...

Somos una afortunada coincidencia entre partículas, polvo cósmico y una enorme explosión, en medio de un mar de galaxias. Pequeños, cierto, respecto del universo que nos rodea, aunque hemos desarrollado civilizaciones que han transformado un planeta en el que vivimos como auténticos invitados de lujo. Cuando aprovechamos esta condición, logramos hazañas maravillosas; cuando no, bordeamos la extinción. No obstante, hemos perdurado y en cada aniversario que celebramos por y del planeta es importante reflexionar hacia dónde nos estamos dirigiendo.

De tanto creer en nuestra relevancia —que la tenemos, sin duda— hemos afectado los mismos ecosistemas que nos permitieron evolucionar y hemos puesto nuestro hospedaje en la Tierra en riesgo un sinfín de ocasiones.

De acuerdo con los últimos estudios al respecto, nos encontramos en un punto de alerta máxima respecto del calentamiento del planeta y de los cambios que éste ocasiona en todos los continentes, con impactos que ya son difíciles de calcular para la agricultura, los ciclos de lluvia, el estado de los glaciares y el aumento en el nivel de los océanos. Hace poco presenciamos una impensable tormenta de una semana en pleno desierto y unos días atrás otra tormenta, ahora de arena, dejaba imágenes dantescas en las naciones del mar Egeo, con un cielo anaranjado que parecía señalar que habitábamos ya otro planeta.

Podemos argumentar que el mundo ha sufrido de otros periodos en los que la naturaleza ha modificado su curso, pero ninguno en el que uno de sus inquilinos haya influido tanto como lo hemos hecho nosotros. Incluso, con cierta sorpresa, festejamos puntos de vista que proponen mirar hacia el espacio para mudarnos. Nada en contra de la ciencia ficción, sólo que esa es una curiosa renuncia a nuestra capacidad de remediar los errores cometidos y comenzar a repetirlos de nuevo en, digamos, Marte.

Pienso que es mucho mejor tomar acciones desde el hogar de cada uno y frenar el deterioro un ciudadano, una familia, y un hogar a la vez. Providencialmente han comenzado algunas lluvias en el centro del país y, como todavía no nos acercamos a la temporada, el alcantarillado está debidamente cubierto de hojas y de basura “incidental” que tiramos en medio de los días de calor. Podríamos sugerir barrer nuestra acera con regularidad.

Otro buen hábito es recolectar agua de lluvia. Tengo algunas dudas acerca de la cantidad de cubetas, palanganas y otros recipientes que aparecieron en balcones y azoteas justo cuando empezaron a caer las primeras gotas el fin de semana pasado en la Ciudad de México y en el Estado de México, pero no creo que fueran las necesarias para cuidar este recurso indispensable. Tal vez deberíamos preocuparnos tanto en este momento, como sí tendremos que hacerlo cuando nos haga falta y salgamos a la menor provocación para cosechar hasta el último rocío que provenga del cielo. Sin embargo, qué necesidad de complicarnos una existencia siempre tan frágil, dependiente de condiciones que no necesariamente controlamos. Nuestra tecnología para restaurar puede que llegue demasiado tarde para solucionar las modificaciones que hemos infligido en el medio ambiente.

Por eso es importante empatar nuestro desarrollo con nuestra estancia en la Tierra, para que podamos vivir en las mejores condiciones posibles. Existe un desequilibrio poblacional que puede corregirse si, como sociedad, nos involucramos en las decisiones que serán fundamentales para continuar esta forma de vida que hemos diseñado.

Nuestro país es un ejemplo. La mayoría de las y los mexicanos nos concentramos poblacionalmente en el centro, mientras que el norte sigue teniendo mucho potencial, al igual que el sur. El fenómeno que ocurre en la Península de Yucatán puede modificar esta distribución histórica.

El siguiente paso, en México y en el mundo, será regresarle al planeta lo que le hemos transformado y tendrá que ser a partir de un cambio de hábitos y de costumbres para vivir una existencia que impacte lo menos posible en la naturaleza. Es decir, que vayamos hacia una armonía entre la Tierra y nuestra manera de caminar por este planeta durante el tiempo que nos corresponde habitarlo. Eso es corresponsabilidad.

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