Ciudadanos de tiempo completo
No, la participación social no termina en cuanto introducimos nuestras papeletas en la urna, ahí inicia la corresponsabilidad con la que debemos actuar para llamarnos ciudadanos e involucrarnos en la toma de decisiones y en la solución a los problemas que nos ...
No, la participación social no termina en cuanto introducimos nuestras papeletas en la urna, ahí inicia la corresponsabilidad con la que debemos actuar para llamarnos ciudadanos e involucrarnos en la toma de decisiones y en la solución a los problemas que nos afectan.
Así que, quien piense que su labor ha concluido le comparto que la parte que le toca en esta democracia apenas comienza. En ocasiones anteriores he sugerido un ejercicio rápido para medir la auténtica participación que se tiene en nuestra comunidad con una sola pregunta: ¿Cuándo fue la última vez que estuvimos en una reunión vecinal o en una actividad comunitaria?
En México, según la OCDE, dedicamos muchas horas al trabajo y a las actividades relacionadas con éste —transporte, la principal— y después tratamos de dividir nuestro tiempo entre la atención a la familia, la educación, el ocio y la salud personal. Incluso existen estudios acerca de cuántas horas dedicamos al ejercicio o al deporte, pero no hay los que den seguimiento a las horas, si es que alcanza para eso, que utilizamos para ser ciudadanos. Hago una acotación importante, quejarse es un primer paso, pero eso no hace ciudadanía; involucrarnos, sí. Dominar cualquier actividad o pasatiempo requiere de tiempo. Una estimación muy popular, acuñada por el escritor Malcom Gladwell, estima que, para destacar en cualquier campo profesional, científico o amateur, es necesario dedicarle 10 mil horas que, divididas en un promedio de cuatro horas diarias, es aproximadamente una década. Puede que este rango sea debatible, pero lo central es compararlo con el número de horas que hemos dedicado a resolver, juntos como sociedad, los conflictos y las insuficiencias que padecemos en nuestras colonias y municipios. Bajo este parámetro, ¿cómo está la participación ciudadana en nuestro vecindario? Ya tiene varios años en los que, en cada elección, se lanza el reproche de evitar quejarse si no se acude a votar; me parece correcto seguir mencionándolo, sin embargo, podríamos agregarle que la protesta no sirve de mucho si no hay una propuesta que la acompañe y si no le dedicamos por lo menos una hora diaria de nuestro tiempo a convertirnos en ciudadanos de tiempo completo. Creo que no se necesita más.
Eso ayudaría a las mujeres y hombres que en fechas próximas van a buscar un cargo público, porque tendrían la atención de una ciudadanía a la que le reprochan su falta de interés y de movilización cuando los resultados no les favorecen. También reduciría el malestar en muchas comunidades que lamentan que esas personas sólo aparecen cada tres o seis años, cuando llegó el momento de convencerlos para votar por su causa. De paso, haría innecesaria la propuesta de hacer obligatorio el sufragio, un derecho que debemos ejercer por voluntad propia e inculcar esa participación a los jóvenes.
Si le dedicáramos el tiempo suficiente a organizarnos y a tomar medidas para corregir lo que no está bien; apreciaríamos que muchos de los problemas no necesitan una autoridad para solucionarse y queda de nuestro lado resolverlos. Comparto algunas experiencias que van desde la recolección de basura, hasta el grave tema de la inseguridad, con el propósito de que estemos convencidos de que, si caminamos en la misma dirección, casi no hay conflictos que no se logren superar. Estamos de acuerdo en que el tema del reciclaje y el manejo de los desechos cotidianos está en nuestra lista de preocupaciones, aunque no necesariamente en la de las soluciones. ¿Cuántos edificios o calles tienen un plan común para dividir fácilmente la basura, barrer las entradas o aprovechar los materiales que pueden ser reutilizados?
Tal vez ése es un ejemplo sencillo que no podría trasladarse a la seguridad, pero no es así. Nos hemos acostumbrado a que las autoridades organicen eventos de desarme voluntario. Es evidente que se necesita a varias autoridades para la entrega, registro y destrucción de un arma de fuego, pero nosotros como sociedad podríamos organizar muchos más eventos de ese tipo hasta limpiar nuestras casas y calles de objetos que no brindan seguridad, la quitan. En un acto desesperado pusimos avisos de “vecino vigilante” como advertencia a los delincuentes para no ingresar a nuestra calle o colonia; hemos instalado cámaras y colaborado con la policía para dar respuesta rápida en caso de que se cometa un crimen. Si hemos hecho lo anterior, creo que podríamos lograr que no hubiera una sola casa con un arma de fuego. De fondo, debemos destinarle tiempo a convertirnos en ciudadanos y a participar con propuestas y con acciones medibles, escalables, que resulten en casos de éxito que podamos reproducir en cualquier lugar donde falte lo esencial en una sociedad: gente comprometida y participando en su comunidad.
