Los jefes

Mi comentario sobre esta película mexicana que se estrena hoy comercialmente por cierto después de una alarmante ausencia de semanas de estrenos nacionales, parecerá un poco atípico pues surge de un contexto totalmente desconocido para mí: el mundo de los grupos de rap ...

Mi comentario sobre esta película mexicana que se estrena hoy comercialmente (por cierto después de una alarmante ausencia de semanas de estrenos nacionales, parecerá un poco atípico pues surge de un contexto totalmente desconocido para mí: el mundo de los grupos de rap y hip hop, y su gran carga cultural y social como medio de expresión y definición de la realidad.

Los jefes es un crudo retrato de la cadena alimenticia que se desarrolla en las diferentes capas del narcotráfico, particularmente el narcomenudeo, todo aderezado al muy local ritmo del rap. Me voy por partes. Primero hay que saber qué es El Cartel de Santa, el popular grupo de raperos que un buen día se lanzan a hacer cine desde Santa Catarina, Nuevo León, para hablar de la violencia en Monterrey. Su éxito en casi 20 años los ha llevado a colocar en el gusto de sus fans varias rolas raperas o de hip hop, que han alcanzado los diez millones de visitas en YouTube.

Personalmente percibo contradicciones. El mensaje y la imagen del grupo son violentos, agresivos, con lenguaje gráfico, y actitudes belicosas en el escenario, como lo dictan los cánones del rap. Algunos de sus miembros se han visto en problemas con la ley por un caso de homicidio accidental. La línea entre lo que proyectan y lo que critican es demasiado indefinida, la cruzan de un lado al otro. Los integrantes de El Cartel de Santa producen y musicalizan Los jefes para contar muy en su estilo una historia sobre la violencia, y la forma en que ha permeado e impactado el narcotráfico en todas las esferas.

Por momentos, Los jefes se aleja de la posibilidad de ser crítica haciendo una película plagada de violencia gráfica y consumo de drogas, que casi funciona como una apología del mal.

Dirigida y coescrita por Jesús Chiva Rodríguez inicia el registro de esa voraz cadena alimenticia en el eslabón más débil: dos jóvenes de diferentes estratos se preparan para iniciar su día. Poncho es un adolescente rico al que su papá, por ser su cumpleaños, le pasa una flamante Hummer pues él ya tiene Suburban nueva. El otro es El Greñas, un joven que se las arregla entre las propinas en el estacionamiento de la escuela, y su chamba como contacto de un vendedor de drogas a pequeña escala.

La historia transcurre en el curso de un día, cuando El Greñas convence a Poncho para que lo lleve al peligroso barrio de Santa Catarina a comprar un poco de mariguana. Su contacto es El Bomba un hombre obeso, narcomenudista, muy sobrado, crispante,  fuera de control, que es el jefe de un pequeño grupo de traficantes.  Éste obliga a Poncho a que lo lleve a ver al siguiente eslabón, El Perro, que lo provee de cocaína, mariguana, cristales. Con ellos Bomba tiene una deuda, y toda su arrogancia y prepotencia se desvanecen por el miedo que le tiene al líder quien le da un ultimátum.

Para resolver el problema de la deuda a Bomba se le ocurre una idea muy peligrosa que acaba poniéndolo a él y sus compinches en la boca del lobo.

¿Qué quiere contar Los jefes? ¿Que las cosas están así y a ver cómo le hacemos?, ¿quiere explicar por qué tantos jóvenes se pasan a ese lado de la fuerza?,  ¿que estos “jefes” seguirán aniquilándose los unos a los otros, llevándose inocentes en las refriegas? ¿Está denunciando algo nuevo?, no lo creo.

Es ahí donde el guión hace agua en una película que, hay que reconocerlo, no defraudará a los fans del rap y hip hop, sólo eso.

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