Deseo contra realidad

La cuestión no es dónde deberían estar las Fuerzas Armadas, sino dónde tienen que estar hoy.

En algún momento de su historia, cada nación debe definir el papel que jugarán sus Fuerzas Armadas en determinadas coyunturas o urgencias que demandan una solución que no puede ser pospuesta.

Cuando necesitamos tomar decisiones, nuestros deseos pueden chocar con nuestra realidad. La diferencia entre el deber ser y lo que es, consiste en que para lograr lo que anhelamos, hay todo un proceso que toma tiempo, dedicación e implica sacrificios en el camino.

Por eso la cuestión no es dónde deberían estar las Fuerzas Armadas, sino dónde tienen que estar hoy, y mañana, y en los próximos años, para pacificar varias regiones del país y asegurar la tranquilidad que exigimos como sociedad.

A lo largo de estas semanas, hemos vertido opiniones, compartido datos y discutido en el plano de la política una decisión que no está en ese ámbito, sino en el de la seguridad de todos. El Estado lleva a cabo actos con base en los elementos que tiene a su disposición y con información que no está a la mano de la mayoría de los ciudadanos. Sin embargo, en lo que respecta a la inseguridad parece obvio que, a pesar de los resultados de una estrategia distinta que busca ganar la paz, la tarea todavía no concluye.

En el enfoque de lo deseable se ignora lo posible, a veces de buena fe, otras con dolo, para insistir en que son las policías las que debieran encargarse de esta labor, sólo que esa etapa ya la pasamos, cuando dedicamos ocho años y miles de millones de pesos en recursos para capacitar y certificar a cuerpos de seguridad en todo el país que, en este momento, están rebasados o en contubernio con organizaciones delincuenciales que sí aprovecharon ese periodo para armarse con la última tecnología disponible e incorporar a cientos de jóvenes a los que se les abandonó a su suerte como carne de cañón.

Y aquí nos encontramos, con una urgencia para consolidar cuatro años de un rumbo distinto en materia de seguridad que no está dirigido por la fórmula de patrullas, pistolas, policías y ladrones, sino por la convicción de que la paz se construye sobre la base de la justicia, las oportunidades y la reducción de la desigualdad.

Dialoguemos como ciudadanos sobre cuál de esas dos direcciones nos ha servido más, a la luz de que la segunda ya nos entregó resultados terribles que han llenado de dolor a todo el país, porque el crimen sí consiguió su objetivo de infiltrar y corromper cuerpos policiacos, cuyo ideal era volverse instituciones confiables; mientras que la primera ha detenido el avance de la mayoría de los delitos gracias a la coordinación con unas Fuerzas Armadas a las que ahora se les suma la Guardia Nacional, que responden nuevamente al llamado de una nación que pide vivir con tranquilidad.

Basar el debate en lo que debía suceder y no en lo que necesitamos que suceda es seguir en la misma ruta que no ha funcionado para nadie, salvo para los delincuentes y a quienes se benefician de los tratos que alcanzan con ellos. Las Fuerzas Armadas cuentan con la confianza de la ciudadanía, al igual que la Guardia Nacional, lo que representa en números reales a medio millón de efectivos que dedicarán su tiempo, como lo hacen ahora, para asegurar que la paz sea la norma en el país.

En estas circunstancias, las nuestras, necesitamos la continuidad de una presencia en las calles que ha demostrado eficacia, a la par de combatir las causas de la violencia y evitar que la falta de oportunidades sea el origen del reclutamiento a las filas de grupos criminales que no ofrecen nada más que la muerte, disfrazada de prosperidad instantánea.

Cada nación debe enfrentar en un momento dado retos que sólo se superan con voluntad y compromiso, aceptando que lo deseable está en un plano distinto a lo posible, con la diferencia de que podemos alcanzar ambos, apoyando la construcción de la paz durante los siguientes años. En esa meta, las y los ciudadanos, tenemos varias obligaciones que compartiremos en la siguiente entrega, porque la auténtica tranquilidad también está sustentada en hacer lo que nos corresponde a cada uno.

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