Basta con revisar los diarios del lunes para confirmar que, durante el fin de semana, ocurrieron homicidios derivados de riñas, venganzas personales y motivos pasionales, cuando pensaríamos que nos encontramos más tranquilos, pues no necesariamente tienen que ver con el crimen organizado.
La mezcla de armas de fuego, abuso del alcohol y una percepción de que los conflictos se deben arreglar con violencia, sigue cobrando vidas entre ciudadanos y representa un porcentaje constante —entre un 30 y 40 por ciento— de ese tipo de decesos registrados en el país.
Durante muchos años, que incluyen a varias generaciones, la idea errónea de que contar con una pistola nos brinda seguridad ha sido el origen de múltiples tragedias que pudieron haberse evitado si como sociedad tomáramos decisiones para disminuir la presencia de armas en nuestros hogares.
Hemos permitido que, de manera irregular y por motivos que no tienen nada que ver con la protección personal o patrimonial, miles de mexicanos tengan un arma en casa, en el auto o la porten en las calles como un instrumento de intimidación y prepotencia.
Tristemente, en los segmentos de la población con un ingreso alto, el convencimiento de tener un arma a la mano va en coincidencia con la falsa percepción de que es necesaria para defenderse en caso de peligro, aunque los números señalan que sólo se emplea para agredir, resolver una pelea o violentar a otra persona, en particular una mujer.
El caso público más reciente no sucedió en fin de semana, pero es un grave ejemplo de esta tendencia: la noche del jueves un hombre asesinó a su esposa en el interior de un conocido restaurante de la colonia Del Valle en la Ciudad de México al dispararle en tres ocasiones. Hasta el momento, la información con la que se cuenta apunta a un conflicto personal que, además de feminicidio, entra en la categoría de los motivos pasionales que impulsan esta clase de agresiones.
¿Por qué estaba el victimario armado dentro de un establecimiento público? ¿Si no hubiera tenido acceso a un arma, la víctima seguiría con vida? No lo sabremos ya, pero el patrón que sigue quienes suman un arma a su violencia es alarmante y se repite en otras modalidades cuando se abusa del alcohol, se generan rencillas y la respuesta es atacar a alguien solo para demostrar un falso poder.
Ningún homicidio tiene justificación, sólo que los cometidos por la delincuencia siguen la lógica perversa del crimen y la ilegalidad, mientras que los sucedidos entre ciudadanos “pacíficos” pierden sentido porque su origen es la misma violencia de la que nos quejamos todos los días.
Nuestra voluntad social debe estar encaminada a no permitir que los ciudadanos sigamos en esta espiral de violencia porque tenemos un arma que sólo sirve para agredirnos entre nosotros, lo que sólo suma a los delitos que cometen los criminales con el principal objetivo de hacer dinero fácil a través de afectarnos.
Si cada crimen gira alrededor de un negocio ilegal y para eso se utiliza un arma con la que se pueda amenazar y agredir, una riña o un homicidio por motivos pasionales sólo están motivados por la violencia que generamos los propios ciudadanos.
Una cultura por la paz requiere que las y los mexicanos hagamos lo que nos corresponde para rechazar cualquier forma de violencia y evitarla cuando no llegamos a un acuerdo, así sea el más mínimo. No obstante, los incidentes de tránsito en los que se puede sacar un arma, en una disputa vecinal o por pleitos sin sentido, son una constante que se acumula en el comportamiento de la seguridad con la diferencia de que la solución está de nuestro lado y no sólo del de las autoridades.
Desarmarnos, modificar nuestro comportamiento acerca de las armas y de las consecuencias negativas que se provocan por tenerlas, y revisar a profundidad lo que hacemos como sociedad acerca del respeto y la protección a las mujeres, son medidas sociales que tenemos pendientes de arraigar en todo el país. Son tareas civiles que harán una diferencia importante para que vivamos tranquilos y veamos una disminución rápida de la violencia que tanto nos afecta.
