Amnistía

Hoy nadie olvida los tiempos del Apartheid, en las escuelas se enseña esa parte de la historia y se toma como referencia de aquello que no puede volver a ocurrir en la sociedad sudafricana, aunque ello no detiene la vida cotidiana de nadie, en particular de los más jóvenes que nacieron en una nación integrada, moderna, en la que todos caben

El expediente es enorme, tanto en volumen como en descripción de horrores, sobre los terribles momentos del Apartheid en Sudáfrica. Son cientos de páginas con testimonios, fechas, datos y narraciones de verdugos y de víctimas, de informantes y activistas, de madres y padres que perdieron a sus hijos, con un solo objetivo: obtener la verdad para lograr la reconciliación de una sociedad dividida.

A partir de la Ley para la Promoción de la Unidad Nacional y la Reconciliación, en 1995 se creó una Comisión encabezada por el arzobispo Desmond Tutu, ya una figura internacional por haber ganado el Nobel de la Paz en 1984, precisamente por sus esfuerzos en contra de la política de segregación sudafricana.

Tutu inició los trabajos de la Comisión con una frase que se hizo su lema: “sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón”. Tres años después de su nacimiento, en 1998, los integrantes de este órgano presentaron un reporte que fue entregado al entonces Presidente de Sudáfrica, y símbolo de esta lucha por los derechos civiles y humanos, Nelson Mandela.

Para los muchos detractores de la Comisión, esta sólo sirvió para darle impunidad a los autores intelectuales y materiales de crímenes que ahora no serían perseguidos gracias a la amnistía a cambio de su confesión; para sus defensores (entre ellos yo) es un ejemplo de auténtica justicia, que esclareció cientos de muertes y de abusos, dando paso a una nación nueva y mejor.

No fue fácil llegar a la decisión de poner la verdad por encima del castigo, ayudó mucho que el propio Mandela hiciera público su perdón a quienes injustamente lo habían encarcelado por 27 años y que Tutu estuviera al frente de ese esfuerzo por sanar las heridas de todo un país, para después darle vuelta a la página, pero nada de esto hubiera sido posible sin la determinación de Frederik de Klerk.

Abogado, De Klerk dio la orden para liberar a Mandela en su carácter de Presidente de Sudáfrica, y junto a él, pusieron fin al Apartheid. Incluso fue su vicepresidente cuando el líder civil asumió el mismo cargo. En 1993 le dieron el premio Nobel de la Paz, razón por la cual estuvo esta semana en la Cumbre Mundial de Mérida, Yucatán; en su cumpleaños 70, el propio Mandela le hizo un homenaje por iniciar la transición hacia una Sudáfrica multirracial.

Hoy nadie olvida los tiempos del Apartheid, en las escuelas se enseña esa parte de la historia y se toma como referencia de aquello que no puede volver a ocurrir en la sociedad sudafricana, aunque ello no detiene la vida cotidiana de nadie, en particular de los más jóvenes que nacieron en una nación integrada, moderna, en la que todos caben.

Esta semana se presentó una iniciativa de ley de amnistía que ha provocado las mismas descalificaciones y apoyos que la propuesta en Sudáfrica hace años. Coincidió que, en los mismos días, la Fiscalía General de la República, en Palacio Nacional y con el Presidente como mediador, se reuniera con los familiares de los 43 jóvenes desaparecidos en Iguala, Guerrero, para empezar de nuevo con la investigación y saber qué sucedió con los normalistas de Ayotzinapa.

Éste es un país con una crisis de violencia, en la que la justicia se ha comprado y se ha vendido al mejor postor, donde los criminales gozan todavía de impunidad y la corrupción es un mal arraigado que tardará en curarse; como sociedad debemos tomar decisiones muy delicadas para reconciliarnos a través de la verdad o por medio del castigo a los responsables de delitos, violaciones y abusos.

Igual que los sudafricanos, tendremos que ser cuidadosos sobre partir la dirección a tomar y no creo que esa deba de ser hacia el odio o la revancha. Ningún país ha logrado nada con eso. Así que podríamos tomar el ejemplo de esa Comisión y buscar la verdad, por dolorosa que sea, para después cerrar las heridas, perdonar y ver por fin hacia el futuro.

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