España en el borde
Después de estar unos días en Madrid y trataré de explicar lo que pasa en aquel país, que no es muy distinto de lo que ocurre aquí.
Si usted es un actor asiduo a esta columna, sabrá que tengo mucho interés por la política española que viene de ascendencia y de ser resultado de ésta de una manera u otra. Hoy le escribo a horas de haber aterrizado en México, después de estar unos días en Madrid y trataré de explicar lo que pasa en aquel país, que no es muy distinto de lo que ocurre aquí. Por alguna razón, me ha tocado estar en España en actos relevantes, como el referéndum ilegal de 2017, las elecciones de verano y la semana pasada que se presentó el acuerdo de investidura que Sánchez y el PSOE han acordado sin escrúpulos históricos y políticos.
Como usted lo sabrá, el 23 de julio hubo elecciones generales y Sánchez las perdió ante Núñez Feijóo, del PP, sin embargo, al ser un sistema parlamentario, Sánchez tenía mejor oportunidad de lograr los 176 escaños para poder formar gobierno y es hasta la semana pasada que supimos el precio.
Sánchez ha aceptado planteamientos impensables de desventajosos para la sociedad española que se ve amenazada en cámara lenta. El primero de los acuerdos es el de otorgar una amnistía a los políticos catalanes que organizaron el referéndum de 2017 y la proclamación de independencia de Cataluña. Esto se veía venir y es a todas luces ilegal e inconstitucional, pero Sánchez, como buen aprendiz de populista, tiene controlados a los jueces del Tribunal Supremo Constitucional, por lo que es muy factible que éstos, por mayoría, acepten una constitucionalidad ficticia.
Lo más llamativo para mí es la contraprestación solicitada a dicha amnistía, nada más que los votos de investidura. No se exige un arrepentimiento o una promesa de que no volverá a suceder, y es así como una minoría en España impone decisiones a la mayoría pisando los derechos del resto. Como si no fuera suficiente, Carles Puigdemont, el expresidente catalán que organizó el referéndum y proclamó la independencia, dice que lo volverá a hacer e impone una narrativa dentro del acuerdo que el PSOE, un partido español con alcance nacional, acepta como preámbulo de otras extorsiones.
El segundo punto del acuerdo es el de un nombramiento de un relator internacional que ayude a dirimir el “conflicto histórico” que sólo tienen en la cabeza algunos cuantos. Como lo hemos escrito aquí y en otros sitios, Cataluña no es un país invadido, ya que nunca fue independiente, fue parte de Aragón y han sido parte de Hispania como la noción territorial más antigua a la que podemos hacer referencia.
Aceptar que una tercería imponga una historia artificial agrede a la integridad nacional de España y abre un antecedente grave en otros países con demandas similares.
El tercer punto son las condonaciones multimillonarias que se otorgan a Cataluña y la diferenciación que esto hace evidente entre el resto de los españoles, quienes han tenido que aguantar la farsa nacionalista y, además, pagar por ella con sus impuestos. No hay nada más injusto que la distribución de los impuestos se vaya a otras regiones que, además, se sienten superiores al resto.
La gravedad del tema ha disparado la reacción social. Desde la semana pasada hay marchas diarias y multitudinarias en las principales ciudades de España. La verdad es que me ha llamado la atención ver cómo la gente se para de su sillón para ir a manifestarse sin necesidad de convocatorias de mediano plazo.
Sánchez, muy al estilo, ha respondido que sólo se manifiesta la “derecha” (los conservadores de allá), cosa que no es cierta, pero que da pistas de que no piensa echarse para atrás. Quedan muchas manifestaciones, actos legales e instituciones por poner postura, esperando que la presión haga insostenible uno de los actos más autocráticos que se hayan visto en una democracia liberal occidental.
Pero España es muy fuerte y espero que inicie hoy ahí la reivindicación de los ideales democráticos del liberalismo que tiene como principio inicial la igualdad de todos ante la ley.
