El último amor del señor Morgan

De la directora alemana Sandra Nettelbeck se estrena esta semana El último amor del señor Morgan Mr. Morgan’s Last Love, AlemaniaBélgicaFranciaEstados Unidos, 2013. La película no sería lo que es de no contar con la actuación de Michael Caine, a veces clasificado ...

De la directora alemana Sandra Nettelbeck se estrena esta semana El último amor del señor Morgan (Mr. Morgan’s Last Love, Alemania-Bélgica-Francia-Estados Unidos, 2013).  La película no sería lo que es de no contar con la actuación de Michael Caine, a veces clasificado como uno de los mejores actores de reparto, pero que sin duda es uno de los grandes actores de la actualidad.

Basada en la novela de Françoise Dorner, la adaptación es de Nettelbeck y transcurre entre la comedia ligera muy tradicional y el drama “amable”, digerible,  y que se instala cómodamente en el gusto del público.

Además permite la identificación por parte de un público poco atendido por el cine y los espectáculos en general, de lo que ya hemos hablado muchas veces en este espacio. Me refiero a la “tercera edad”, o “adultos mayores” (¿cuáles serán los adultos “menores”?), o como usted quiera llamarlos. El hecho es que los espectadores de más de 70 años tienen poca oferta de historias sobre su realidad, con penas, alegrías, debilidades, amores y desamores, soledades y hasta abandonos. Por eso El último amor del señor Morgan puede tener muy buena recepción en esa generación.

La historia transcurre en París, cuando un anciano estadunidense, maestro de Filosofía, ve morir a su compañera de más de 50 años de muy bien avenido matrimonio. Michael Caine es el encargado de dar vida a Matthew Morgan, quien no encuentra ya ninguna motivación para seguir adelante sin su esposa. Tres años después sigue caminando como autómata, va por un café, practica el francés con una insípida parisina que a su vez ejercita el inglés con él, no se rasura, no ve a nadie más. Desde el principio se hace evidente que con sus dos hijos hay una distante relación, marcada por profundos resentimientos por ambas partes.

Un día una joven rubia de no más de 25 años llama su atención en el autobús. Le recuerda a su mujer y se siente atraído por ella. Entre ambos nace una amistad muy particular. Ella es Pauline, una desenfadada maestra de baile interpretada por Clémence Poésy, otro acierto en el reparto. Una gran variedad de sentimientos surgen entre esta pareja dispareja, separada por una considerable diferencia de edad, pero que se encuentran en un punto medio como dos seres solitarios, necesitados de afecto y atención. Ella lo ve como el padre que perdió hace tiempo, en cambio para él, Pauline despierta un sentimiento parecido al enamoramiento, y aun cuando está totalmente consciente de que suena a disparate y que los prejuicios pesan, no alcanza a oponer resistencia.

Las cosas se complican cuando aparecen en París los hijos de Matthew, Karen, una sobreactuada Gillian Anderson, y Miles, interpretado por Justin Kirk. La reunión familiar hace que afloren los resentimientos que se perciben poco fundamentados. La fractura en la familia se antoja inverosímil.

La trama del amor en la tercera edad mueve a recordar Venus, en la que otro gran actor británico, Peter O’Toole, encarna a un anciano que recibe una recarga de vida al encontrarse con una joven, pero la química famosa, tan necesaria en este tipo de argumentos no se da en esta cinta.

En cambio, en la película de Sandra Nettelbeck, los buenos oficios en la actuación y la simpatía natural por parte de Michael Caine, y la espontaneidad y frescura de Clémence Poésy sacan adelante un argumento conservador sin mayores complicaciones.

Desde luego el relato descansa por completo en la pareja protagónica y también en el personaje de Miles. A fin de cuentas es una película amable, ligera, que conecta con el espectador con naturalidad.

Lo mejor: ver a Michael Caine.

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