Dunkerque

Antes de iniciar mí comentario sobre Dunkerque Dunkirk, Paises BajosEstados Unidos, Reino Unido, Francia, 2017, te sugiero que la veas en una sala de cine, no esperes a una pantalla casera o a los escasos centímetros de un iPad o un teléfono celular. Lo que ...

Antes de iniciar mí comentario sobre Dunkerque (Dunkirk, Paises Bajos-Estados Unidos, Reino Unido, Francia, 2017), te sugiero que la veas en una sala de cine, no esperes a una pantalla casera o a los escasos centímetros de un iPad o un teléfono celular. Lo que Christopher Nolan, el director y escritor, logra en esta producción es toda una explosión de imágenes de enorme impacto y a la vez de gran belleza para recrear diferentes momentos previos y paralelos a la operación de evacuación de casi 400 mil soldados belgas, ingleses y franceses que se quedaron atrapados por casi 10 días en las playas y el puerto de Dunkerque, ante el avance de la aplanadora nazi en 1940, durante la Segunda Guerra Mundial.

Filmada casi en su totalidad en 70 mm, Dunkerque es un regreso al cine para ser visto en el cine, una muestra majestuosa, brutal, estética y conmovedora, del absurdo de la guerra, esa primitiva actividad humana que saca lo mejor y lo peor de las personas.

Desde sus primeras secuencias, Nolan le apuesta a la belleza de la imagen cuando unos soldados caminan por las calles abandonadas del puerto de Dunkerque y del cielo caen panfletos que lanzan aviones alemanes, advirtiendo del sitio al que serán sometidos. Ahí empezamos a interpretar la película bélica que vamos a ver en la que apenas habrá diálogos, con una presencia musical efectista y poderosa, a cargo de Hans Zimmer, que se entreteje con las imágenes. Toda una experiencia sensorial que se infiltra en el cerebro como pocas veces se ha visto en el cine.

Además, no muestra al enemigo, prescindiendo del estereotipo del típico nazi arrogante que siempre presenta Hollywood. Sólo las acciones de ese enemigo se ven en la pantalla conforme la presión va acorralando a los cientos de miles de soldados, muchos de ellos niños de rostros lampiños, a quienes el miedo y el instinto de conservación orilla a los actos más atroces y también a los más heroicos.

Dunkerque no es una película bélica más. En algún momento evoca ese soberbio plano secuencia de casi siete minutos de Joe Wright en Atonement. Una enorme playa y las olas son los testigos de la desesperación que mueve a los soldados a mirar al cielo a la espera de los bombarderos alemanes, o al horizonte buscando a los barcos que los saquen de ahí.

Christopher Nolan, quien ha mostrado su tendencia a romper la linealidad del relato al manejar varios planos en tiempo y espacio, juega aquí con un suspenso y tensión sostenidos y reforzados por el extraordinario score de Zimmer, que va de lo estridente a lo armonioso, tocando con precisión las emociones del espectador. Las imágenes y la música nos arrastran entre botes salvavidas, lanchas de pescadores, aviones, barcos, agua, arena, fuego, sangre y miedo. Una extraordinaria colaboración del director y su compositor en una película que debe barrer con los premios de la próxima temporada, y si no sucede así poco importa.

Dunkerque es ya una obra maestra que hay que ver más de una vez.

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