Civismo para una nueva civilización
Abandonadas por ser aparentemente anacrónicas, las lecciones de civismo fueron perdiéndose en nuestra sociedad casi sin que nos diéramos cuenta. Confundidos en ocasiones con “buenas maneras” o convencionalismos para actuar en público, los principios para ser mejores ...
Abandonadas por ser aparentemente anacrónicas, las lecciones de civismo fueron perdiéndose en nuestra sociedad casi sin que nos diéramos cuenta. Confundidos en ocasiones con “buenas maneras” o convencionalismos para actuar en público, los principios para ser mejores ciudadanos desaparecieron.
Como sociedad, es importante tener valores y principios que ayuden a que nuestra convivencia sea más civilizada y no suceda lo contrario, que es la imposición de la ley del más fuerte (o del más poderoso) en la vida cotidiana. Todo lo contrario, a lo que aspiramos las y los ciudadanos.
Si juzgamos por las constantes muestras de agresividad que se desarrollan en nuestras calles y las faltas administrativas que se cometen todo el tiempo, podríamos concluir que la fuerza está de regreso y la persuasión para mejorar nuestros comportamientos está ausente desde hace varios años.
Actuar con civismo no es comportarnos bien sólo por conveniencia o buena educación, sino reforzar constantemente esos hábitos correctos que disminuyen la tentación de imponer la fuerza en cada esquina y aumenten las formas de persuasión. Al final del día, la única manera en que una disposición oficial funciona es cuando la misma sociedad se convence de que es la mejor solución y la respalda con su ejercicio y su sanción moral hacia quienes no la adoptan.
Un ejemplo muy claro es la evolución que tuvimos respecto del consumo de cigarros en espacios cerrados; luego en algunos públicos; y finalmente, en la mayoría de los sitios, porque a casi todos nos molesta el humo, entendemos el peligro sanitario de las colillas y coincidimos en que es un vicio que ya tiene poca aceptación, particularmente entre los jóvenes. Pero en esa misma historia, la proliferación de los llamados vaperadores, justo en ese mismo segmento de la población, confirma que en lo que se refiere a los hábitos ciudadanos y a las políticas públicas que surgen de estos, la batalla por actuar con civismo debe ser constante, porque siempre pueden encontrarse atajos para tratar de regresar al problema original o provocar uno mayor.
Mientras la impartición del civismo regresa con fuerza a nuestro sistema escolar, nosotros como ciudadanos podemos hacer mucho para impulsar valores y principios en una sociedad mexicana que se prepara para una siguiente etapa en su historia. Menciono tres valores, y sus acciones que podemos llevar a cabo todo el tiempo y harán una diferencia inmediata hacia una convivencia civilizada.
El primero es la cortesía, que no debe confundirse con la amabilidad (relevante también), y es simplemente conducirnos de manera correcta y justa con otras personas. Cuando cedemos el asiento a alguien en el transporte público o damos el paso a otro automóvil para circular mejor en el nuestro, estamos actuando de manera cortés, y ésa es una señal indiscutible de civilidad y de civilización.
El segundo valor es la tolerancia, y no hablo de aguantar a los demás, a sus ideas y sus actitudes, para “llevar la fiesta en paz”, porque no coinciden con las nuestras. La tolerancia se fundamenta en el respeto, sin prejuzgar sobre las creencias o preferencias de nadie. La auténtica libertad es tener el derecho de ser quienes somos, sin ninguna otra restricción que la frontera entre esa posibilidad y la de otros. Una sociedad inteligente da espacio a todas las ideas que ayudan a que la mayoría prospere y crezca moral y cívicamente, convenciendo de modificarlas, nunca imponiendo otras.
Y un tercero es la solidaridad. Ayudar a quien lo necesita no sólo es un deber moral, es una acción que provoca el bien común y genera oportunidades para quienes han sido menos favorecidos. La diferencia con la generosidad o la caridad es que cuando actuamos solidariamente no damos lo que nos sobra; hacemos lo que nos corresponde para que la persona que pasa por un mal momento se recupere por completo y siga su camino.
Estos tres valores los podemos repetir todos los días, las veces que sea necesario, para construir una sociedad mejor, en la que no prive la ley del más fuerte, sino la ley de los más inteligentes y de los enfocados en el bien general, que es el bien de todas y todos.
