Derecho de construir
Se entiende que no puede haber un pensamiento unánime y creo que nadie lo quiere o lo busca al menos abiertamente porque representa todo aquello que va contra una democracia y una sociedad inteligente e igualitaria.Bajo esa premisa, siempre habrá un segmento social que ...
Se entiende que no puede haber un pensamiento unánime y creo que nadie lo quiere o lo busca (al menos abiertamente) porque representa todo aquello que va contra una democracia y una sociedad inteligente e igualitaria.
Bajo esa premisa, siempre habrá un segmento social que esté en desacuerdo con las decisiones que toman los representantes de la mayoría en el uso del poder del Estado, que son las autoridades de los diferentes niveles. Nada malo hasta ahí, porque permite corregir, exponer otro punto de vista y proponer alternativas que posiblemente quedan nubladas por la ideología o los motivos que lograron impulsar al ganador.
Sin embargo, el problema nacional no parece ser la divergencia de opiniones, sino la urgencia de oponerse a cualquier iniciativa, dicho o hecho que provenga de la alternativa que se eligió vía las urnas hace cuatro años. Sea por la rampante desinformación que nos afecta o por la lucha electoral, el derecho a destruir al oponente supera en ocasiones al legítimo que deberíamos compartir para construir una nación mejor.
Un análisis elemental de la realidad demuestra que los extremos no aportan a edificar una sociedad más justa y equilibrada, porque no todo está mal y siempre habrá puntos por mejorar. Esperar que un gobierno no se equivoque es tan falso como atribuirle poderes extraordinarios y, por lo tanto, sustituir las obligaciones civiles que tenemos con la queja constante sin sustento.
Si a la protesta se le suman propuestas, entonces estamos tomando el tiempo necesario para entender que ningún desafío en sencillo y que no llegamos aquí de manera mágica y que tampoco un país da una voltereta en sólo un sexenio.
En éste se han sentado las bases de una nueva forma de administración y de una manera diferente de colocar casi todos los temas en la arena de la opinión pública. Dudo que en una encuesta se considere que había más libertad de expresar nuestro sentir hace dos sexenios que en el actual; por lo menos así no lo reflejan las diferentes plataformas de comunicación que inundamos de insultos, diatribas, descalificaciones y supuestos fundamentados en hechos que jamás ocurrieron.
Destinar nuestra energía en construir sobre lo que está cimentándose ahora nos ahorraría el tiempo desperdiciado que se le dedica a contradecir a quien, desde nuestra perspectiva, piensa diferente a nosotros y a contentarnos con los resultados que nos lanzan los algoritmos para encontrar supuestas afinidades para reforzar nuestras creencias.
Me han preguntado, con cierto reproche, por qué no acudí a una concentración que debería ser compatible con mi condición y círculo social, cuando llevo años insistiendo en que el sistema que teníamos se agotó y teníamos que construir uno nuevo, corresponsable, en el que nos diéramos cuenta que la desigualdad es la mayor de las complicaciones. No tengo evidencia de ningún retroceso en libertades ni en derechos y veo a diario un esfuerzo sobrehumano de mujeres y hombres por recuperar la paz en el país, incluso al grado de integrarme a esta auténtica lucha como servidor público.
Ahora, reviso nuevos mensajes de quienes cuestionan mi asistencia a la marcha de este día y preguntan los motivos que me impulsan a hacerlo; mi respuesta es la siguiente: estoy convencido, con hechos, de que el camino que elegimos para conseguir vivir tranquilamente es el correcto y dará frutos. También, que por primera vez estamos atacando las causas que fomentan el delito y se detuvo la simulación que llevaba décadas en el combate al crimen, patrocinado antes por malas autoridades, intereses creados y actividades que, gracias a la impunidad judicial, arrojaban ganancias que podían comprarlo absolutamente todo.
Hoy me uno a miles de personas que seguimos creyendo que la decisión tomada en 2018 fue la última que podía salvar al sistema tal y como lo conocemos para después mejorarlo a través de cambios relevantes, no sólo de reformas cosméticas negociadas al calor de la agenda de partidos y personajes. Aquí la democracia tiene que ser de todos, opositores incluidos, para dialogar acerca de lo que nos conviene en general y la manera en que resolveremos los pendientes hacia adelante. Camino no para enfrentar, sino para que la mayoría se haga escuchar como no podía hacerlo antes y, con ello, abrir la puerta para atender las propuestas de quienes no se consideran representados en este momento y defender su derecho de protestar ante esa postura.
Es lo que ocurre en cualquier democracia madura y en una nación inteligente que tiene una sociedad acorde. Pienso que vamos en el que camino de serlo y también de ponernos de acuerdo en armonía y con respeto.
