Un año crucial
De continuar por este rumbo, nuestro país puede verse en no mucho tiempo en una situación similar a la de Venezuela, de donde han emigrado alrededor de ocho millones de personas y 87 por ciento de la población desearía emigrar.
El año que se inicia es crucial para los mexicanos. Se celebran elecciones en las cuales estarán en juego no sólo importantes avances sociales, sino incluso nuestra democracia. En los últimos cinco años hemos padecido uno de los gobiernos más ineptos, corruptos y autoritarios que haya tenido México a lo largo de su historia.
Bajo el discurso anticorrupción, la primera medida de este gobierno fue asombrosamente corrupta: echó a la basura, contra los dictámenes de los expertos, un aeropuerto de clase mundial a un costo estratosférico sufragado con dinero de nuestros impuestos, sustituyéndolo por un aeródromo lejano, de difícil acceso y notoriamente insuficiente.
Lo más curioso de tal despropósito fue la motivación: desechar todo lo proveniente de los gobiernos anteriores: que todo se iniciara con la autodenominada cuarta transformación. Yahvé desatando el diluvio universal para a partir de ahí crear de nuevo el mundo.
A partir de esa insensata medida vendría una catarata de insensateces y fracasos: la cancelación de las estancias infantiles y las escuelas de tiempo completo; la extinción del seguro popular, con lo que se dejó a muchos millones de habitantes sin servicios de salud; la destrucción del sistema de distribución de medicamentos, que privó a muchos pacientes, niños con cáncer incluidos, de los tratamientos requeridos para luchar por su salud o su vida; la caída de la cobertura de vacunación; el aumento de mexicanos en pobreza extrema; la eliminación de fideicomisos que constituían importantes apoyos a la ciencia, la tecnología, la cultura, las víctimas de la delincuencia, el medio ambiente, etcétera; el increíble desdén a las recomendaciones de los científicos para enfrentar la pandemia de coronavirus con el resultado de 750 mil mexicanos muertos; los libros de texto de educación básica de pésima calidad y burdo adoctrinamiento en la cochambre ideológica de la 4T; el abandono de ciudades, pueblos y áreas rurales dejándolos bajo el dominio de la delincuencia, y un larguísimo etcétera.
Además de semejantes dislates y malogros, el Presidente ha puesto sus afanes, con la complicidad de sus legisladores, en destruir la democracia. Sus embates contra la Suprema Corte de Justicia –al punto de forzar la renuncia de un ministro extorsionándolo e intentar chatarrizarla con designaciones verdaderamente patéticas–, magistrados y jueces, órganos constitucionales autónomos, periodistas, académicos y científicos; su captura de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos; su tentativa de enjuiciar en bloque a los expresidentes; su utilización perversa de la acción penal emprendiendo persecuciones infames; la militarización del país; el anunciado propósito de que los integrantes del poder judicial sean elegidos en las urnas… en suma, un ataque brutal contra las instituciones y los principios democráticos.
Entre los adictos al Presidente, distingo tres grupos: a) los que reciben dinero en efectivo, que obviamente no quieren perder, pero que tal vez no han considerado, por ejemplo, que la cantidad que se les entrega no vale nada si a ellos o a sus seres queridos los atacara una enfermedad cuya atención fuere onerosa, o que sus hijos, por la bazofia de educación que están recibiendo, tendrán pocas posibilidades de ascenso social; b) los que tienen cargos, negocios o prebendas por su adhesión, los cuales no son adeptos por principios sino por conveniencia mezquina, y c) los feligreses fanatizados, cuya devoción religiosa no disminuye haga lo que haga o deje de hacer el gobierno.
Pero a un amplio segmento de mexicanos, tanto de los que votaron como de los que no votaron por Morena, les parece inaceptable el deterioro de la salud, la educación, la seguridad pública, el medio ambiente, y la demolición de las instituciones y los principios democráticos. Advierten que, de continuar por este rumbo, nuestro país puede verse en no mucho tiempo en una situación similar a la de Venezuela, de donde han emigrado alrededor de ocho millones de personas y 87 por ciento de la población desearía emigrar.
Tenemos los inconformes un arma para evitar que México se siga hundiendo: el voto. Y contamos con una candidata excelente, Xóchitl Gálvez, de cuya preparación y coraje no hay duda y, lo más importante: se trata de una mujer motivada no por el resentimiento, sino por el anhelo de mejorar la calidad de vida de los mexicanos y preservar la democracia de nuestro país.
