Derecho a morir
La vida es un don que nos obsequió el azar. Cuántas coincidencias tuvieron que ocurrir para que naciéramos. Pero si la existencia deja de ser o nunca ha sido agradable, no es entonces el bien formidable que regala la fortuna, sino un mal constante e inaguantable. ¿Es éticamente defendible que no se permita a una persona terminar con ese suplicio con auxilio institucional?
Estar vivo es maravilloso… mientras la vida es disfrutable. A algunos les ha sido concedido el privilegio de seguir gozando de la vida hasta una edad muy avanzada. Me asombró la noticia de que en España viven alrededor de 17,000 personas mayores de 100 años, de ellos, casi 15,000 mujeres. Muchos de esos centenarios son felices: realizan actividades útiles o divertidas, caminan, leen, conversan, lloran de emoción con ciertos recuerdos, pasean, ven películas, series y programas de tele, visitan y son visitados y abrazados por amigos y familiares, comen y beben lo que les gusta. Son tan afortunados por seguir en el mundo de manera gozosa que pueden decir con Jorge Guillén:
Respiro,
y el aire en mis pulmones
ya es saber, ya es amor, ya es alegría.
Pero no todos nuestros semejantes tienen esa suerte: no son pocos a quienes en algún malhadado momento la vida se les volvió una tortura insufrible, las más de las veces por una enfermedad incapacitante o sumamente dolorosa. Hay quienes siguen pensando, influidos por ideas religiosas masoquistas (a ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas), que sufrir es un mérito que da puntos para alcanzar el cielo, la felicidad eterna. Pero el sufrimiento es una desgracia, no una virtud ni un mérito, y los seres humanos, desde el primer homo sapiens, hemos luchado denodadamente —y obtenido espectaculares victorias— contra los diversos padecimientos que nos han aquejado a lo largo de nuestra historia.
La vida es un don que nos obsequió el azar. Cuántas coincidencias tuvieron que ocurrir para que naciéramos. Pero si la existencia deja de ser o nunca ha sido agradable, no es entonces el bien formidable que regala la fortuna, sino un mal constante e inaguantable. ¿Es éticamente defendible que no se permita a una persona terminar con ese suplicio con auxilio institucional?
Ya en el siglo V antes de Cristo, Sócrates señaló que, si se padece una enfermedad prolongada e incurable, “no es provechoso vivir así”. Muchas centurias después, en el siglo XVI, en su célebre +++Utopía+++, Tomás Moro manifestó: “Y viendo que su vida no es para él más que una tortura, que no sea reacio a morir, sino que mejor cobre buenos ánimos y se desembarace a sí mismo de esta dolorosa vida como de una prisión o de un potro de tormento, o permita de buen grado que otro le libre de ella”. Y en la actualidad el jurista mexicano Diego Valadés cuestiona la facultad del Estado para imponer “la obligación de soportar enfermedades insoportables y de gravedad extrema, las más de las veces dolorosas” (Eutanasia. Régimen jurídico de la autonomía).
Uruguay se ha añadido a los pocos países que permiten la eutanasia en caso de enfermedad incurable y sufrimiento extremo. Es el primer país de América Latina en legalizar esa práctica. Colombia y Ecuador la habían despenalizado en virtud de fallos de sus cortes constitucionales, pero en Uruguay eso ha ocurrido por ley. Seis de cada diez uruguayos han expresado su apoyo a la legalización. El texto legal precisa que tendrán derecho a la eutanasia los mayores de edad psíquicamente aptos que estén cursando la etapa terminal de una patología incurable e irreversible o que, como consecuencia de esa enfermedad, padezcan sufrimientos que les resulten insoportables y atraviesen un grave y progresivo deterioro de su calidad de vida. La muerte se producirá —garantiza la ley— de manera indolora, apacible y respetuosa de la dignidad.
El proceso de examen del tema lo inició en 2019 el futbolista uruguayo Fernando Sureda, que pidió la legalización de la eutanasia para poner fin a las dolencias que le ocasionó la esclerosis lateral amiotrófica, la cual le provocó la muerte en 2020. Desde entonces empezó la deliberación parlamentaria sobre el tema —cinco años, en contraste con lo que sucede en México, donde las leyes son aprobadas por la mayoría oficialista en automático sin siquiera haber leído las iniciativas—.
Tenemos derecho a la vida, pero no se nos debe imponer la obligación de vivir cuando la existencia se ha convertido en un tormento diario del que no hay esperanza de escapar sino con la muerte. Y ésta debe ser indolora, apacible y respetando la dignidad de quien la solicita.
