La noche de Iguala

He tenido oportunidad de ser colaboradora en espacios de mi compañero periodista de Grupo Imagen y Excélsior, Jorge Fernández Menéndez. Lo considero un comunicador ecuánime, alejado del amarillismo, muy cuidadoso en el desarrollo de su actividad periodística. Dicho ...

He tenido oportunidad de ser colaboradora en espacios de mi compañero periodista de Grupo Imagen y Excélsior, Jorge Fernández Menéndez. Lo considero un comunicador ecuánime, alejado del amarillismo, muy cuidadoso en el desarrollo de su actividad periodística. Dicho sea de paso, tiene un gusto musical sencillamente impecable, del que muchos espacios radiofónicos podrían aprender un poco.

Desde hace varios años ha encaminado su actividad de investigación, casi en una labor “hormiga”, hacia la dolorosa tragedia que representa para México el creciente poder del narcotráfico y el crimen organizado, y su maquinaria implacable para corromper y contaminar cualquier autoridad que pretenda combatirlos.

La semana pasada, en medio de no poca polémica, se estrenó su documental La noche de Iguala, basado en una investigación suya en colaboración con la periodista Bibiana Belsasso.

El filme está dirigido por Raúl Quintanilla y combina la técnica del documental con la del falso documental: es un docudrama. Sus mejores momentos, desde el punto de vista cinematográfico, son precisamente los que exponen material original: grabaciones, testimonios, fotografías, videos.

Personalmente, la parte de las dramatizaciones se debilita por la poca solvencia de los actores: no convencen. Su verdadero valor es el rigor periodístico con que se pretendió hacer.

No creo que Jorge y su equipo hayan trabajado arduamente en La noche de Iguala, aun poniendo en riesgo su seguridad e integridad física, para participar en festivales de cine, llevarse críticas positivas y ganar premios. No. El objetivo de La noche de Iguala es dar un punto de vista en torno a uno de los hechos más lamentables y vergonzosos  que marcan la historia del México moderno: la desaparición de 43 estudiantes de la comunidad de Ayotzinapa, en Guerrero. Que se acerca mucho a la llamada  “verdad histórica”,  también es cierto.

No soy especialista en política, ni me interesa. Pero lo que pasa en mi país me afecta directamente, de manera frontal, a mí, a mi familia, mi trabajo, a mi futuro, al de todos. Tengo derecho a enterarme y hablar. La noche de Iguala arroja luz porque trata de “mostrar qué pasó con 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa, que el 26 de septiembre de 2014 fueron secuestrados, asesinados e incinerados”, como lo sostiene el documental, con el contubernio de autoridades locales y miembros de los cárteles de Los Rojos y los Guerreros Unidos.

A mí nadie me va a decir lo que puedo ver o no, y las conclusiones de la información que recibo, como en el caso de La noche de Iguala, las construyo yo misma y son responsabilidad exclusivamente mía. Si yo fuera una madre de algún estudiante desaparecido de Ayotzinapa, este documental me rompería el corazón, pero al menos, me daría una probable, insisto, probable respuesta de la suerte que corrió mi hijo.

Jorge Fernández Menéndez busca irse al fondo de la historia desde sus orígenes. A esos primeros años de la Normal Raúl Isidro Burgos, cuando ni siquiera existía físicamente, los primeros egresados con vocación guerrillera y revolucionaria, los, para algunos, sospechosos comportamientos de sus autoridades. Una buena parte del estado de Guerrero es el escenario de cruentas batallas entre cárteles que pelean el dominio del territorio a sangre y fuego, con una brutalidad y sadismo que raya en lo perverso. Los habitantes de la zona sí saben lo que es vivir en el infierno.

Rabindranath Tagore decía que “la verdad no está necesariamente del lado del que grita más”. Entre gritos y susurros, ¿conoceremos algún día la verdad de Ayotzinapa?

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