La fiesta de despedida

La eutanasia y el suicidio asistido han estado siempre rodeados de polémica y han dado material para infinidad de libros y películas. Destaca entre las más recientes Mar adentro, de Alejandro Amenábar, película española del año 2004, que ganó el Oscar a la Mejor ...

La eutanasia y el suicidio asistido han estado siempre rodeados de polémica y han dado material para infinidad de libros y películas. Destaca entre las más recientes Mar adentro, de Alejandro Amenábar, película española del año 2004, que ganó el Oscar a la Mejor Película en Lengua Extranjera y 14 premios Goya.

La fiesta de despedida (Mita Tova-The Farewell Party. Israel-Alemania, 2014), escrita y dirigida por Tal Granit y Sharon Maymon, es el primer largometraje de ambos. Es una tragicomedia que funciona, aunque hay momentos en que la introducción del humor —el mejor es cuando se va la luz— es un poco forzada y se pasa a tomar las cosas en serio. Ver la eutanasia de manera cómica puede resultar muy complicado y arriesgado.

La historia transcurre en una casa de retiro para ancianos en Israel . En ella vive Yehezkel, muy convincente Ze’ev Revach, un hombre de 74 años que ha llenado sus ratos de ocio como inventor. La película empieza en un momento divertido, cuando le habla a una sorprendida anciana de la casa a través de un dispositivo telefónico con el que distorsiona la voz, que se oye magnificada. Le dice que le habla “El Señor” que debe ser fuerte, luchar contra su enfermedad, etcétera.

Pero llega un momento en que Yehezkel recibe una petición por parte del esposo de otra huésped muy enferma del centro geriátrico, para que invente algo con lo que apresuren su muerte, pues ella está sufriendo mucho. Una eutanasia activa, totalmente ilegal.

Yehezkel tiene que reclutar a varios residentes y arman una especie de “equipo de la muerte”: un fotógrafo, un veterinario (no es exactamente un médico), su propia esposa, y la de otro de ellos, que ponen el toque femenino en el proceso, para que sea lo más amoroso y delicado posible para la enferma y su marido.

Como una especie de doctor Jack Kevorkian, Yehezkel hace que la paciente se despida y exprese su consentimiento ante una cámara, y que apriete ella mismo el botón rojo que activa el mecanismo, recibiendo primero una solución que la duerme, y después la dosis letal que la mata sin ningún dolor ni sufrimiento. En una casa habitada por ancianos mayores de 75 años, una muerte más no llama la atención de nadie.

Las cosas se complican cuando otros huéspedes se enteran y solicitan el mismo “servicio”. Ya sea porque la medicina no puede hacer más por ellos o porque sus familiares están agotados o porque los pacientes no aceptan esos plazos indefinidos de tres, cinco, ocho meses de dolor y sufrimiento que los médicos les plantean. De todas formas van a morir, ¿por qué no hacerlo dignamente y ejerciendo su derecho a partir cuando ellos, conscientemente,  así lo determinen?

La eutanasia genera una gran polémica en el mundo. Todos tenemos una postura respetable al respecto. Granit y Maymon juegan con fuego intentando construir una comedia en torno a un tema tan delicado, a muchos debe parecerles una blasfemia.

A pesar de esto creo que La fiesta de despedida toca fibras que a todos nos permiten una conexión con la historia y sus protagonistas. El grupo de actores es espléndido. Seguramente, y quizá sin admitirlo, salgamos del cine reflexionando en que después de todo la vida y la muerte siempre están ahí, con y sin botón que apretar. ¿Cuál es el problema de reírse un poco de eso?

Muy recomendable.

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