Promesa de vida
Otro que da el salto del frente de las cámaras, hacia la parte de atrás, es el neozelandés Russell Crowe, quien debuta dirigiendo una película que, en términos generales, funciona bien, y de la que también es protagonista: Promesa de vida The water diviner, ...
Otro que da el salto del frente de las cámaras, hacia la parte de atrás, es el neozelandés Russell Crowe, quien debuta dirigiendo una película que, en términos generales, funciona bien, y de la que también es protagonista: Promesa de vida (The water diviner, Australia-Estados Unidos-Turquía, 2014).
El guión es de Andrew Anastasios y Andrew Knight y está inspirado en hechos reales. Al contrario de como sucede regularmente, de ese script se deriva un exitoso libro homónimo que coincide con el estreno de la película, y que está escrito por el propio Anastasios y su esposa Meaghan Wilson-Anastasios.
The water diviner puede traducirse como El adivino del agua, que tiene su razón de ser en la historia, y hasta resulta más poético. De hecho, en España se conoce como El maestro del agua.
La historia se inicia en una árida región de Australia en 1919. Han pasado cuatro años de la cruenta batalla de Gallipoli en Turquía, que en la Primera Guerra Mundial cobró la vida de más de 250 mil soldados australianos y turcos. Joshua Connor es un granjero que camina sobre el terreno en busca de yacimientos de agua, ayudándose con varillas y horquillas y su sexto sentido como zaorí para detectar la presencia de agua. Una vez localizado el punto empieza a excavar, en una secuencia que me recordó a Daniel Day-Lewis buscando petróleo en There will be blood. Al llegar a los cuatro o cinco metros el agua brota.
Al final del día regresa a su casa y percibimos que algo no está bien en su comunicación con la esposa, que le pide vaya a leerle algo a sus tres hijos, antes de que se queden dormidos.
Russell Crowe es Connor. El protagonista casi único de la película, con presencia en la pantalla de casi el 90 por ciento de sus casi dos horas de duración, da vida a un hombre bueno, trabajador, fiel esposo y amoroso padre, al que la adversidad ha castigado de forma cruel, pero que sostiene: “la esperanza para mí es una necesidad. Vivo por ella”.
Como realizador en este debut es evidente la influencia y homenaje del cine del australiano Peter Weir, que en 1981 dirigió Gallipoli con un joven Mel Gibson que apenas rondaba los 25 años y que ya había dado el salto a la fama en Mad Max en 1979.
Promesa de vida es una película bien contada, humana, que pone en relieve el amor y los lazos inquebrantables entre las personas. Connor ha hecho una promesa en la que no le importa que se le vaya la vida para cumplirla: encontrar los cuerpos de sus tres hijos desaparecidos en Gallipoli, algo que se antoja punto menos que imposible considerando las dimensiones del campo de batalla, los cuatro años que han pasado y las dificultades crecientes en las relaciones con Turquía a raíz de una guerra que, además de absurda, quedó inacabada.
Crowe plantea bien el conflicto de ambos bandos. En los dos lados hubo barbarie, sufrimiento, adolescentes que murieron inútilmente, que también tenían padres, hermanos, familias que quedaban destrozadas para siempre. No se instala como juez de nadie, más bien hace que su personaje se conduzca como un conciliador.
Con tres actos bien definidos: su vida en la granja, los días en Estambul y su viaje a Gallipoli, el relato tiene buen ritmo y mantiene el interés. Los personajes secundarios refuerzan bien las subtramas, sobre todo Ayshe, interpretada por Olga Kurylenko, muy convincente, y el Mayor Hazam, Yilmaz Erdogan, con la melancolía grabada en el rostro.
El desenlace se resuelve de manera un poco precipitada, pero no resta méritos al resultado final de este buen debut del protagonista de Gladiador.
Muy recomendable.
